Monólogos del adiós:

sobre la muerte de

Marcelo Agredo
Marcelo Agredo Inchama, de 17 años, murió
en la tarde del 28 de abril después de recibir
un impacto de bala en la cabeza, que habría
sido disparado por un policía, durante las
manifestaciones del Paro Nacional en Cali.
Cuestión Pública habló con el papá de
Marcelo, con su hermano y su cuñado,
un policía activo en Cali.

(02/05/2021)

Para la reconstrucción de esta historia participaron las voces del padre de Marcelo, Armando Agredo, de su hermano Armando (Junior) Agredo, y de su cuñado, Jhon Jairo Valderrama, policía que estuvo de servicio en las manifestaciones del 28 de abril.

Armando Agredo, papá

Lo último que mi niño me dijo fue: “Tranquilo, pa’. Yo no voy a ir por allá ”. Estábamos hablando con Marcelo de las protestas por el paro nacional… A mí nunca me han gustado las marchas ni nada de eso. Me pensioné después de 43 años de manejar un taxi y nunca participé en una sola manifestación,  les dije a mis hijos que no fueran y Marcelo me contestó eso: “Tranquilo, pa”. 

Subí al cuarto piso de la casa y, desde lo alto, vi cómo se iban ambos, él y su hermano Armando (Junior), hacia Puerto Rellena, el punto de encuentro más cercano. [Puerto Rellena también es conocido como Puerto Resistencia, y ha sido uno de los puntos donde se han concentrado las manifestaciones durante la jornada de paro nacional que inició el 28 de abril].

Foto: Alexander Campos Sandoval.

Marcelo Agredo Inchima era el menor de mis cuatro hijos, iba a cumplir 18 años el 25 de agosto. Era estudiante de noveno y también trabajaba; decía constantemente que quería conseguir sus propias cosas, comprarse una moto y  crear  una empresa. Era aficionado a los deportes, jugaba baloncesto y fútbol.  Era hincha del América.

Marcelo Agredo era aficionado a los deportes. Foto: cortesía.

Yo me había quedado tranquilo, pero esa tranquilidad se me acabó a las tres y media de la tarde cuando sonó mi celular. Era Junior, el hermano mayor del niño, gritando entre el llanto: “¡Venga, pa’, ¡venga!”. Yo le pregunté qué pasó y solo pudo responderme “¡Venga! Estoy en el Hospital Carlos Carmona”.

Armando (Junior) Agredo, hermano

A mi hermano le dispararon entre las tres y las cuatro de la tarde, todo fue muy rápido y confuso. Las personas que viven en barrio Mariano Ramos habían llamado a la Policía porque un gentío estaba destruyendo una tienda de Yamaha y una sucursal del Banco de Bogotá. 

El primer agente que llegó parqueó su moto en la intersección entre la Carrera 46a y la Calle 39a. El policía caminó por esa calle hacia la carrera 46, donde se quedó solo y de frente a los otros muchachos, que se fueron contra él. El agente corrió hasta la moto porque lo venía persiguiendo la gente. Marcelo era rápido, iba delante de todos. Al llegar a la carrera 46a los pelados  se dieron cuenta de que más policías habían llegado, entonces se dieron la vuelta y salieron a correr.

“El policía se giró con la pistola en la mano y soltó el primer tiro, Marcelo salió  corriendo para ponerse a salvo. El agente se bajó de la moto y volvió a disparar. ¿Por qué le disparó a la cabeza?, ¿por qué le disparó tantas veces?”

Yo creo que eso animó a Marcelo a darle la patada al policía, él sintió que no corría peligro, pero mi hermano era menudo y ni siquiera logró desestabilizar al uniformado que ya estaba subido  en su moto. En ese momento, el policía se giró con la pistola en la mano y soltó el primer tiro, Marcelo salió  corriendo para ponerse a salvo. El policía se bajó de la moto y volvió a disparar, entonces, ¿por qué se bajó ?, ¿por qué le apuntó a un muchacho desarmado?, ¿por qué le disparó a la cabeza?, ¿por qué le disparó tantas veces?

Marcelo (izquierda) y Armando Junior (derecha). Foto: cortesía.

