Pueblo Tikuna
Se ubica en la triple frontera amazónica
entre Brasil, Colombia y Perú. De 13.842
personas reconocidas como Tikunas,
6.839 son Ngeugu Magütagüka (mujeres).
Ellas son protectoras de sus comunidades
y de la madreselva.

(16/07/2020)

Agenda Propia visitó en Colombia a las comunidades de San Francisco de Loretoyaco, Puerto Nariño y Leticia, y Umariaçu 2 y Benjamin Constant en Brasil para narrar la mistura de saberes y luchas de las mujeres Tikunas.

Resistencia de

una mujer Magüta

en frontera
En el extremo sur de Colombia, límite con
Brasil y Perú, Ünãgükü Taüchina, una joven
Magüta (Tikuna) lucha contra la trata de
personas y por la protección del cuerpo
y del territorio. Ella cree que la manera
de cuidar a la madreselva es volver a la
raíz, a la medicina tradicional y a la
cosmovisión de las Ngeugu Magütagüka
(mujeres Tikunas).

Por: Vanessa Teteye Mendoza

Chorü choküma | Su origen

“Los pueblos indígenas lo que hacemos es proteger, porque si protegemos a la madreselva, protegemos a nuestra familia, nos protegemos a nosotros mismos; porque es donde vivimos, resistimos y donde realmente está nuestra vida cotidiana”, dice Ünãgükü Taüchina (su identidad en castellano es Cindy Amalec Laulate Castillo), mientras con su mano izquierda sujeta un pequeño espejo redondo que refleja su rostro y, en la otra mano, sostiene una delgada astilla con huito (pintura natural) con la que dibuja sobre su mentón una garza (kowa), clan al que pertenece.

Mano derecha de Ünãgükü Taüchina recogiendo los huitillos
Mano derecha de Ünãgükü Taüchina recogiendo los huitillos en la selva amazónica.
Huitillos, frutos silvestres
Huitillos, frutos silvestres que usan las Tikunas para pintar la yanchama y artesanías. Fotos: Pablo Albarenga.
Ünãgükü Taüchina pintándose el rostro con huitillo
Ünãgükü Taüchina pintándose con huitillo, fruto silvestre que se usa como pintura natural en el rostro o en yanchamas (corteza natural empleada como vestimenta tradicional).

A sus 23 años, Ünãgükü Taüchina es una joven líder del pueblo Magüta o Tikuna, como se le conoce a este pueblo originario. Vive en la comunidad de San Francisco de Loretoyaco, ubicada en el trapecio amazónico colombiano, muy cerca del municipio de Puerto Nariño, en la frontera con Perú. Allí habitan 714 personas de los pueblos Cocamas, Yaguas, Tikunas y algunos Boras y Murui. Desde su territorio y con sus conocimientos propios, la joven indígena busca fortalecer la cultura Magüta y proteger el cuerpo y el ser de las Ngeugu Magütagüka (mujeres Tikunas).

Cancha de la comunidad indígena de Loretoyaco
Cancha de la comunidad indígena de Loretoyaco, donde los habitantes se reúnen en las tardes para escuchar música, hacer deporte y recibir información sobre las actividades y reuniones futuras de la comunidad. Foto: Pablo Albarenga.

En lengua Magüta o Tikuna, su nombre Ünãgükü Taüchina “significa la garza voladora o la garza que vuela en bandada, que cuando llega a una meta quiere más, quiere seguir volando”, explica. Este nombre le fue otorgado al nacer por su padre, Ismael Laulate Curico, el médico tradicional de la comunidad, y por la partera. Su identidad en castellano la considera como prestada, por ello prefiere que se le conozca por su nombre nativo.

Para los Tikunas, los nombres originarios se asignan de acuerdo al clan al que pertenecen y las características y valores con los que nace el niño o la niña. Por ejemplo, Ünãgükü Taüchina es para aquellas personas que son fuertes y curiosas, que nacen para el liderazgo, comenta su madre Ernestina Castillo.

Retrato de Ünãgükü Taüchina.
Retrato de Ünãgükü Taüchina. Sobre su rostro ha dibujado figuras que representan los clanes a los que pertenece: Garza y Cascabel. Foto: Pablo Albarenga.

Ünãgükü Taüchina es alegre y serena. Transmite tranquilidad al hablar, se expresa siempre de manera positiva ante lo que sucede a su alrededor y, sobre todo, se considera una mujer de espíritu fuerte. Cuida de la naturaleza, por eso tiene cinco amigos de cuatro patas: cuatro perros y un gato. Ellos le ayudan a su familia a velar la casa y la acompañan a la chagra, a cazar y a pescar. Uno de ellos es su consentido, Yakuruna, un perro French Poodle blanco que cuida con mucho amor y al que considera como su propio hijo.

