martes, mayo 26, 2020

acoso

Que el silencio no nos nuble.

Tenía diecinueve años. Una mañana de agosto, aquel hombre me jaló por el brazo, me llevó a su cuarto, me tocó las nalgas e intentó besarme. Como pude, resistiendo a su fuerza, me zafé de él. Salí corriendo en medio del aire abrumador y asfixiante. Corrí dos cuadras y me senté en el sardinel de un edificio. Apoyé la cabeza sobre las piernas mientras mi cuerpo temblaba de angustia, sudor y llanto.