Antes de que el policía le disparara, Marcelo estaba al ladito mío, estaba vestido con una camiseta negra y una gorra que yo le regalé. Recuerdo que cuando la compré hace tres meses me dijo: “Egh, mano. Yo quiero una gorra de esas” y yo le dije “Cójala, manito”. Él se la puso y le quedó lo más de bacana, era un tipo pintoso. 

Marcelo y yo éramos muy unidos. Hace un tiempo nos fuimos a Inzá, Cauca, donde mi mamá tenía una tierrita, una propiedad. Estuvimos por allá dos años y no estudiamos nada, veíamos cómo salir adelante trabajando. Nos aburrimos y regresamos a Cali. Acá me compré un inflable y un brinca brinca que Marcelo y yo sacábamos al parque de Ciudad Córdoba y nos hacíamos unos pesos, $2.000 por niño. Así trabajábamos.

Esa tarde, antes de enterarme de la muerte de mi hermano, escuché que  gente comenzó a gritar: “¡Mataron a uno! ¡Lo mataron!”.  Yo volví corriendo para ver quién era y encontré a mi hermano desangrándose en el suelo. Cerca de su cuerpo estaba la gorra bacana que yo le regalé, tenía sangre.

Le dije a mi papá que llegara al Hospital Carlos Carmona, que está a unas pocas calles de la carnicería Rancho e’ Paja, donde Marcelo cayó herido. Colgué la llamada. En el Hospital, antes de remitirlo aún con vida a la Fundación Valle de Lili, nos dieron la valoración casi al instante: herida con arma de fuego en cráneo con compromiso de la masa encefálica.

Jhon Jairo Valderrama, policía, cuñado de Marcelo

Esa noche llegué a la casa y mi esposa me dijo llorando: “Un compañero tuyo mató a mi hermano”. Yo venía de patrullar en las protestas de otra zona, por Prados de Limonar. De allí los manifestantes nos sacaron a piedra y por esquivarlas me caí de la moto. Cuando ya estaba en un sitio seguro un compañero policía me mostró los videos de un manifestante abatido. Vi su sangre, su ropa, su rostro y, aún sin creerle, grité: “¡Ese es mi cuñado, hermano!”

Marcelo tenía cinco años cuando lo conocí. Conviví con él desde que me casé con su hermana, Érika. Compartí con él  la alegría de mis hijos, sus sobrinos. Por eso abracé a mi esposa y le pedí perdón, en nombre mío y de la institución. Lloramos juntos hasta tarde.

De izquierda a derecha: Junior, Jhon Jairo, Marcelo y Érika. Foto: cortesía.

Me siento en una encrucijada entre la institución y mi familia, pero creo que la responsabilidad es exclusiva del compañero y de todo lo que hizo mal. Sin la proporcionalidad que se nos ordena, disparar a un civil es un homicidio. Y si un manifestante desarmado nos agrede, la norma dice que respondamos con tonfa [bastón policial] en zonas donde el músculo amortigua el golpe y no causa fractura. No podemos responder una patada con un disparo.

Mucho menos podemos disparar a un manifestante desarmado con la SIG Sauer 2022, nuestra arma de dotación, porque es precisa y letal a una distancia de hasta 50 metros. Marcelo estaba a unos pasos de mi compañero policía cuando le comenzó a disparar.

Imagen de Google Maps. En verde, el lugar desde donde se ve al policía disparando. En amarillo, el lugar donde Marcelo cayó después de recibir un impacto de bala en la cabeza, a 37.25 metros del policía que estaba disparando.

La legítima defensa, que eventualmente nos ampara, comprende la respuesta violenta por una acción de servicio, por causa o razón del mismo.  A mí no me parece que esa descripción aplique como justificación del disparo, que parece más la retaliación por ser agredido. Una retaliación que no debe existir según un fragmento del código de ética que nos recordaron en la mañana del 28 de abril, antes de salir a patrullar en las manifestaciones.

Tampoco entiendo por qué no llevaban el chaleco reflectivo, que es obligatorio para que nos identifiquen, ni por qué el policía que disparó y sus compañeros omitieron darle auxilio, eso lo tenemos prohibido. Ellos debían ayudar a Marcelo al ver que estaba herido y también debían verificar si había menores de edad en ese grupo y, ya que los había, solicitar una comisión de infancia y adolescencia, como dicta la norma. 

