La vida de los

científicos que

persiguen el

COVID-19
Tras paredes de cristal. Así pasan el día
los 23 científicos de la Universidad del
Rosario que llevan más de 35 jornadas
inmersos en el laboratorio,
analizando pruebas del virus.

(06/05/2020)

Por: Juan José Jaramillo

Carolina Hernández tiene 30 años, está terminando su doctorado y hoy es la Líder Técnica Científica del laboratorio de la Universidad del Rosario. Es la mayor de la casa en donde viven también otros dos científicos que están dejando la piel a cambio de superar esta crisis en Colombia. Adriana Castillo tiene 28 y es la Líder de Calidad, mientras que David Martínez, que tiene 22, está terminando su carrera de biólogo y es el Líder de Gestión Documental. Los/Las tres se fueron a vivir juntos desde el pasado 31 de marzo, para no exponer a sus familias y amigos. Desde entonces sus vidas giran en torno a probetas, formularios del Instituto Nacional de Salud (INS) y, en general, a un frío laboratorio.

La vida de estos tres parece haber cambiado para siempre. Para sostenerse emocionalmente pusieron una regla de convivencia: el carro y la casa son espacios donde no se habla de investigación ni coronavirus. Hablan de cualquier otra cosa y ponen música para distraerse. Es lo único que les ha permitido tener la cabeza en orden, según dicen. La vida de estos tres parece haber cambiado para siempre. Para sostenerse emocionalmente pusieron una regla de convivencia:
el carro y la casa son espacios donde no se habla de investigación ni coronavirus. Hablan de cualquier otra cosa y ponen música
para distraerse. Es lo único que les ha permitido tener la cabeza en orden, según dice.
En el laboratorio se reúnen con Juan David Ramírez, el director científico del laboratorio. Antes de la pandemia fue director del grupo
de investigaciones microbiológicas de la universidad, pero la llegada del virus cambió todos los roles, todas las visiones. Sus jornadas
comienzan todos los días antes de las 7:00 a.m. y en este salón, que usan como si fuera una trinchera segura, se reparten las tareas del día.
El vórtice. Al entrar por esa puerta se acaban los chistes, se acaban las charlas, se suspende todo en una especie de estado alterado de
la realidad. El silencio, los movimientos lentos y pausados, tan escasos en la vida cotidiana, son una ley que nadie impuso, pero que nadie
se atreve a romper
Carolina tiene prisa por llegar a su cubículo. Ella revisa que todos los procesos científicos estén en orden. Hoy hará la preparación de los
químicos que se mezclan con las pruebas para ver si la reacción da como resultado positivo o negativo. Los guardan en una nevera con
31º bajo cero de temperatura. Son los elementos químicos que tenía la universidad para sus investigaciones propias antes de la
pandemia por COVID-19, pero que debido a la demanda de la crisis, han tenido que comprar más reactivos.
Hoy es un día especial. Desde que hicieron su primera prueba exitosa y pudieron operar para procesar exámenes reales, han logrado
decantar 100 pruebas al día. Pero cada día el reto va aumentando y este nuevo es monumental: el INS les encargó el análisis de 360
pruebas. Está citado todo el equipo a doble turno para lograr la meta. Para llegar hasta acá y analizar las pruebas, tuvieron que pasar
varios exámenes en los que el INS les proporcionaba pruebas, algunas positivas y otras negativas; ellos tenían que dar con los
resultados correctos. En su primer intento acertaron al 100%, lo que les dió la credibilidad necesaria para testear. Eso fue el pasado
31 de marzo.
En total en el equipo de investigación hay 23 personas. Comenzaron siendo solo los estudiantes del doctorado, pero pronto vieron que
no darían a basto. Entonces comenzaron a contratar a otros doctores y maestros en bacteriología y patología para que hicieran tándem
con los expertos del Rosario.
Siempre trabajan en parejas. La concentración necesaria es absoluta, así que una persona se dedica sólo a manipular las pruebas y la
