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(21/04/2020)

Literatura en tiempos de política de la identidad. Una lectura comparada de los libros American Dirt y Cárdeno adorno.

Por: Catalina Navas

En enero de este año, la escritora estadounidense Jeanine Cummins publicó American Dirt, una novela sobre una mujer mexicana que atraviesa la frontera irregularmente. El libro tuvo un aparato de promoción y distribución poderosísimo: fue reseñado por los principales medios norteamericanos, recomendado por el escritor Stephen King e incluido en el club de lectura de Oprah. En el lanzamiento del libro hubo mesas decoradas con arreglos que imitaban un muro fronterizo: flores moradas engarzadas en un alambre de púas.

 

Tras la publicación de la primera reseña que criticó la novela, escrita por la escritora de origen mexicano Myriam Gurba -y publicada en un blog, pues los medios con los que ella habló le pedían que, cuenta ella, “elogiara un poco más la novela”-, y tras la lectura atenta de otros lectores que también salieron a criticar la novela, se desató una discusión intensa sobre los estereotipos y prejuicios de los latinos que el libro reproducía. 

La primera escena de American Dirt es una balacera en una fiesta de quince. Una mamá y su hijo se esconden. La acción se narra en una lengua impostada, un inglés sazonado de palabras en español: Abuela´s patio, Adrián can juggle a balón de fútbol, forget the chicken, pendejo. El lector latinoamericano –sobre todo mexicano– se pregunta por la mezcla arbitraria de expresiones. ¿Por qué este lenguaje impostado y artificial? Sonríe el lector porque imagina disfraces de sombreros anchos y ponchos. Unas pocas páginas más y se confirma la intuición: en el México de American Dirt las calles están cubiertas de cadáveres y la policía está siempre al servicio de los carteles. “En México, la tasa de crímenes no resueltos asciende a 90 %”, dice el narrador de la novela, y el Kindle informa que esa frase ha sido subrayada por más de cien lectores. El otro lado del muro, como en la narrativa que incubó el sueño americano, es en cambio la tierra de la justicia y la seguridad. 

Además de la construcción estereotípica de lugares y personajes, se ha hablado también sobre la indignación que debe producirle a toda la gente de buen pensar que una mujer no latina haya escrito esta historia. Se ha especulado sobre si la abuela de la autora era puertorriqueña, sobre si el hecho de que su esposo irlandés e inmigrante no es “lo suficientemente víctima” de un sistema que oprime más a los mexicanos que a los irlandeses. Se ha analizado la identidad genética de la autora y se la ha encontrado culpable de no ser lo suficientemente oscura para hacer una novela sobre gente oscura.  

La discusión ha dado origen al movimiento de redes #DignidadLiteraria que aboga por mayor representación latina en la industria editorial. En un país con más de 40 millones de latinos que consumen el relato de lo propio con avidez, solo el 3 % de los libros publicados son escritos por autores latinos. Dignidad literaria busca estrategias para reducir esa brecha e identificar y eliminar posibles mecanismos de discriminación. 

Son entonces tres las críticas que se le han hecho a la dupla libro-autora y han contribuido a su visibilidad: el libro construye personajes débiles, que refuerzan el estereotipo de los mexicanos mostrados como un pueblo bárbaro; la industria editorial estadounidense es profundamente desigual y por último, la autora no tiene derecho a contar una historia que no ha experimentado de primera mano. 

No es el único caso en el que se ha reclamado que la experiencia sea auténtica para que el producto artístico sea válido. Este mes se publicó en Estados Unidos la novela My Dark Vanessa, un relato en el que la protagonista narra una relación afectiva con su profesor de bachillerato.

El libro se ha hecho famoso porque se ha acusado a Kate Elizabeth Russell, su autora, de que el texto es extremadamente similar a Excavation, de Wendy Ortiz, un relato autobiográfico en el que la autora narra su relación sexual y afectiva con su profesor de octavo grado. La respuesta de Russell, que ha sido recibida satisfactoriamente y ha calmado en algo la tormenta mediática, es problemática: Russell ha dicho que vivió en carne propia la experiencia que cuenta en su libro. La autora ha tenido que revelar su estatus de víctima para concederle legitimidad a su obra, para que sea recibida como un producto literario auténtico.

En esa escuela de crítica literaria en la que se atiende la identidad y a la experiencia legítima del artista por encima de la autonomía de la obra, se pierden de vista preguntas fundamentales: ¿son los personajes de la novela complejos y multifacéticos, como los seres humanos? ¿O son caricaturas a medio pintar que refuerzan estereotipos sobre las personas empobrecidas, oprimidas o señaladas por su origen o su raza? ¿Abre el libro posibilidades de sentido que nos inviten a cuestionar o a profundizar nuestras propias posiciones? 

La crítica literaria ejercida desde la política de la identidad no pregunta: basta con analizar el color de piel del autor, su procedencia o la declaración de renta de sus padres para catalogarlo como ilegítimo. Es una crítica que no precisa de la lectura del libro; una mera crítica de contratapas.

La indignación ha hecho que American Dirt se haya mantenido siete semanas en la lista de los mejores vendidos de The New York Times, un hecho sin precedentes para un libro que ha recibido una avalancha de malas críticas. Irónicamente, también My Dark Vanessa está entre los libros más vendidos de The New York Times y los más reseñados en Goodreads. ¿Se trata de una estrategia de mercado o de una mera coincidencia? 

En estos tiempos, parecería que la indignación es un sentimiento que moviliza más atención que la admiración. En esa marea indignada hemos ido apartando de nuestra mirada libros que nos muestran que es posible volver ficción el dolor de otros y que narrarlo es empezar a entender. 