Mientras recorre las pequeñas calles de cemento agrietadas de su comunidad, comenta que desde niña siempre tuvo interés por la cultura y la tradición. Al igual que su padre y sus abuelos, quiere aprender de la medicina propia, por eso ocasionalmente junto a él comparten el tabaco. Para su madre es un poco extraño y no está acostumbrada a verla fumar. Le pregunta: “¿Por qué fumas?”, y ella con serenidad responde: “Yo no fumo (el tabaco) por fumar, es una conexión que tengo con mi padre, con mis abuelos y con mis ancestros”.

Casa Cultural Metare
Casa Cultural Metare. Según la cosmovisión Tikuna, Metare es un sabio o conocedor de las plantas medicinales que se convierte en tortuga y ave. Él fue quien les enseñó la primera pelazón, ritual que se practica en la comunidad hasta hoy. Aquí los jóvenes se reúnen para leer, asistir a talleres y aprender sobre la cosmovisión de su pueblo. Foto: Pablo Albarenga.

Aunque por tradición hay prácticas que solo pueden realizar los hombres dentro de la cultura Tikuna, Ünãgükü Taüchina considera que las mujeres también tienen la capacidad de asimilar ciertos roles como la medicina ancestral. “Esta vez dije voy a romper eso, voy a romper ese espacio y que también sea para las mujeres, porque las mujeres como fuente de vida, aportan mucho más que los hombres”.

Ünãgükü Taüchina e Ismael Laulate Castillo
(Izquierda) Ünãgükü Taüchina navegando sobre el río Loretoyaco desde Puerto Nariño hacia su comunidad, San Francisco, en una pequeña embarcación conocida como pequepeque. (Derecha) Ismael Laulate Castillo, médico tradicional del pueblo Cocama, padre de Ünãgükü Taüchina. Fotos: Pablo Albarenga.

Para ser una mujer conocedora de la medicina propia, Ünãgükü Taüchina tiene claro que debe compartir círculos de palabra con los abuelos y mayores; escuchar sus consejos y sus vivencias; aprender de sus saberes, y conectarse más con el mundo espiritual de los Magüta.

Sin embargo, ella lamenta que hoy, en San Francisco de Loretoyaco, solo vivan cinco abuelos y que los otros jóvenes ignoren la importancia de sus conocimientos. “Si ellos se mueren se pierde todo un diccionario, se muere una biblioteca entera del mundo Magüta”, dice.

Fue gracias a ese compartir con sus mayores y autoridades tradicionales que Ünãgükü Taüchina empezó a participar en reuniones organizadas por sus líderes y diferentes instituciones que llegan a su territorio. Y fue justamente en uno de esos espacios en donde escuchó sobre la trata y abuso sexual de personas menores de edad. Debido al incremento de las visitas de turistas, esta es cada vez más una problemática preocupante en la triple frontera.

Ünãgükü Taüchina y Lourdes Firmino
Ünãgükü Taüchina y Lourdes Firmino Araujo compartiendo el conocimiento de la partera tradicional del pueblo Tikuna, en la comunidad indígena de Umariacu II, en Tabatinga, Brasil. Foto: Vanessa Teteye.

Ngêma a goegü | Su vuelo

Para el año 2018, una vez terminado su estudio técnico en Recreación en el Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA), Ünãgükü Taüchina tomó la decisión de decirle a su madre que era tiempo de soltar el cordón que las une y que al igual que las garzas grises y de alas grandes (que representan a su clan), ella necesitaba volar para fortalecer lo que lleva por dentro, eso tan innato como el liderazgo y el ser de sus ancestros.

Unión de ríos Loretoyaco y Amazonas
Unión del río Loretoyaco (derecha) con el río Amazonas (izquierda) en Puerto Nariño, Colombia, frontera con Perú. Foto: Pablo Albarenga.

Este vuelo la llevó a trabajar con la Red Defensores de Vida, organización que ayuda a la prevención de la trata y el abuso sexual de personas menores de edad en el municipio de Puerto Nariño. Luego, acompañó uno de los procesos de prevención de trata de personas liderado por la Fundación Renacer, en donde aprendió sobre explotación sexual comercial de niños y niñas y adolescentes (sus siglas, Escnna), y tuvo la oportunidad de visitar comunidades de los pueblos Tikuna, Cocama y Yagua que se encuentran a lo largo del río Amazonas, en Brasil, Colombia y Perú.

En estas instituciones Ünãgükü Taüchina decidió combinar sus conocimientos profesionales y tradicionales para ayudar a niños, niñas, adolescentes y padres de familia de las comunidades. A través de charlas en lengua Magüta, juegos tradicionales e historias de la cosmovisión Magüta llevó mensajes de protección del cuerpo y del territorio y contribuyó a la prevención de la trata de personas.

