La ficción de los museos

Pedro Adrián Zuluaga escribe: “El retiro de las piezas del Museo Nacional es un acto publicitario del gobierno. Las retiran, y dejan como evidencia las fichas técnicas. El mensaje es claro. Quieren producir un efecto mediático y definir los términos de la discusión cultural. Hay que escapar de esa trampa.”

La ficción de los museos

(19/10/2026)

Foto La Tribuna
Natalia Calao es artista visual, calígrafa e investigadora colombiana. Durante la última década, su trabajo ha hecho parte de los equipos de curaduría y museografía de varios museos del país. Actualmente cursa la Maestría en Estudios Culturales Latinoamericanos en la Pontificia Universidad Javeriana.

Por: Natalia Calao. Maestra en Artes Visuales y Calígrafa.

Pedro Adrián Zuluaga escribe: “El retiro de las piezas del Museo Nacional es un acto publicitario del gobierno. Las retiran, y dejan como evidencia las fichas técnicas. El mensaje es claro. Quieren producir un efecto mediático y definir los términos de la discusión cultural. Hay que escapar de esa trampa.”

Creo que Pedro Adrián hace una advertencia que es importante y es el cuidado que debemos tener con el lugar hacia el que se conduce la conversación, porque justo ahí cedemos los términos del debate. Quiero hablar especialmente de una trampa en la que siento que están cayendo algunos y es creer que este es el momento preciso para pensar en los límites de los museos.

Me parece riesgoso pensar que necesitemos descubrir si los museos deben desbordar sus límites, cuestionar sus relatos o revisar sus formas de representación, especialmente porque esa discusión lleva décadas abierta. Las Guerrilla Girls en los 80’s, con su trabajo sobre las exclusiones de género y raza en los museos y en el sistema del arte, son apenas una de las muchas expresiones de una crítica que ha transformado el pensamiento y las prácticas museológicas.

En Colombia, Antonio Caro ya cuestionaba en 1972, con su obra «Aquí no cabe el arte», las exclusiones del sistema artístico y la imposibilidad de separar el arte de la realidad política del país. Los museos llevan mucho tiempo siendo cuestionados desde dentro y desde fuera. La historiadora Carmen María Jaramillo hace años se pregunta sobre el enorme vacío que existe en el registro de la producción realizada por mujeres artistas, y yo misma, hace un par de años señalé que la colección de arte que custodia el Banco de la República tiene registradas en sus archivos 6.000 obras y de éstas, tan solo el 8% son de artistas mujeres, ninguna de antes del Siglo XIX.

Los museos son instituciones atravesadas por relaciones de poder, decisiones políticas, intereses económicos y disputas por la memoria, dentro de ellos hay personas que deciden lo que se colecciona y lo que se conserva, es la discusión sobre lo museable que hace rato se viene dando. La imparcialidad de los museos es una ficción que hace rato deberíamos haber dejado de sostener.

Quienes trabajamos en museos sabemos que los límites de este son una pregunta cotidiana del trabajo museológico. Se discuten en las reuniones curatoriales, en las investigaciones, en las decisiones sobre qué coleccionar y qué exhibir, qué voces hacemos aparecer y cómo relacionar una colección con las comunidades y los conflictos del presente. Cada exposición vuelve a poner esas preguntas sobre la mesa y obliga a tomar decisiones que siempre van a dejar por fuera a alguien o a algo. 

La crítica a los museos tiene una historia larga y necesaria pero lo que merece atención ahora es quién está conduciendo esta intervención. No tenemos que abandonar las discusiones que llevamos décadas sosteniendo; tenemos que evitar que se conviertan en una cortina que nos impida ver lo que está ocurriendo en el presente.

Esto implica un reto enorme en medio del ruido mediático y frenético que han tomado las acciones del gobierno actual, y es la necesidad de sostener dos cosas al mismo tiempo, nombrar la gravedad de los ataques al sector artístico y cultural, sin permitir que quienes los ejercen impongan los términos en los que hablamos de ellos. 

No podemos minimizar lo que está ocurriendo, porque hacerlo sería también desconocer las prácticas artísticas, los procesos de gestión cultural y el trabajo sostenido durante décadas por tantas personas y comunidades que han contribuido a construir este campo en Colombia y porque lo que está en juego es la libertad de expresión, la autonomía de las instituciones y la posibilidad de que las narrativas artísticas se construyan desde el disenso, la investigación y la pluralidad, en un contexto en el que la financiación pública puede convertirse en un mecanismo de presión o condicionamiento. 

La responsabilidad que tenemos como artistas y como parte de los equipos curatoriales y museográficos es defender el derecho a la complejidad que implica la construcción de los relatos, y eso supone reconocer que no tenemos que elegir entre defender al sector cultural y cuestionar sus propias estructuras de poder. Esa capacidad de crítica y autocrítica también forma parte de lo que estamos defendiendo.

Quiero además poner una alerta adicional a la que ha hecho Pedro Adrián, es posible que este episodio sea apenas el primero de una serie de intervenciones similares en otros museos. Que cada retiro genere una controversia que ocupe los titulares durante unos días y que después sea reemplazado por el siguiente escándalo. Cada repetición nos resultará menos extraordinaria y terminaremos aceptándola como parte del funcionamiento habitual de las instituciones culturales. La normalización ocurre por acumulación, eso que hoy nos alarma termina por parecernos cotidiano.

Así pues, que convertir este episodio en un debate sobre los límites del museo es una trampa que nos hace perder de vista lo fundamental y que puede llevarnos a discutir en los términos que este Gobierno propone, desplazando la atención desde la intervención política sobre una institución pública hacia una supuesta disputa sobre qué cultura queremos.

El foco de la conversación tiene que estar en lo que ocurre cuando el Gobierno interviene una institución museal sin contar con el comité curatorial responsable de las colecciones. Y esta es una pregunta que tuvimos que habernos hecho en el gobierno de Gustavo Petro y que ahora nos tenemos que volver a hacer con mucho más juicio frente a la acción violenta de retirar más de 30 piezas del Museo Nacional. 

La discusión no es artística pero tampoco el control de las narrativas artísticas es un asunto menor ni exclusivo del campo cultural. La historia muestra que los regímenes autoritarios. Todos. Han buscado intervenir en la producción artística, censurando obras, persiguiendo artistas y controlando las instituciones encargadas de preservar y transmitir la memoria colectiva. Los museos no necesitan que un gobierno nos enseñe a cuestionarnos. Esa tarea forma parte de nuestro trabajo. Lo que sí se necesitan son condiciones para investigar y ejercer nuestro criterio profesional de tal forma que esto permita construir relatos complejos sobre nuestra historia, incluso cuando esos relatos resulten incómodos para quienes gobiernan.

*La Tribuna es el espacio de columnas de pensamiento de nuestros analistas y expertos en Cuestión Pública. Sus contenidos no comprometen al medio.