Estándares periodísticos
(18/03/2026)

Por Víctor Castillo.
Ahora con la marea baja —ya para qué dirán los veloces— ensayo esta opinión de lector de periódicos sobre el affaire La Silla Vacía – Iván Cepeda*.
Como no tiene casi ningún sentido elogiar, me concentro en las costuras de la nota. El título para empezar, Mención de Iván Cepeda en computador de las Farc no fue un montaje, promete más de lo que cumple. Si la mención no fue un montaje, leería cualquiera, entonces es verdad. Pero la investigación de La Silla no puede —no consigue— afirmar esa verdad.
Habría que titular Supuesta mención… Aunque la parte de no fue un montaje, según la misma nota, sólo podría sostenerse si dijera: no fue un montaje del DAS. Y aun así el titular no sería preciso. Tendría que decir —nos enteramos al terminar de leer: Supuesta mención de Iván Cepeda en computador de las Farc no fue un montaje del DAS como sostenía el candidato. Es decir, un titular imposible.
Después de prometer un aguacero la investigación se hace llovizna, deriva en una tesis menor: Cepeda se equivoca en un argumento de su defensa. La Silla demuestra ese error, pero es lo único que demuestra.
El título y el lead y la nota entera sugieren la cercanía de Iván Cepeda con las Farc. La frase definitiva afirma: “los computadores de Reyes indican que Cepeda (…) tuvo contactos por los menos en esa oportunidad con las Farc”.
La Silla le da credibilidad a la información de los computadores como si probaran —y no prueban— esos “contactos”. Responder a la crítica con el argumento de que no dijeron que “Cepeda en efecto estableció una comunicación con las Farc” (cursivas añadidas), cuando esa es la tesis entrelíneas y la idea que se repetirá citando al medio, es desleal con los lectores.
Aparece entonces un segundo problema: el valor periodístico de la investigación está sujeto a que las palabras signifiquen lo que no significan.
Dice la nota en el primer párrafo: “en una comunicación a las Farc”. Dice el segundo párrafo: “El mensaje”. Dice la segunda nota de La Silla que fue necesaria para explicar la primera: “comunicaciones internas”. En el video de la redacción del medio llegan a hablar de un “correo”.
La Silla siembra el berenjenal —que no le parece relevante desenmarañar— de si los computadores de Reyes sólo dicen (como transcripciones de hechos ciertos o falsos: no lo sabemos) o en efecto hubo comunicación y entre quiénes, de si son archivos de word o correos electrónicos y, en últimas, de si hay mensaje o contactos o correo posibles sin movimiento**.
Este malabarismo con las palabras fracasa porque, como notó Daniel Coronell, los computadores de Reyes pueden decir misa, pero no está probado que los archivos hayan ido de un punto a a un punto b, mejor dicho, que sean correos (información transmitida).
Tampoco está probado que lo que dicen sea cierto (la Corte los declaró ilegales como prueba sin llegar a definir su verdad) y la información que contienen no es inequívoca (Interpol en su informe no avala ni el origen ni la veracidad de los archivos).
No hay comunicación, no puede haberla, ni mensaje, ni mucho menos correo, sin un emisor y un receptor probados. Las palabras tienen significados que los periodistas no deciden.
La aclaración de la segunda nota de La Silla sobre la forma como se comunicaban las Farc con mensajes encriptados que alguien transcribía, y la impericia tecnológica de Reyes que explicaría la existencia de archivos de word en vez de correos etcétera, es plausible, pero La Silla, con pruebas, sigue sin nada más entre manos que el error en un argumento de la defensa de Cepeda.
¿Era esto suficiente para publicar la investigación? ¿Se sostiene la historia? ¿Cuál era, si no, la (otra posible) historia?
Por otro lado, la respuesta de Iván Cepeda (pedirle al medio que confiese su “afinidad ideológica”), quizás destemplada, pone sobre la mesa un asunto central. No le corresponde a él cuestionar la posición política e ideológica de los medios de comunicación, vale, supongamos que vale, porque tal atrevimiento riñe con la libertad de prensa (como si no cuestionar esas posiciones no riñera también).
Esto no quiere decir que la pregunta no sea legítima, necesaria, y que, por ejemplo, este lector de periódicos no quiera hacérsela a los medios que frecuenta y, más importante, no significa que La Silla no debería plantearse responderla.
Como dijo Juanita León, directora de La Silla Vacía, Iván Cepeda no puede argumentar que el medio no siguió un proceso exhaustivo de verificación de la información, ni mucho menos que la reportería obedezca a un intento de “judicializarlo en Estados Unidos”: sobrellevar décadas de persecución como defensor de derechos humanos, un padre asesinado y la animadversión de cierta élite política y económica no lo autorizan a hacer esas inferencias, a menos que pueda demostrarlas.
La Silla Vacía cuestiona sin pruebas la integridad moral del candidato de izquierda a la presidencia, sugiere una tesis para después decir que no la sugirió, alienta suspicacias en las que arriesga su propia credibilidad, quiebra una lanza a cambio… a cambio de qué.
La respuesta en voz alta es a cambio de revelar el dato que se pudo revelar. Porque ese es su estándar periodístico. En voz baja: el periodismo por el periodismo.