otra hace las veces de asistente. En el tiempo que estuve como observador de sus trabajos, vi personas que no se pararon de la silla en
tres horas. Juan David, el que más conoce el proceso, entrena a una de las tres personas externas que acaban de ser contratadas. No se
le despega. La acompaña en cada paso. Supervisa cada movimiento y cada número que anota en una tabla. Antes de iniciar, le hizo un
examen con pruebas ya testeadas para medir la capacidad de respuesta. Cada número que anotan en la tabla corresponde a un
paciente que en la vida real espera respuesta de la presencia del SARS-CoV en sus cuerpos. De la rapidez de esa respuesta dependerá,
en parte, la vida del paciente.
Hay tres salas en las que hacen extracción del ARN (ácido ribonucleico), que es una molécula que permite “copiar” la información del
ADN de la persona. Este ARN está en el virus y tiene una particularidad: se asemeja al ARN de la persona que lo alberga y por eso
complica muchísimo su detección. Este es el proceso más crítico, de mayor peligro, pues es cuando estos científicos abren mucosas
que podrían estar infectadas.
Estas salas se abren sólo dos veces: 1) cuando van a comenzar el procesode extracción y 2) cuando, después de seis horas, terminan
el proceso. No se puede abrir para hablar, para pasar implementos, para nada más. Una vez cerrada no hay vuelta atrás.
Al momento de escribir esto, en el laboratorio de la Universidad del Rosario se han practicado más de 6.296 pruebas, de las cuales su
resultado es confidencial. El gobierno ha declarado esa información como reservada y han centralizado los informes en el INS. Con esa
micropipeta, especie de jeringa alargada, toman las muestras. Éstas vienen en volúmenes micrométricos, o sea diminutos y las depositan
en la tabla que insertarán en la máquina.
El ambiente concentra un silencio abrumador que se mantiene por horas. Sería absoluto, pero siempre está ahí el runrun de los aires
acondicionados, las neveras y las termocicladoras. De vez en cuando, el tenue ruido de unos pasos suavizados por los cubrepies en
material antifluido y una puerta que se desliza. Cuando alguien tiene que buscar a otra persona para consultar o informar que hay un
proceso listo, se desplazan hasta allá y lo dicen en voz baja. Hay esterilización hasta en la forma de comunicar.
Después de pasar las pruebas por la centrifugadora y mezclarlas con los
químicos, se ingresan a una termocicladora, la máquina final que traducirá
la prueba en información. Tienen cuatro de éstas y le caben 94 pruebas a
cada una. Después de un lapso que contempla una o dos horas, dependiendo
del modelo, la máquina arroja el resultado final. Líneas bajas con picos y en la
parte baja del cuadrante quiere decir que dio negativo. Curvas altas y
constantes son señales de que el resultado dio positivo. “Hoy hemos tenido
muy poquitos”, dice Juan Pablo a la joven que están entrenando.
Estos científicos tienen un par de tardes libres a la semana. No más. Toman el turno de la mañana, comienzan a las 6 a.m., y pueden
descansar unas pocas horas en la tarde. Pero hay otro días en los que entran a las 7 a.m. “y no sabemos cuándo salimos, pero es que
en estos tiempos hay que estar listos”, dice Sergio Castañeda, uno de los estudiantes del doctorado. La vida transcurre tras el cristal.
“¿Qué día es hoy?” La realidad se va alterando cada vez más. Acá, en el centro de operaciones, llegan los epidemiólogos y especialistas en
patología y pueden cerrar los ojos unos minutos, recuperar la fuerza. Aquí también se hace el proceso de digitalización, que consiste en
subir las estadísticas a un programa. Luego esas cifras tendrán que ser corroboradas por otros miembros del equipo, para que no haya ni
el más mínimo atisbo de error, y luego, ahí sí, podrán subir la información a la plataforma del INS. Al siguiente día sucederá lo mismo.

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