Niños indígenas Tikunas recibiendo almuerzo
Niños y niñas indígenas Tikunas recibiendo el almuerzo en la institución educativa José Antonio Galán de la comunidad de San Francisco de Loretoyaco. Foto: Pablo Albarenga.

Hoy, esta joven líder del pueblo Magüta hace parte de la Red de Enfrentamiento contra la Trata de Personas (RETP), que opera en la triple frontera. Esta iniciativa nació de misioneros católicos y está abierta a la participación de diferentes instituciones, organizaciones religiosas, entidades gubernamentales y personas indígenas del territorio. La Red se apoya en personas nativas del territorio para que ayuden a sus comunidades a identificar las distintas caras que tiene la trata de personas, además de lograr una cercanía con quienes han sido víctimas para que puedan contar sus historias y ser escuchadas.

camiseta de “Rede Um Grito Pela Vida: Não Ao Tráfico de Pessoas”
Ünãgükü Taüchina usando la camiseta de “Rede Um Grito Pela Vida: Não Ao Tráfico de Pessoas” una iniciativa brasileña de enfrentamiento contra la trata de personas en la triple frontera. Foto: Pablo Albarenga.

En estos dos últimos años, la Red amplió su trabajo en la prevención del abuso sexual contra niños, niñas y adolescentes. “Es un tema que ha sido muy difícil de identificar”, dice Verónica Rubí, misionera marista y coordinadora de la Red que acompaña los procesos desde Tabatinga, Brasil. Rubí explica que personas ajenas a las comunidades indígenas aprovechan la cotidianidad de los niños y las niñas en su entorno, viendo una oportunidad de explotación y de trata. “Uno está en la aldea y ve a los chiquitos desnudos, jugando y entrando en el río (…) puede ser una exposición para otras situaciones”, agrega.

Las autoridades han identificado casos de tráfico de niñas y adolescentes de Perú, Brasil y Colombia. Uno de los casos más visibles se reportó en febrero de 2019, cuando en Puerto Nariño fueron capturados dos hombres y una mujer. Según reportes de prensa, las investigaciones mostraron que los implicados se “ganaban la confianza de las niñas y las enviaban desde Puerto Nariño hasta ciudades como Iquitos y Pucallpa en Perú, en donde les facilitaban documentos falsos para su ingreso al país”. Este hecho se suma a muchos más que se mantienen en silencio. “No podemos hablar de un número, es complejo, no lo sabemos”, advierte Rubí y agrega que “lo que llega a nosotros como Red, puede ser el ocho por ciento de la totalidad de los casos reales”.

Puerto Nariño
Municipio de Puerto Nariño, Amazonas, Colombia. Frontera con Perú. Foto: Pablo Albarenga.

Ngema kurü Naane | Su territorio

El Trapecio Amazónico tiene una diversidad natural y cultural especial. Alberga parques naturales, reservas y resguardos indígenas. Uno de ellos es el resguardo indígena de Aticoya (Asociación de Autoridades Indígenas de Tikunas, Cocamas y Yaguas), conformado por 22 comunidades indígenas que se encuentran en las riberas de los ríos Amazonas y Loretoyaco. Allí habitan 1.504 familias, entre ellas los Tikunas, una de las poblaciones más numerosas del país, con un total de 13.842 habitantes de acuerdo al Censo Nacional de 2018 del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE).

En Perú, los Tikunas se encuentran ubicados sobre los ríos Mayoruna, Yaguas y Amazonas (frontera con Colombia), llegando a ser una población de 3.391 personas, de acuerdo con el Censo Nacional de 2017 del Instituto de Estadísticas e Informáticas (INEI). En Brasil, la mayoría de los Magüta se encuentra en el Estado de Amazonas, sobre los ríos Putumayo o Içá (como se le conoce en esta zona), São Jerônimo (Tonatü) y Solimões, en el trecho entre Tabatinga y São Paulo de Olivença. De acuerdo con el Censo Nacional de 2010 del Instituto Brasileiro de Geografía y Estadística (IBGE), hace diez años en Brasil había una población de 46.045 indígenas Tikunas.

Uno de los municipios del Trapecio del lado colombiano más visitado por los turistas es Puerto Nariño. Allí, tanto visitantes como residentes aprecian atardeceres que pintan el cielo de tonalidades rojizas; la unión de los ríos Amazonas y Loretoyaco; la danza de delfines grises y rosados en medio de las aguas, y la naturalidad de los pescadores que salen en sus botes y canoas a buscar su sustento. En los alrededores de Puerto Nariño están el Parque Amacayacu y el Lago Tarapoto, espacios naturales que son protegidos y cuidados por los indígenas. Esa belleza exuberante hace que el territorio sea más visitado y, a la vez, más vulnerable. Por ello, la labor de Ünãgükü Taüchina tiene más importancia.

