(27/08/2019)

La vereda, jurisdicción del municipio de Victoria, es un conjunto de casas y fincas que de manera descontinua se asientan a lado y lado de la carretera y define el límite con Marquetalia. Es una frontera que quedaría marcada por la violencia y por la sangre de treinta y nueve hombres que fueron asesinados, con garrotes y machetes, el 5 de agosto de 1963.

“Yo venía de una tierrita que tenía de Cañaveral para abajo, tenía una hectárea de tierra ahí. Venía subiendo cuando sentí unos ruidos entre el rastrojo, como estaba lloviznando saqué la escopeta debajo de la ruana y apunté hacia allá cuando vi que se agazaparon dos que estaban tapados con un costal muy grueso. Pensé que era una pareja que había en una de esas casas, entonces no les paré bolas y seguí. Cuando llegué parecía pura tropa, puro ejército. Eran las seis de la mañana, y como todavía estaba oscurito, ver tanta gente se me hizo raro. Era lunes y el domingo no había visto nada raro en Victoria. En ese momento me cayó Desquite y me gritó: ‘¿De dónde viene? ¿Para dónde va? ¡Páseme los papeles!’ Yo voy es a trabajar, -le dije- por aquí no cargamos papeles para el corte”.

William Ángel Aranguren, alias Desquite, tiene su nombre inscrito en la historia de los grandes bandoleros de Colombia: un grupo de campesinos de filiación política casi, siempre liberal, que se originaron en el marco del llamado periodo de “La Violencia” y que en un principio actuaron como autodefensas campesinas en un país que en aquel entonces vivía un conflicto ambientado en la pugna por el poder entre los partidos Conservador y Liberal. Desquite tenía su área de influencia en los municipios del Tolima, pero, el 5 de agosto de 1963, cruzó con su cuadrilla el río Guarinó, que sirve de frontera natural con del departamento de Caldas, y asumió el liderazgo de una masacre que empezó apenas el sol despuntaba y para la cual había dado instrucciones expresas de no hacer ruido, de no disparar un solo tiro para no alertar a nadie.

Patio de la casa donde tuvo lugar la masacre. Foto: Jairo Andrés Vargas

“¡Cacorro de los infiernos que a toda hora andan sin papeles! -Cuando Desquite me trató así, de cacorro, le dije que no se equivocara, que yo iba a era a trabajar», dice José Claver. Continúa: “Y ustedes no son de por aquí para decir si necesitamos papeles de aquí para allá, y por aquí no acostumbramos a cargar papeles para el corte. Ahí mismo dijo: ‘¡Requisen ese tipo!’ Me requisaron y me quitaron la peinilla que traía terciada y la escopeta que dejaron recostada a la pared de esta forma…”

José Claver Osorio, sobreviviente de la masacre. Foto: Jairo Andrés Vargas

José Claver Osorio, que cuando tuvo su encuentro con Desquite tenía 32 años, deja junto a él un matamoscas, lo organiza con delicadeza contra la pared para indicar la forma como ubicaron la escopeta de la que fue despojado por los hombres que acompañaban al bandolero esa mañana. Su vida ha transcurrido siempre en la región y tiene su parcela a pocos kilómetros de donde fue encerrado ese día de agosto, mientras en la otra habitación, uno a uno, fueron golpeando y desangrando a las víctimas. Es un conservador de pura cepa que dice que morirá dando su voto por los candidatos godos o por quien el partido diga que hay que votar.

“A partir del cuarenta y ocho se conformó una chusma, eran liberales, conservadores, policías, civiles, una cosa que no tenía razón de ser, era un mierdero, -perdónenme la expresión, las cosas yo las digo del color que son- pero para ese momento ya era guerrilla. Quince días antes yo estaba cuidando una casa en Cañaveral, ahí había cantina y también había un puesto de carabineros. Una tarde llegaron como cuatro señores -no tengo otra expresión porque eran muy caballeros- y pidieron de tomar. Les serví cerveza y tomaron una y otra y otra, iban pidiendo e iban pagando de una vez. Se levantaban cuando les daba deseos de ir a orinar y cogían hacia la vía a Samaná, para abajo para Victoria, para acá para La Italia; tal vez no era tanto por desaguar sino para analizar el terreno, porque tal vez era eso lo que buscaban. Porque ellos lo hacían por política, porque William Ángel Aranguren, Desquite, él era liberal y a él la chusma conservadora le mató los padres. Él desertó del ejército, porque él era cabo del ejército y se metió al monte y allí conformó un grupo para delinquir y vengarse de lo que le habían hecho. Ellos estuvieron como hasta las 8:30 de la noche y luego se fueron, venían todos revolcados, con botas de caucho, machetico en la cintura y revolcadas las manos –supuestamente estaban desyerbando- nunca antes los había visto en la región. Como no encontraron nada, se fueron, y a los quince días resultó el desmadre aquí”.

