(02/10/2020)

Por: Ingrid Ramírez Fuquen y Óscar Durán

Era diciembre de 2006, y ese año, como los anteriores, Eliana quería hacerse cargo de la decoración navideña en su casa. Compró un árbol de navidad más grande del que ya tenían y lo adornó con muñecos, estrellas y guirnaldas. Armó el pesebre y colgó extensiones de luces para iluminar su casa, que fungía, además, como hogar sustituto del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF). Se trata de un programa del Estado en el que un niño, niña o adolescente se ubica en un hogar sustituto con una familia que se compromete a brindarle el cuidado y atención necesarios en sustitución de su familia de origen.
Para la celebración del año nuevo, Eliana compró pólvora para uno de los niños que ella, su mamá, Anyul Quintero, y su abuela, Gilma Torrado, cuidaban en el hogar sustituto. “Ella tenía alzado al niño para que no le diera miedo el sonido de la pólvora, quería que disfrutara la Navidad. Esa noche la pasamos sabroso, bailamos y comimos la cena que ella misma preparó”, recuerda con nostalgia Anyul. Felices, Eliana y su familia disfrutaron de las festividades decembrinas de aquel 2006, sin saber que todo cambiaría después.

Parque Santander, centro de la ciudad de Cúcuta. Foto de Mariana Murcia.

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Eliana Quintero nació el 1 de abril de 1984. La primera nieta de Gilma Torrado (o “Nona”, como suelen llamar en Cúcuta a las abuelas), llegó a su vida para llenarla de ternura y amor. Fue una bebé juguetona pero no inquieta. Desde muy pequeña mostró gusto por las manualidades al elaborar collares y manillas y, cuando creció, se enamoró de la lectura y el aprendizaje. “Ella era adicta al conocimiento”, recuerda Gilma, su abuela. Se crió con niños del ICBF que su mamá y abuela cuidaban. Lejos de sentir envidia, con dulzura y mucho carácter, Eliana los cuidaba y los quería como si fueran sus hermanos y hermanas,
Con esfuerzo y determinación logró entrar a estudiar Derecho en la Universidad Libre de Cúcuta, Norte de Santander. Varios de sus compañeros y profesores la recuerdan en su paso por el consultorio jurídico de la Universidad Libre, sobre todo, en temas relacionados con el derecho civil.

Era muy disciplinada, “no se levantaba de la mesa hasta que entendía un tema o hasta haber terminado el trabajo que estaba haciendo. A veces venían compañeros para que ella les explicara los temas de clase”, relata Gilma.

Soñaba con terminar su carrera para poder darle una mejor vida a su familia y retribuirles todo lo que habían hecho para cuidarla a ella y a Jan Carlos, su hermano menor. Quería ser abogada para defender los derechos de las personas. “Me decía: “Mamá, estoy estudiando abogacía para ayudar a quien es pisoteado. Sea rico o pobre, negro o blanco, no tiene por qué ser maltratado. Voy a pelear para que sean respetados y valorados”, cuenta Anyul, madre de Eliana.

Hasta antes de su desaparición, Eliana iba a ser la primera de la familia en graduarse de una carrera profesional: estaba a dos meses de terminarla.

Biblioteca pública de la ciudad de Cúcuta. Foto de Mariana Murcia.

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Eliana desapareció la noche del 3 de enero de 2007. Alrededor de las 7 p.m. le dijo a su abuela: “Nona, ya vengo, voy a hacer una llamada”. Tomó sus dos celulares, le guiñó el ojo y le mandó un beso que, al día de hoy, Gilma no olvida. Salió de su casa con rumbo al parque Santander, en el centro de Cúcuta, y nunca volvió.

“Al salir de la casa o de la universidad, Eliana nos llamaba desde el puesto de minutos que quedaba en el parque. El muchacho del puestico la conocía, y a veces hasta le fiaba [vender una cosa a una persona y permitirle que abone el importe posteriormente]. Siempre nos avisaba a dónde iba, dónde estaba y hasta nos pedía permiso para salir. A veces nos llamaba solo para decir: “Hola, Nonita, ¿usted me ama?”, recuerda Gilma con cierta melancolía.

El diario La Opinión publicó que el 6 de enero de ese mismo 2007, también desapareció Gladys Zapata, al igual que el conductor de transporte público Pedro Castillo. El 7 de enero desapareció la estudiante Ingrid Valencia; el 8 de enero desapareció Diana Valderrama; el 9 de enero fue Salustiano Durán; y el 10 de enero desaparecieron Yohana Altamar, Joan Chaparro y Henry Pacheco. Todos en la ciudad de Cúcuta.

A las 8 p.m., una hora después de que Eliana saliera de casa por última vez, Henry, quien entonces era su novio, llamó a Gilma a preguntar por ella. — Nona, ¿la niña? La estoy llamando y no me contesta, ¿qué pasa?
— No sé, Henry. No sabemos nada de ella.