Lancha sobre río
Medio de transporte público fluvial del municipio de Puerto Nariño, navegando sobre el río Loretoyaco. Foto: Pablo Albarenga.

Con el turismo llega otra clase de “civilización” a las comunidades indígenas. Ünãgükü Taüchina explica que con las visitas de turistas se hace más frecuente el uso de celulares, tabletas y televisores, así como el acceso a internet, lo que en particular atrae a la población más joven de esta zona de frontera: “Todo llega a acá. A veces no lo sabemos utilizar muy bien, para nosotros es un aparato muy novedoso, que al final se ha vuelto en una necesidad también”. Lo que preocupa de esta situación es que muchas veces los jóvenes no tienen los recursos económicos, ni trabajos dignos y bien remunerados para suplir sus necesidades básicas, ni mucho menos para comprar estos equipos electrónicos, por lo que son susceptibles a caer en redes de trata que les ofrecen dinero.

A pesar de estos riesgos, muchos indígenas de la región ven en el turismo una fuente de ingreso y la oportunidad para mejorar la economía local. De acuerdo con registros de la Secretaría de Turismo de Leticia, al año llegan al Trapecio Amazónico en promedio 90.200 visitantes, entre nacionales y extranjeros. Con esa fuente de ingresos, las comunidades tienen la ilusión de suplir necesidades básicas que padece el territorio, como la creación de empleos, la mejora de la infraestructura de hospitales, instituciones educativas y viviendas; la instalación de redes eléctricas en las comunidades más lejanas, y la construcción de parques para niños y niñas. Un ejemplo claro es el municipio de Puerto Nariño, uno de los lugares más visitados de la triple frontera. Allí, gracias a los ingresos que deja el turismo, sus habitantes han logrado convertir sus pequeñas casas en coloridas posadas turísticas, además cuentan con agua potable y energía eléctrica las 24 horas del día, y habitantes de la zona trabajan como guías turísticos ofreciendo planes guiados para visitar la selva, las reservas y compartir con los visitantes las costumbres y tradiciones de los pueblos indígenas del sector.

A Ünãgükü Taüchina le preocupa que el turista que llegue a la Amazonía no lo haga solo para “mirar la flora y la fauna” sino que llegue “con otras intenciones”.

En este contexto, los pueblos indígenas de estas comunidades de frontera son conscientes de que deben trabajar para tener un turismo comunitario y responsable. José Humberto Monje Fajardo, presidente del resguardo de Aticoya y autoridad indígena en el trapecio amazónico, insiste en que hay que realizar controles para evitar que turistas y personas extrañas hagan daño en las comunidades.

Aunque el turismo se ha convertido en una opción de trabajo en el territorio, para la población joven indígena no es suficiente, ya que aún carece de acceso a la educación superior y a empleos que mejoren sus condiciones de vida y las de sus familias. Los jóvenes habitantes de los territorios migran a las ciudades y a otros lugares en busca de esas oportunidades que no encuentran en su región. Cuando estas necesidades básicas quedan insatisfechas, esta población se ve expuesta a diferentes formas de trata que existen en la zona. Otras redes criminales que pueden captar a jóvenes de esta frontera son las del micro-tráfico y la siembra y cosecha de cultivos ilícitos al interior de la selva. “Esas son formas de trabajo que se pueden encontrar por estos lugares, nos sirven para mantener la familia y mantener el estudio como tal”, dijo una madre indígena quien por seguridad prefirió omitir su nombre.

Hombre en balsa
Habitante de la comunidad indígena de San Francisco saliendo a pescar sobre el río Loretoyaco. Foto: Pablo Albarenga.

Con la bonanza del turismo en el trapecio amazónico, no solo se ven afectados sus habitantes con la presencia de redes de trata. El territorio también se ha visto amenazado por los traficantes de maderas, de animales silvestres, la presencia de la minería ilegal y los cultivos ilícitos. Son actos externos del mundo no indígena que destruyen y saquean la madre selva. Muchos mayores indígenas de estas comunidades comparan estos daños a la madre tierra con aquellos atropellos que vivieron sus antepasados con las bonanzas de la cauchería, que esclavizaron y despojaron a los indígenas de su territorio.