Preguntémonos: si La Silla Vacía fuera el país —la hipótesis vale para cualquier medio—, ¿quién ganaría la elección presidencial por el voto de sus periodistas? A partir de ese dato, se podría afinar el estándar periodístico en concreto, no sólo como una declaración de buenas prácticas.
De momento, una intuición: ¿publicaríamos esta historia residual del titular imposible sobre el error en el argumento de defensa 18 años después de los hechos en la calentura de la campaña presidencial si el candidato fuera el ganador de las elecciones La Silla País? Eso por el lado de los sesgos.
La Silla valora el dato y desprecia el relato. No hay en su investigación, no suele haberlas, una lectura del relato del país en el que vivimos ni una conciencia del relato que construyen sus periodistas como sujetos capaces de política e ideología. Como si los datos vinieran dados por alguna deidad, como si ocurrieran en el aire, como si puestos uno al lado del otro no crearan realidades, relatos.
Quiero decir —y esta es la tesis del lector de periódicos— el estándar periodístico para publicar esta nota tendría que haber sido más alto. Para decirlo en los términos de La Silla Vacía —para acercarnos— el periodismo se hace en contra de los propios prejuicios (de la reportera, el editor, la directora, el consejo de redacción), y tiene como principios la exactitud, la independencia, la responsabilidad.
Los errores de La Silla Vacía no ocurren por falta de rigor en el sentido más clásico —y recalcitrante— del periodismo. Con ese estándar casi nunca tendrán que rectificar más que una fecha o un nombre.
Ni siquiera la mención de Agencia rural y otros medios como “orgánicos de las Farc”, que rectificó el bloque de medios independientes que hacen parte de La Liga contra el silencio***, ni siquiera esa frase que se lee como una sentencia condenatoria, incumplió —para La Silla— su promesa de buen periodismo.
¿La nota es exacta (vemos en ella la realidad como en un espejo), independiente (en el proceso editorial se planteó, se ha planteado alguna vez, el conflicto con los intereses del establecimiento colombiano del que La Silla Vacía —qué duda cabe— hace parte) y responsable (con los derechos al buen nombre y a ser vencido en juicio del candidato Cepeda y de Agencia rural y los otros medios)?
En su respuesta a Iván Cepeda, la directora de La Silla propone estas preguntas como estándar periodístico: “¿Lo publicado es cierto? ¿La metodología es rigurosa y explicable? ¿Se escucharon voces relevantes? ¿Hubo transparencia sobre el material y los límites?”.
Yo, desde la hamaca donde leo la prensa, agregaría las siguientes: ¿lo publicado es una historia o un indicio de otra historia que no logramos probar? ¿El dato cierto publicado habla de un relato cierto publicable con igual rigor? ¿Hubo controles externos —no alineados políticamente con el medio—? Y uno hermoso para el periodismo de los sueños, ¿puede afirmarse, como dicen Kovach y Rosenstiel, que la redacción fue —es— un campo de batalla?
En esta investigación echo de menos otro estándar del oficio. Uno en el que el periodismo se juega en la interpretación, la lectura de la realidad y la valoración de los datos y del relato, en la conciencia del lugar político e ideológico desde el que se reportea y escribe, del país donde se vive —de su historia— y de los propios prejuicios. Eso espero yo como lector de periódicos, como lector que seguiré siendo de La Silla Vacía.
* En 2015 y 2020 fui periodista de La Silla Vacía.
** Otros embrollos que La Silla no resuelve, porque da por sentadas sus conclusiones, son la cuestión de si los computadores fueron manipulados (como no sea por el DAS en el argumento de Cepeda), si la inteligencia colombiana de la época tiene credibilidad como fuente…, si la Interpol dijo lo que La Silla usa para sustentar su investigación, o también dijo lo que la columnista Olga González cita en su crítica (Interpol ha dejado claro que el hecho de validar que los contenidos de las pruebas informáticas no fueron manipulados tras ser decomisadas por las autoridades colombianas no equivale de ninguna forma, modo o manera a decir que el contenido de los archivos de usuario es verdadero y exacto. Por consiguiente, Interpol discrepa de todas aquellas personas que pretenden que su informe valida el origen y la exactitud de cualquier documento o archivo de usuario concreto contenido en las pruebas), siendo tesis en apariencia contradictorias. Y, en fin, la cuestión de si la Corte Suprema de Justicia dijo que los computadores no tenían valor probatorio porque la operación fue ilegal, o si también dijo —y lo dijo— que por ser archivos de texto no queda establecida la verdad de su contenido. Siendo ambas tesis en apariencia contradictorias.
*** La investigación de La Silla Vacía contó con “el apoyo de La Liga contra el silencio” y fue publicada en ambos portales. El episodio no esclarecido de “errores en el proceso editorial” que llevó a La Liga a rectificar —y antes a participar— en la mención de Agencia rural y otros medios como “orgánicos de las Farc” ameritaría ahora sí una nota de la mismísima Liga contra el silencio. Mientras tanto, me quedo con una pregunta de lector de comunicados y rectificaciones: ¿en qué consistió ese apoyo y cómo se decidió en primer lugar —o quién— que estábamos frente a una “historia censurada” del tipo en que suele participar La Liga?
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