A las 9 p.m. los corazones de Gilma y Anyul palpitaban apresurados y angustiados. Con ayuda de Jan Carlos, hermano de Eliana, comenzaron a buscarla llamando a sus amigos y amigas, sin respuesta. Después, cuando la madrugada llegó y el desespero se intensificó, Gilma decidió llamar a su hijo mayor, tío de Eliana, quien se dirigió a la policía y ellos le informaron que debían esperar 72 horas para poder denunciar la desaparición de Eliana. Hoy en día no se debe esperar para poder denunciar. A partir de 2011 la Policía “no puede exigir el transcurso de 72 horas para recibir el reporte de una desaparición”.

Fue entonces cuando comenzó la lucha de la familia Quintero por encontrar a Eliana o, al menos, hallar pistas sobre su paradero.

Sala de la casa de Eliana Quintero en Cúcuta. Foto de Mariana Murcia.

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Durante los dos meses siguientes a la desaparición de Eliana amigos y familiares iban hasta su casa a acompañar a Anyul, Gilma y Jan Carlos, hasta altas horas de la madrugada, esperando que regresara. “Vino Fabiolita, que ya falleció, a hacer un grupo de oración muy lindo. Lo primero que nos dijo fue: “Toca quitar esto [la decoración navideña]”. Ella fue la que nos ayudó a desbaratar los arbolitos antes de empezar la oración porque nosotros no podíamos, no éramos capaces de desarmar nada, teníamos la ilusión de que Eliana llegara y guardara ella misma sus cositas”, relata Anyul. Cada vez que habla de su hija se le quiebra la voz.

En medio de la incertidumbre, la desesperación y la zozobra, cada miembro de la familia ha buscado respuestas a su manera.

Jan Carlos ha hecho búsquedas en los municipios de Puerto Santander, Tibú, La Gabarra, El Tarra y Ocaña, en Norte de Santander. También ha hecho uso de redes sociales como Facebook, Instagram y Twitter para publicar fotos y datos de Eliana. Al día de hoy, publica una foto de su hermana cada ocho o quince días. “Estas redes sociales son a nivel mundial y, quién sabe, puede que la hayan visto en otros países. No sabemos si se la llevaron con fines de trata de personas. No sabemos quién pudo hacerle daño. Es como si la tierra se hubiera abierto y se la hubiera comido”, dice Jan Carlos, que también repartió cerca de mil volantes y colgó afiches en el consulado de Venezuela y en la alcaldía municipal de El Zulia.
Nunca ha recibido ningún tipo de información que le ayude, al menos, a entender la desaparición de su hermana.

Gilma y Anyul, por su parte, agotaron todos los recursos buscando personas que, sin importar su convicción o procedencia, les dieran alguna información sobre el paradero de Eliana.

Gilma viajó dos veces a Bogotá para encontrarse con un par de videntes que no ofrecieron más que palabras confusas: “Ella la va a llamar dentro de ocho días” o “tranquila, dentro de un mes aparece”, pero el teléfono nunca ha sonado y Eliana no ha regresado. Los supuestos videntes inventaban imágenes y describían escenarios oscuros y desolados de los lugares en los que Eliana podría estar. “Juegan con el dolor ajeno, con la angustia y la necesidad de encontrar respuestas”, sentencia Gilma.

Anyul, por otro lado, acudió a la ayuda de un padre que, según le habían dicho, era sabio y tenía dones para adivinar. Tuvo que ser paciente e insistente: para conseguir unos minutos con ese padre debía apartar un turno en una larga fila en la que, incluso, personas desde Venezuela esperaban para hablar con ese hombre. Anyul recuerda la conversación con el padre una vez accedió a hablarle:
— Padre, lo que pasa es que tengo una hija desaparecida hace cinco años y no sé nada de ella.
— ¿Y qué quiere?
— Una ayuda.

“Empezó a decirme tantas cosas. Me decía que mi hija estaba muerta. Yo no lo escuché más y le dije: “Bueno, gracias, padre.” Lo único que recuerdo al salir de la iglesia es que saqué un paquete de cigarros, prendí uno y comencé a caminar hacia la casa. Luego, cuando estaba bien lejos, una señora se acercó y me dijo: “Oiga, ¿usted qué hace por aquí? ¿Para dónde va?” Yo le respondí que no sabía, entonces ella paró un taxi, le dio la dirección de mi casa y le pidió que me dejara en la puerta. Hay personas que me dicen que yo corría, gritaba y lloraba. Pero yo solo recuerdo que encendí un cigarrillo y caminé”, relata Anyul. La respuesta burda e indolente del padre le habían causado un shock.
Desde entonces no ha podido confesarse ante un padre porque, dice, le da miedo. “Le cogí pánico a los padres.”

Anyul Quintero y Gilma Torrado. Foto de Mariana Murcia.

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Johan Eduardo Silva fue uno de los primeros novios que tuvo Eliana durante su adolescencia. Atesora recuerdos en compañía de ella: “La conocí en 1998 en una fiesta de cumpleaños. Ahí nos pegamos la primera bailada. Teníamos muchas discusiones, terminábamos y volvíamos. Como novios formales duramos hasta el año 2005. Nunca perdimos contacto, siempre nos veíamos y estábamos pendientes el uno del otro, a pesar de las diferencias en la casa de ella.”