Norü nachuma | Su raíz

Para Ünãgükü Taüchina, la solución a la problemática de la trata de personas y a otras que acechan la frontera y los territorios indígenas se encuentra en aferrarse a la raíz, a la ley de origen, a la palabra del consejo y a las plantas medicinales. Ella explica que cuando habla de “volver a la raíz” se refiere a practicar las danzas y los rituales ancestrales como la pelazón (iniciación de la mujer a la vida adulta); a pintarse con huito para recordar sus orígenes y purificar el cuerpo, las memorias y cicatrices del pasado, y, sobre todo, a mantener siempre viva la lengua materna, que es lo que identifica a los pueblos ancestrales y es una forma de resistir.

“La mujer indígena Tikuna o Magüta resiste de muchas formas en el territorio. Resiste cada vez que está hablando con una abuela, porque ahí está tejiendo su canasto de conocimiento. Cuando nuestras abuelas tejen trenzas en nuestras cabezas, se transmite ese pensamiento de generación en generación, para que no se desate y siga creciendo al igual que nuestros cabellos (…). Son los valores principales que debes tener como mujer indígena y líder”, dice Ünãgükü Taüchina, una joven Magüta que lucha en la frontera, defendiendo el cuerpo y el territorio.

Ünãgükü Taüchina frente a un árbol de Ceiba
Ünãgükü Taüchina frente a un árbol de Ceiba, que representa el origen del río Amazonas y el descubrimiento del universo. Foto: Pablo Albarenga.

Nota editorial: Esta historia se reporteó en febrero de 2020, tres semanas antes del cierre de las fronteras por la emergencia de la pandemia de la Covid-19. Antes de la publicación de este especial, Agenda Propia actualizó el estado de Ünãgükü Taüchina (Cindy Amalec Laulate Castillo), quien se encontraba visibilizando las necesidades de salud de los pueblos amazónicos de la triple frontera (Colombia, Brasil y Perú), los más afectados de la región por la propagación del virus. “He acompañado y orientado diferentes iniciativas y campañas que se gestionan desde organizaciones sociales para donar insumos y aportar a la seguridad alimentaria de las comunidades del resguardo Aticoya”, contó Ünãgükü vía telefónica y añadió: “Junto a mi familia hemos realizado traducciones a nuestra lengua materna (Tikuna) de piezas comunicativas de prevención y autocuidado para mitigar el contacto de la Covid”. La joven indígena mantiene su lucha para proteger el cuerpo como territorio de todo tipo de abusos, violencias y, ahora, contra los impactos de la enfermedad.

El ser de las

Magütagüka
Las mujeres indígenas Tikunas o
Magütagüka son tejedoras de cultura
y tradición, son protectoras y cuidadoras
del territorio. Originarias de las selvas
de Brasil, Colombia y Perú, ellas no
reconocen las fronteras.

Por: Vanessa Teteye Mendoza

A orillas del caudaloso río Amazonas se encuentra una de las aves más representativas de la selva: los mochileros o arrendajos. Los indígenas los llaman así por la forma que le dan a sus nidos, como alargadas gotas de agua. Las mujeres Tikunas o Magütagüka dicen que se identifican con estos pájaros, de plumajes de color negro y amarillo, porque con la misma rigurosidad y creatividad que tejen sus nidos, ellas tejen su hogar y su comunidad.

A la indígena Tikuna se le identifica por su clan y por su territorio, que para ella son sagrados. El territorio es el que le brinda todo para su canasta familiar, de allí construye la chagra o naáne, un espacio de siembra y a la vez de enseñanza y aprendizaje para sus hijos. La mujer Tikuna les habla, canta y aconseja a sus niñas y niños, mientras cultiva semillas de guamas, piñas, caimos y uvas. Entre sus cánticos, que pronuncia en lengua Magüta, les dice cada cuánto sembrar y cosechar. Ellas hacen lo que hoy el mundo llama la reforestación, cuidan el territorio, porque saben que la madre tierra es una gran bendición para la vida, y así preparan a las generaciones futuras.

Aunque a primera vista el río Amazonas pareciera dividir el territorio de las Magütagüka, porque sus aguas son los límites de Brasil, Colombia y Perú, para ellas sus afluentes son las venas que las unen y las comunican. Solo es cuestión de cruzar el río para llegar a otra comunidad. Una vez al otro lado, lo primero que pronuncian es numäe (un saludo en lengua nativa), después se pregunta por el clan, así saben si están hablando con una tía, una prima, una abuela o un posible pariente que recién llegó de alguna de las comunidades de los tres países.

El vivir en la triple frontera es tener tres modos de vida. Es aprender la lengua oficial de cada nación, español o portugués, y sus idiomas propios. También es aceptar la imposición de una división política y geográfica. Los Tikunas no reconocen las fronteras, se identifican como hermanos de un solo territorio, como hijos de Yoí e Ipi, sus creadores, según su cosmogonía.