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José Quiceno llegó al sitio de la masacre pocas horas después. Hoy vive frente a la casa donde sucedieron los hechos. Foto: Jairo Andrés Vargas

La historia ahora la cuenta José Quiceno y señala el sitio exacto donde Desquite, y alrededor de cincuenta hombres, empezaron a parar el tráfico que ese día se desplazaba desde Marquetalia y Manzanares hacia Honda, centro de negocios de la región para ese entonces, donde los agricultores llevaban sus productos y los comerciantes el dinero que se había recogido durante el fin de semana para consignarlo en los bancos.

José vive frente a la casa donde ocurrió la masacre y que en 1963 pertenecía a Abraham Blandón. Era un rancho de madera alargado que llegaba hasta donde hoy se encuentra la imagen de una virgen que recuerda los hechos. Es la misma casa donde Claver fue encerrado en un cuarto de aproximadamente tres metros de ancho por quince de largo, junto otros campesinos, mujeres y niños que eran detenidos a su paso por el lugar del asalto. Allí debían esperar a que Desquite hiciera una seña, escogiera al señor del sombrero, al de la camisa a cuadros, al morenito o al bajito, sin aparente criterio establecido.

Luego de esta señal de muerte pasaban a un corredor donde, con un garrote que fue fabricado en ese mismo lugar y que no era más que una varilla doblada, les propinaban un golpe en la nuca, y tan pronto la persona caía al suelo, sin fuerzas por la magnitud del impacto, otro de los bandoleros cortaba su cuello con un machete, aquel que se resistía recibía muchos más cortes, en cualquier parte del cuerpo. La víctima moría desangrada entre lamentos, mientras que en la habitación siguiente reinaba el caos, las mujeres lloraban y hasta se orinaban del horror. los hombres solo se atrevían a hablar en voz baja.

“Yo veía que le estaban tirando tan duro, especialmente a los choferes. Los sacaban de a uno y Desquite vigilaba. Cuando el finado José Luis, que era un muchacho, pasó por su lado le pegó un culatazo, se volteó, le dio otro culatazo y cuatro de los guardaespaldas de Desquite lo agarraron y lo migaron a machete. Lo sacaron para el patio, que era donde tenían una ametralladora, y ahí lo terminaron de matar”.

Aún recuerda con vividez las horas que estuvo encerrado (desde las 6 a.m. hasta las 8 p.m.). Describe a Desquite como un tipo de 1.70 metros de estatura, robusto, con machete al cinto, granadas, un revólver, un fusil en la espalda y usando algunas prendas de la Fuerza Pública de la época. El poeta Gonzalo Arango, en una elegía que dedicó al guerrillero luego de su muerte, habla de él como “…sin ningún ideal, no pudo ser sino un asesino que mataba por matar”.

Portada del diario El Espectador el 6 de agosto de 1963. Imagen: Hemeroteca biblioteca Luis Ángel Arango.

Al día siguiente de la masacre, el 6 de agosto, diario El Espectador de Bogotá abría su edición con la noticia de la muerte de 42 hombres en un asalto en Caldas a manos de la banda de Desquite, la misma de la que sus páginas habían informado el 31 de julio cuando, según el diario, el Batallón Colombia diezmó a una sub-cuadrilla del bandolero, a cargo de su lugarteniente alias “Venganza”, que había perpetrado asaltos contra buses de transporte público en jurisdicción de los municipios de Falan y Villahermosa en el Tolima. El Ejército persiguió a los guerrilleros hasta un sitio denominado el Palenque, en Mariquita, y dio de baja a cinco de sus hombres. Días después, en la desembocadura de la quebrada San José, en el río Gualí, los enfrentamientos produjeron la muerte del propio “Venganza” y alias “Alacrán”. Los bandoleros se movían hacia el norte.

Estado actual de la vía, límites entre los dos municipios. Foto: Jairo Andrés Vargas

Todas las personas que pasaban en los carros eran detenidos (catorce según reportaron las autoridades) y escondidos en la casa, uno de los momentos con más tensión, fue cuando llegaron las volquetas con los hombres que trabajaban en obras de la carretera. Las víctimas también eran asaltadas: los bandoleros buscaban alambres para quitar los anillos de los dedos de los fallecidos y antes de huir se encargaron de esculcar y pedir, a quienes tenían confinados en la casa, cualquier centavo u objeto de valor que llevaran consigo.