Todo eso se hizo mal. Pero el compañero aún puede hacer una cosa bien: entregarse. De cualquier forma es fácil de encontrar, pues los uniformados a diario llenamos actas de servicio, firmamos minutas de acción antes de salir a un operativo, tenemos un registro de las armas y nuestra munición son de lotes especiales con número de identificación.

“El compañero policía que le disparó a Marcelo aún puede hacer una cosa bien: entregarse. […] Espero que la institución colabore para que haya justicia y verdad.”

Por eso espero que la institución colabore para que haya justicia y verdad. Y que se pronuncie de forma distinta a decir que los caídos en manifestaciones son vándalos y delincuentes, porque mi cuñado Marcelo no lo era.

El día después del disparo

Hace 14 meses Armando Agredo sepultó a su esposa Sonia Inchima, quien murió en medio de un procedimiento estético. Por eso, ahora con la muerte de su hijo menor, a Armando se le veía hacer todos los trámites que sobrevienen a su nueva tragedia con la tranquilidad de alguien que pareciera estar resignado al luto.

Al otro día del homicidio de su hijo, el 29 de abril, Armando le entregó temprano su testimonio al Cuerpo Técnico de Investigación (CTI), que ya abrió investigación. Dejó para más tarde  ir a poner la denuncia, porque la prioridad era ir a Medicina Legal para que le entregaran el cuerpo de su niño. Allí esperó varias horas, sentado en la calle junto a su hijo Junior y a su yerno John Jairo, el policía. El silencio de los tres solo era interrumpido cada vez que los llamaba algún periodista buscando informarse del caso.

En Medicina Legal le entregaron los papeles que debía llevar hasta el  edificio de la Fiscalía, allí llegó sobre las cuatro de la tarde. Adentro se percibía el olor de los gases lacrimógenos y se veían agentes del Escuadrón Móvil Antidisturbios (Esmad) en fila. Esa tarde hubo enfrentamientos en casi toda Cali y en otras ciudades del país. Armando y su familia tuvieron que esperar dos horas y media más para que les entregaran un papel que les hacía falta.

Ya cuando Armando se disponía a regresar a Medicina Legal, se precipitó en Cali un torrencial aguacero. Guardó con mucho cuidado los papeles que reclamó durante todo el día en la misma bolsa en la que llevaba la ropa con la que debían velar a su hijo. Firmó y dejó sus  huellas en varios documentos originales, también en varias copias, lo hizo casi de manera mecánica, en medio del  penetrante olor de la morgue.

A las 7:20 p.m. abrieron por  fin las puertas del garaje de Medicina Legal. No se podía ver el cuerpo de Marcelo, el carro fúnebre era hermético y oscuro. 

En redes sociales, familiares y amigos expresaron sus condolencias a la familia de Armando y algunos, tratando de brindarle consuelo en medio de la tragedia, le dijeron al taxista jubilado que estuviera tranquilo porque su hijo acababa de emprender un viaje para reencontrarse con su madre.

***

 A las nueve de la noche, horas después del asesinato de Marcelo Agredo en el que estaría involucrado un policía, el secretario de Seguridad de Cali, Carlos Rojas, dio un reporte de lesionados en el que no incluyó ningún fallecido.

En la mañana del 29 de abril, Rojas aseguró que los fallecidos serían 4 o 5. “Se está investigando si están directamente relacionadas con las manifestaciones”, aseguró. A la fecha de publicación de este informe, ni la Policía ni la Alcaldía de Santiago de Cali se han pronunciado sobre este caso.

A través de un trino, José Miguel Vivanco director para las Américas de Human Rights Watch le solicitó a la Fiscalía y a la Procuraduría iniciar investigaciones prontas y creíbles a raíz de los videos publicados por Cuestión Pública, que registraron la muerte de Marcelo Agredo el pasado miércoles.

Reportería y texto
Alexander Campos Sandoval
Reportería forense
David Tarazona

Edición
Ingrid Ramírez Fuquen
Iván Serrano
Claudia Báez

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