Seis mujeres indígenas Tikunas de Colombia y Brasil, desde sus diferentes oficios como tejedoras, recolectoras, amas de casa, parteras, docentes y profesionales, cuentan sobre la esencia de ser Magütagüka.

La lucha de

Lourdes: la

partería tradicional
Lourdes Firmino Araújo, del pueblo
Tikuna, lucha por condiciones dignas
para las mujeres y hombres indígenas
que se dedican a la partería en las
fronteras de los tres países amazónicos:
Brasil, Colombia y Perú. Desde que era
una niña, aprendió de su abuela a atender
a las mujeres en el momento del parto.

Por: Edilma Prada Céspedes

Con sus suaves manos, Lourdes masajea el vientre de su nuera. Se percata de que el bebé, de siete meses de gestación, esté bien acomodado en el útero. Usa aceites naturales de plantas de la selva amazónica para frotar el abdomen de la madre y así armonizarla y tranquilizarla a ella y a su criatura. Ambas están en la habitación de la vivienda de Lourdes, que se ilumina con una cálida luz que llega de la ventana. Lourdes le dice a la madre que todo va bien, la aconseja y la va preparando para el nacimiento de su hijo.

A sus 53 años, Lourdes Firmino Araújo lleva más de cuarenta viviendo encuentros como este, entre madre y partera. Cuando tenía doce años, acompañó a su abuela a un parto. Recuerda que se ubicó al lado de la baranda de la cama en donde estaba la entonces madre y siguió la voz de su abuela: “Solo escúcheme a mí, usted no puede ver nada porque todavía está muy pequeña”. Aquella vez, la abuela recibió a cuatro niñas. “Las acomodó una enseguida de la otra y atendió a la mamá con mucho cuidado”, cuenta Lourdes con admiración. Ese momento marcó su vida y labró su camino: comprendió que llevaría consigo el legado de la partería comunitaria.

Lourdes y sus nietos
Lourdes abraza a sus nietos. Para ella, los niños y las niñas son la esperanza de los Tikunas y quienes tendrán la misión de preservar la cultura. Foto: Pablo Albarenga.

De ojos oscuros, cabello negro ondulado y piel cobriza, Lourdes es indígena del pueblo Magüta (Tikuna) nacida en Santa Rosa, Perú. Su nombre materno es Purinare Ñairure y es del clan Cascabel. Vive en la comunidad o aldea Umariaçu 2 en Tabatinga, Brasil, muy cerca de la frontera con Colombia y Perú. A los doce años llegó a ese lugar junto con sus abuelos, originarios de Napo, Perú. Un año después se casó con João Coelho Araújo, con quien tiene siete hijos.—

– “Iba a los partos con mi abuela, para el aprendizaje. Me decía que anduviera con ella para que tuviera más experiencia. Me decía que hablara con las mamás y les hablara a los bebés en el vientre y cuando nacieran. Todos sus consejos me hacen ser una mujer partera”.

La abuela le enseñó a acomodar con masajes a los bebés en el útero, a cortar el cordón umbilical de los recién nacidos, y a comprender el cuerpo y los dolores de la madre. También le mostró cómo producir aceites y remedios naturales para la atención del embarazo y el parto, y a aconsejar dieta a la madre y cuidados del bebé en sus primeros meses de vida.

Las manos de Lourdes han recibido a muchas generaciones de niños y niñas indígenas Tikunas, Cocamas, Yaguas y de otros pueblos, así como también blancos o mestizos de Brasil, Colombia y Perú. Para ella, “todos somos hijos de la tierra”, no importa la procedencia, ni el idioma que se hable. Eso sí, reconoce que saber las tres lenguas (Tikuna, su idioma nativo, portugués y español) le ha permitido desempeñar mejor su rol como partera comunitaria porque la comunicación con las madres es más cercana.

Nietos de Lourdes viendo TV
Los nietos de Lourdes ven televisión en el comedor.
Lourdes preparando café
Lourdes prepara café para ofrecer a sus visitantes.
Pescado cocinado por Lourdes
A Lourdes le gusta cocinar el pescado, comida tradicional de los Tikunas. Fotos: Pablo Albarenga.

