miércoles, agosto 5, 2020
La vida algunas veces parece marchitarse en el olvido, en el odio, los deseos de venganza, en la misoginia, en la violencia imparable de este país… Y como si fuéramos todas aves fénix resurgimos de las cenizas. Pensar en un contrato social real para Colombia es tener esperanza de poder hacer el cambio, construir desde el pensamiento para la acción conjunta.
Hace algunas semanas escuché una clase de Carmenza Saldías sobre el futuro económico del planeta, de los territorios, de lo que llaman glocalidad. Ella decía que estábamos ante una de las oportunidades más interesantes e importantes del planeta: el inicio de una nueva era, una nueva Época.
Entre nubes y sueños se encontraba Yuliana Samboni. Ella estaba lista para vivir, crear y ser. Ella que, con su familia, desde la esperanza de una vida distinta, en paz, frente al dolor de la guerra en su territorio, terminó en Bogotá. Ella, que, como muchos, hacía parte de los nadies para este Estado, donde la pobreza, el racismo y la misoginia hace parte de su desgarrador final.
Montmartre es conocido por ser nido de un fenómeno cultural que define en gran parte el imaginario de París: la bohemia. En tiempos de cuarentena les ofrezco un recorrido mental por ese fascinante barrio.
El polvo flota veloz en un haz de luz evanescente. A lo lejos, oigo las carcajadas de un niño que se mece en una hamaca con su madre. Me asomo por la ventana y observo las montañas y la niebla y los edificios de ladrillos. Es sábado y los oficios de limpieza apenas comienzan. 
A las improvisaciones, malas decisiones y actos cuestionados y cuestionables la vicepresidenta suma la falta de respeto para quiénes han sufrido la cuarentena de la manera más indigna. 
Injustificable: tras pedir información pública al Ejército, fuimos blanco de 'inteligencia'. Esta es una editorial que representa la opinión de todos y todas las periodistas de Rutas del Conflicto.
El COVID19 o coronavirus es uno de los desafíos más difíciles que ha atravesado la humanidad en los últimos tiempos. Su capacidad de contagiar a millones de personas y de viajar por el mundo ha puesto a temblar la economía mundial, desnudado la fragilidad social y política de la globalización neoliberal y rescatado del ostracismo al Estado como organismo regulador y garante de los servicios esenciales para la supervivencia de los seres humanos.
El anuncio de la cuarentena generalizada en Colombia para prevenir un aumento exponencial de contagios de Sars-CoV-2 generó tantas cosas que hasta escribir sobre la pandemia o el encierro termina siendo un lugar común. Qué débil es la sociedad “pospresencial” que estar encerrados supone una amenaza a todo el aparato productivo y social de cualquier país.
Se aproximan los últimos estertores de la tarde. El sol desciende brillando anaranjado en la ventana. Ladridos lejanos, gorjeos de pájaros, el ruido de un bus vacío que se detiene en el paradero, el sonido del viento… Es el sonido de una ciudad que se ha ido apagando con fuerza, que ha perdido su capacidad de trabajo, que ha abandonado la furia de los motores y el humo.