*

En 2018, Periférica publicó en español Cárdeno adorno, la primera novela de Katharina Winkler, autora invitada a la Feria internacional del libro de Bogotá (antes del aplazamiento por alerta de coronavirus)-. Winkler es una mujer austriaca que cuando niña conoció a una de las pacientes de su padre médico. De esa interacción salió la historia de Filiz, una mujer turca que es golpeada y violada por su esposo. ¿No es problemático que la hija de un medico occidental pase la experiencia de una mujer empobrecida por el tamiz de su escritura? ¿No hay mujeres árabes que cuenten y “ficcionalicen” de primera mano su experiencia? Sí las hay, pero una autora austriaca y blanca, ha decidido contar, a través de la poesía, el dolor de otra. El libro no es el retrato cómodo de una mujer que conoce los matices del maltrato y lucha contra ellos sin pausa, sino una negociación constante con un hecho complejo: los golpes son a veces una transacción en el anhelo del amor romántico. En la novela la protagonista piensa sobre su captor: “Le lavo a Yunus los pies cada día, cuando viene a casa, cuando viene del exterior que me está vedado. Los lavo con agua y jabón, los sostengo con las manos y no quiero soltarlos, les hablo en voz baja, les cuento sobre nuestra criatura nonata. Los seco frotando y les pongo aceite”. 

La autora no solamente hace ficción mediante una experiencia ajena, sino que la explora como un hecho difícil de narrar y de leer: su personaje duda, construye una posición sobre el maltrato al que es sometida, se confunde y a veces piensa que las huellas de los golpes, los cárdenos adornos, son una insignia del amor que su marido le tiene.

Si pensamos en la relación entre la autora –una mujer blanca, occidental, que creció en una cultura en la que los golpes a la mujer no son otra cosa que oprobio y vergüenza– y el personaje literario –una mujer turca para la que el amor y el sometimiento a la pareja están culturalmente atados–, nos encontramos ante un hecho complejo: la negociación entre lo occidental y lo otro, la riesgosa idea de que la barbarie –el maltrato, la violencia, el machismo– ocurre en lugares otros. Pero Cárdeno adorno no es eso, es sobre todo una obra incómoda que interpela al lector y lo confronta por medio del dolor de la protagonista con su propia experiencia humana. 

La lectura de la novela escuece en el cuerpo y plantea un dilema: ¿por qué se puede disfrutar estéticamente de un hecho doloroso? La respuesta que parece ocultar la posición fácil de que no es correcto novelar el dolor de los otros es que la experiencia estética no es exclusivamente de placer cómodo –para eso la decoración de interiores, un spa–, sino que implica, o puede implicar, la incomodidad, la expansión de los horizontes intelectuales y éticos a través de la incomodidad o la repugnancia, incluso. 

Eduardo Viveiros de Castro llega en Metafísicas caníbales a un conclusión que vale la pena traer aquí. Más que interpretar el pensamiento del otro, más que analizarlo o evaluarlo según los criterios de pensamiento occidental y blanco, valdría experimentar con él. No se trata de interpretar otra experiencia, sino de experimentar la imaginación de un pensamiento ajeno. Eso es justamente el artefacto que pone en funcionamiento Cárdeno adorno: no anula, no interpreta, no traduce la experiencia de una mujer turca víctima de maltrato; más bien experimenta, mediante el lenguaje de la poesía, una vivencia ajena traumática. En Cárdeno Adorno la poesía nos obliga a comprender, a experimentar en el cuerpo el dolor de una mujer turca, a acompañarla en su comprensión del maltrato y el desamor: “Estoy entre vitrinas llenas de oro. Aros, anillos, pendientes, collares. La luna del escaparate luce letras de color rosa: ¡Liquidación!

Yunus señala un collar con un corazón dorado. El joyero abre la vitrina, desprende un collar del maniquí y se lo tiende a Yunus. Yunus me lo pone a mí y sonríe; el joyero asiente. Joyas. Doradas y cárdenas”.

La implementación de la política de identidad como sistema de validación del arte nos impide pensar con el otro y conmovernos con su experiencia dolorosa, pero es eficaz como estrategia de ventas: un libro que construye estereotipos sobre lo latino es un producto apropiado para el público estadounidense que no le interesa confrontar la narrativa de un México bárbaro; pero es también atractivo para los feligreses de la política de la identidad, esos que producen ensayos, reseñas y consumen un libro mediocre con el propósito de despedazarlo. El resultado: una novela parodia de una novela que por tener eco en dos públicos aparentemente opuestos ha conseguido romper un récord de ventas. Y mientras tanto, la mayoría de los lectores no se enteran del artefacto poético que ha puesto en funcionamiento Cárdeno adorno.

El 17 de marzo de 2020, en plena pandemia, la revista ARCADIA que conocimos fue suspendida por decisión del Grupo Semana. No entendimos claramente lo que eso implicaba. Ese día, La Liga Contra el Silencio y los 15 medios con los que había tejido una alianza para romper el silencio y la censura en Colombia, supimos que el proyecto cambiaba de rumbo y que su director y la mayor parte de su equipo de trabajo habían sido despedidos. 

En respuesta presentamos #LaRevistaQueNoFue, una propuesta de los colaboradores de la revista que quisieron publicar sus artículos, que ya no verían la luz, bajo el sello de La Liga. El buen periodismo -ahí el cultural-, ese que cabalga sobre terrenos inciertos, el que siguen haciendo periodistas, escritores y profesionales de distintas disciplinas, tiene su espacio aquí.

Catalina Navas es profesora de kínder y escritora. Es autora de varios libros de literatura infantil y juvenil. Correr la tierra (Seix Barral, 2020) es su primera novela.

*La Liga Contra El Silencio es una alianza de periodistas y medios de comunicación que combate la censura en Colombia. Sus contenidos no comprometen a Cuestión Pública.