En Umariaçu 2, la vida de Lourdes transcurre entre la atención de su familia y de las mujeres gestantes. Cuando no tiene que visitar a las madres, permanece en casa. En las mañanas, realiza los oficios del hogar, como lavar la ropa y preparar los alimentos, y almuerza con su esposo, su hija y nietos. En las tardes, comparte con los habitantes de su comunidad (en toda la aldea son unos 8.200 indígenas Tikunas) y baja a la pequeña plaza ubicada a orillas de uno de los brazos del río Amazonas que está a unos 20 minutos caminando desde su vivienda. En el lugar, compra pescado fresco, sábalo y bocachico, y frutos tradicionales como las pepas de umarí y semillas de la palma de azaí (açaí) que abundan en la zona, así como guayabas, guamilla, chontaduros, fariña (elaborada a base de yuca) y plátano. En el recorrido que hay de su casa a la plaza es posible observar que las viviendas son de tabla y de cemento, y cuentan con lo básico para vivir (como servicios de agua y energía). Además, la abundancia de iglesias evidencia el proceso de evangelización; Lourdes comenta que estos lugares de culto han aumentado en los últimos tres años.

En esa región fronteriza, los pobladores subsisten de la pesca, la agricultura, el comercio informal, el transporte fluvial y de distintos oficios tradicionales como la partería, la medicina propia y las artesanías. “El día a día a veces es complicado”, dice Lourdes, “aquí muchas familias viven con lo básico, hay familias que padecen necesidades”.

Plaza de mercado de la comunidad de Umariaçu 2
En la plaza de mercado de la comunidad de Umariaçu 2, habitada por indígenas del pueblo Tikuna, se venden productos típicos de la región amazónica, como los chontaduros, el plátano y las pepas de umarí. Foto: Pablo Albarenga.

Entre la tradición y los sistemas de salud

Es tradición que las mujeres indígenas den a luz en sus casas y que sean atendidas por parteras o comadronas, quienes las acompañan desde varios meses antes del alumbramiento. Para ellas, dar vida es sagrado y natural, y simboliza continuar con el legado del ser Magüta y el pensamiento del pueblo.

Lourdes examinando a su nuera
Lourdes examina a su nuera que tiene siete meses de embarazo. Con cuidado, se percata de que el bebé esté bien ubicado en el útero. Un niño, nieto de Lourdes, observa con curiosidad el momento entre madre y partera. Foto: Pablo Albarenga.

Lourdes explica que durante los días previos al parto es tradición darles a las mujeres bebidas calientes con plantas medicinales para preparar el vientre y el cuerpo. Ella, además, el día del nacimiento les permite a las madres comer y caminar.

– “Las parteras preparamos el remedio. También en agua tibia las hacemos sentar cuando es el momento del nacimiento. Después, las atendemos para que no tengan hemorragias e infecciones en general”.

Esta costumbre ha cambiado desde que las entidades de salud de la zona establecieron normas como que las mujeres que viven cerca de los centros poblados deben dar a luz en los hospitales. Para Lourdes, allí la atención es otra, en los cuartos se siente un poco el frío y la soledad. En los centros de salud, comenta, no dejan que las mujeres tomen nada y “falta más cuidado”.

– “Yo veo los [partos] de la gente blanca, te bañan en agua fría y lo que hacen es que el frío se meta en la planta del pie hasta la cabeza. Lo que ocasiona esto es la muerte. No me parece bien. Además, los médicos son hombres, no saben cuándo la mujer debe hacer fuerza y no saben del dolor que siente una mujer”.

Lourdes compara las formas de atención de las personas blancas con los indígenas, y explica que mientras para su cultura es importante la presencia del hombre y de las abuelas durante el parto, en la mayoría de los hospitales no lo permiten.

– “Nuestra costumbre es que nuestro marido esté al lado cuando uno da luz en casa, porque es nuestra fuerza”.

Ella también ha visto cómo en los centros hospitalarios no respetan los tiempos naturales del parto y, en muchos casos, se practica la cesárea sin necesidad.

Mujer con niño en hamaca
Para las mujeres Tikunas dar vida es sagrado. Las madres indígenas esperan que sus hijos lleven el legado del ser Magüta, con sus tradiciones y costumbres. Foto: Pablo Albarenga.

– “En el hospital, los doctores antes de tiempo ponen el codo en la panza de la mujer para dar a luz. Los doctores a veces no tienen un cuidado, higiene y dieta”.

La experiencia de Lourdes le ha dado las fuerzas para mejorar la atención a las mujeres y luchar por que la partería tradicional siga siendo un oficio que se practique en sus comunidades. También sabe que cambiar las normas de salud pública es muy difícil, por lo que está de acuerdo en que ambas formas de atención se junten.

Foto de Lourdes Firmino
Lourdes Firmino Araújo, indígena Tikuna, lucha para que se respeten las formas tradicionales en el momento del parto. Foto: Pablo Albarenga.

Lourdes comentó que luego de varios diálogos con las autoridades tradicionales y estatales, y con los directivos de la Unidad de Atención de Emergencia del Hospital Central de Tabatinga, logró que se mejorara la manera en que las mujeres indígenas son atendidas. Por ejemplo, en la actualidad, se permite el ingreso de los padres y también de las parteras.