Esas diferencias que Johan rememora quedaron plasmadas en un vallenato que él le solía cantar a Eliana cada vez que había problemas con su suegra:

Quién le dijo, señor, que yo no era capaz de hacer feliz a su hija.
No puedo ser doctor, pero sé trabajar para darle lo que me pida. O ¿acaso usted no fue joven y se enamoró?
O ¿acaso usted no hizo la vida a su gusto?
Entienda que, en el amor, solo manda Dios, no sea tan cruel. Déjenos vivir, y punto.

“En mi casa la querían más que a mí, era más juiciosa que yo. Me portaba bien, hablábamos de todo, del futuro, de una familia, de envejecer. Ella iba con mi familia a pasear y nos acompañaba en diferentes actividades sociales. La última vez que la vi fue el 28 de diciembre de 2006, el Día de los Inocentes”, dice Johan con algunas lágrimas en sus ojos, “de ella yo tenía muchas cosas guardadas de la época de cuando éramos novios. Preciso, ese fin de año, yo saqué todo y lo boté de la rabia que tenía. Ahora, lo único que tengo es una foto de ella, me la dio su mamá, la foto del mosaico de la universidad. Los recuerdos son los que permanecen en mi memoria”, concluye.

Universidad Libre, sede de la ciudad de Cúcuta. Foto de Mariana Murcia.

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La familia Quintero ha vivido en la misma casa por 25 años, “de aquí no nos hemos ido porque la estamos esperando, sea viva o muerta. Mi Dios me va a dar esa licencia de que ella vuelva”, dice Anyul con convicción.

Desde su desaparición, hace trece años, todo en la casa de Eliana está suspendido en el tiempo. Es un santuario en su memoria hasta que regrese: en las paredes rosadas y blancas de su habitación aún cuelgan ángeles de porcelana; su cama, aún tendida, es refugio para los muñecos de peluche; el neceser aún conserva sus accesorios, y el clóset todavía aloja su ropa. Aún conservan sus cartas, sus apuntes de la universidad, sus notas musicales, su violín y los libros que leía.

“Hay momentos en los que sueño con Eliana. Cierro los ojos y la veo a ella, trato de no abrirlos, pero desaparece. Para mí es un dolor muy grande, mucho tiempo sola. Por eso yo voy a donde me llaman, voy a buscar, escuchar y aprender, voy a convivir con otras personas que están en la misma situación que nosotros. Un día me encontré con una conocida y me preguntó por la niña: “Nada, aún la estamos esperando. (…) Viva se fue, viva tiene que regresar”. Y me respondió: “No, ella debe estar muerta”. Entonces yo, para cerrar todo, le contesté: “Señora, gracias por esas palabras y pídale a mi Dios que a usted nunca le toque pasar por esto”, recuerda la señora Gilma.

Desde que Eliana no está, las celebraciones de cumpleaños, los días de la madre, las navidades y los años nuevos desaparecieron. Ya no hay ilusión ni alegría, hace falta la luz, hace falta ella, su voz, su cariño, su aroma. “Su ausencia me ha dolido demasiado. Ella me apoyaba y me quería. De un momento a otro, quedarme sin mi hermana, sin nadie con quien poder contar, con quien poder hablar, decirle las cosas y poder compartir, es muy duro para mí”, dice Jan Carlos.

Notas musicales que tocaba Eliana en su violín. Foto de Mariana Murcia.

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Al día de hoy aún no hay ninguna información sobre el caso de Eliana. No se sabe quién o quiénes se la llevaron. Cómo o por qué. No existe ningún rastro de lo que pudo haber pasado. Cuando su familia se acerca a preguntar cómo va el caso en la Fiscalía, la respuesta que obtienen es siempre la misma: “Nos dicen que no nos pueden dar información porque el caso es privado o nos preguntan qué información tenemos nosotros”, explica Gilma.

“Apenas llegué a esta entrevista, después de pasar por la puerta de su casa, después de tanto tiempo de no entrar aquí, sentí una sensación en el cuerpo. No puedo explicar qué era. Sentí ganas de llorar, pero no era un llanto de tristeza. Yo sé que Eliana va a volver y aquí la estamos esperando”, dice su amiga Pilar Parra.

“La última vez que soñé con ella me dijo: “Mami, estoy embarazada. Es una niña. Ojalá que salga con los ojos azules, igual que usted”, le dije: “Así será, como usted no salió con los ojos azules, de pronto sus hijos sí”, ahí me desperté”, recuerda Anyul.

Trece años después de su desaparición, los familiares y amigos de Eliana aún la esperan. Esperan que algún día entre por la puerta, o que se la regresen, si es que alguien la tiene privada de la libertad. Esperan, también, que, si ya está muerta, su espíritu envíe a alguien para guiarlos hacia su cuerpo y poder darle, como dicen ellos: “Una cristiana sepultura”.