– “Antes no me dejaron entrar al parto y eso me causó mucha pena y dolor, me dijeron que no valía nada (…) en la casa tiene que estar presente su papá y su familia, yo luché para que el hospital lo permita también”.

Ella se siente orgullosa de esa gestión que respeta sus costumbres. Resalta que las mamás ahora deciden si quieren dar a luz en casa o en el hospital, y añade que la sala de partos está bien dotada, incluso tienen hamacas donde ubican a la mujer, y no en la camilla, como es común en los hospitales. Además, ahora los médicos van a las casas para hacer los controles y seguimientos a las madres gestantes.

– “En Umariaçu y Tabatinga trabajamos juntos parteras y médicos, casa a casa. Y en el hospital también hay médico y partera”.

Lourdes sonríe mientras comparte sus logros. Al mismo tiempo, mira el cielo y agradece a su creador. Ella considera que por su forma de atender y de comprender el momento de dar vida, “nadie se ha muerto en mi mano, no importa cómo esté el bebé, nace sano y salvo”.

El 5 de mayo de 2020, en la conmemoración del Día Internacional de la Partera, el Fondo de Población de las Naciones Unidas (Unfpa por sus siglas en inglés) aseguró que en tiempos de crisis y pandemias, en los que los sistemas de salud de muchos países están completamente saturados, “las parteras están demostrando su valor y resiliencia al seguir ayudando a las mujeres en edad de procrear, incluso en las circunstancias más adversas”.

Lucha por sueldos dignos

Su lucha por la partería tradicional no se queda solo en la atención de las madres y sus hijos. Lourdes también trabaja para que se reconozcan las condiciones dignas para las mujeres y los hombres que se dedican a la partería en las fronteras de los tres países amazónicos: Brasil, Colombia y Perú. En sus palabras, este es un oficio de “coraje” en el que a veces “no duermen”, y considera que es honesto y justo que tengan un salario.

– “Cuando me llaman yo voy, no lo hago por plata, para mí es el deseo de atender, dar amor y entregar lo que sé; estoy para servir. Pero, lo que estoy pensando es que ganen un sueldo. Ahora atendemos gratis, la mayoría no cobramos, es nuestra voluntad, es nuestra cultura”.

En la actualidad, Lourdes lidera una asociación comunitaria que se dedica a la partería. La organización está conformada por 145 personas. En Umariaçu 2 hay doce mujeres y un hombre. Las demás se encuentran distribuidas a lo largo de las aldeas ubicadas sobre distintos ríos, en el que el principal es el Amazonas que llega hasta Manaos.

– “Me buscaron como líder. La asociación está en Manaos. Mi pensamiento de que ganen platica es para que compren su pan y sus necesidades, esa es mi lucha”.

A inicios de 2020, como delegada de las parteras del Estado de Amazonas, Lourdes estuvo en la ciudad de Manaos, capital del Estado, en un encuentro de parteras donde se habló de la urgencia de integrar la partería a las políticas de salud pública del gobierno nacional. Sin embargo, ella sabe que la lucha será larga debido a que en el mandato del presidente Jair Bolsonaro, gran parte de las peticiones de los pueblos indígenas no han sido tenidas en cuenta.

Mientras esa lucha avanza, Lourdes también lidera campañas que buscan que la labor de las comadronas sea reconocida dentro de las propias aldeas (como “Eu apoio nascimento com parteira. Nasci com parteira”, en español Apoyo el parto con una partera. Nací con una partera) y realiza encuentros con mujeres y hombres de las tres fronteras en Tabatinga (del lado brasilero), en Leticia (del lado colombiano) y en distintos poblados de Perú.

– “Se hacen reuniones con las parteras en las comunidades cercanas de cada país. Ellas también nos han dicho que en sus países no se reconoce su trabajo”.

En círculos de la palabra, Lourdes comparte su legado y sus aprendizajes. Cuando camina en las aldeas, siempre invita a las personas jóvenes a que sigan sus pasos para así mantener uno de los oficios más tradicionales de las mujeres indígenas.

– “Para los que quieren aprender tienen que venir ahora que estoy viva. Hay niñas que se sientan y quieren escuchar, quieren aprender”.

Lourdes y su nieta
Lourdes Firminio conversa con su nieta, de quien se espera continúe con el legado de la partería de las mujeres Tikuna. Foto: Pablo Albarenga.

Al mirar los ojos de su hija, Katia Firminio, y los de una de sus nietas, Lourdes se llena de esperanza al saber que son las nuevas tejedoras que van a continuar el legado de la partería de las mujeres Tikuna. Katia y su nieta están aprendiendo el saber de la partería.

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