“Cuando bajan las volquetas de los trabajadores, se voló Alejandro Gonzáles, uno de Manzanares, hijo de don Matías Gonzáles, de por allá de El Naranjal. Cuando entró a la sala y vio el río de sangre se llenó de miedo y se voló. Le pegaron tres tiros mientras corría. Desquite llamó al finado Santiago Rengifo, el patrón de los carterunos, y que estaba recostado contra la pared con las manos atrás. ‘¡Venga usted, viejo gran no sé cuánto!’ Le pegó un en la cabeza y lo reventó. Ahí quedó muerto, ese fue el único que no sacaron de la sala”, cuenta Claver.

Situación actual de la vía, límite entre Marquetalia y Victoria. Foto: Jairo Andrés Vargas

Según lo informó el periódico La Patria de Manizales, las víctimas mortales de la masacre fueron 39: 24 de Manzanares, 10 de Marquetalia y 5 oriundos de Victoria.

El Espectador relataba, días después de la tragedia, que 24 o 26 de las víctimas eran trabajadores de Obras Públicas de Caldas que habían llegado en la volqueta conducida por Alfonso Gómez. Tan pronto se conocieron los hechos en Bogotá y Manizales, el gobierno de la época dispuso de gran cantidad de fuerza que fue trasladada en helicóptero. Investigadores, jueces y peritos llegaron a la zona con el fin de encontrar a los culpables. Muchas personas fueron capturadas y trasladadas hacia el patio de la alcaldía de Victoria para ser interrogadas o expuestas para ser reconocidas por alguno de los sobrevivientes.

“Había un señalador, que estaba metido en una obra de cemento, se llamaba Augusto. Cuando yo llegué en la mañana, seguramente no se había situado ahí porque él me conocía. Desde afuera decía si eran conservadores o liberales. Luego de recoger la plata, Desquite se perdió, cuando de pronto, los guardaespaldas se fueron desapareciendo uno a uno. El último que se levantó fue el que tenía la metralleta armada, dijo: ‘el que tenga alhajas, las entrega’. Las recogió, se echó la metralleta el hombro y se fue. No vimos para dónde porque estábamos encerrados. Los liberales que estaban afuera nos dijeron que cogieron carretera arriba, seguramente donde ya no se les veía, se metieron al rastrojo y cogieron para el lado del Tolima. Los liberales nos dijeron: ‘sálganse que esa gente ya se fue’; porque a ellos no les hacía nada la guerrilla esa, pero tampoco los dejaban ir, eran conocidos de toda la región. Cuando salí le eché mano al costal que estaba vuelto una porquería por todos los orines, luego pasó Arnaldo en un carro y no me recogió. Yo vivía en Cañaveral, pero tenía una hectárea de tierra arriba para trabajar. Me puse a buscar una peinilla para no seguir a culo pelao porque donde se volviera a aparecer esa gente podía darles lidia. Cuando me di cuenta, estaba en un potrerito la escopeta, pero le habían quitado el fósforo y el fistulo, y me fui a trabajar”, cuenta Claver sobre el fin de las horas de masacre.

 

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Cañaveral es una de las veredas más grandes de Victoria, aproximadamente a veinte minutos del casco urbano y a quince de La Italia, en este sector la carretera se bifurca hacia Samaná y Marquetalia. José Quiceno, que había atendido a los forasteros quince días en una cantina en este caserío, dice que la noticia llegó pronto a la hacienda Cuba, donde trabajaba como jornalero. A él y su familia les dijeron que se debían perder, pero luego llegó al lugar de los hechos.

“De ahí levantaron los muertos y se los llevaron para Victoria en una volqueta. Ya estaba el ejército cuando yo llegué. Nadie decía nada, lo que se hablaba lo hablaba el ejército y la policía, decían que era una guerrilla, pero no especificaran nada. Eso lo habían planeado, según un libro que hay por ahí. Subieron por el lado del cañón del río Guarinó y se ubicaron desde las 4:30 de la mañana. En la casita había dos viejitos nada más y no les hicieron nada, ellos le cuidaban la casa a ese señor. Luego de eso recogían a los más pendejos, a los que decían, puede ser un guerrillero y el ejército lo llevaba para la hacienda Hamburgo que hacía las veces de base militar”, relata José Quiceno.

Fotografía con los cadáveres de las víctimas en el patio de la Alcaldía de Victoria. Recorte de prensa del diario El Espectador. Imagen: Hemeroteca biblioteca Luis Ángel Arango.

Cuando la noticia llegó a Victoria, se decía que los bandoleros no habían emprendido la huida, sino que se encaminaban hacia allá para seguir con los asesinatos, lo que provocó pánico en la población y que muchos se escondieran. Esta es una de las anécdotas que más recuerda Jaime Vargas Moreno, miembro de la Academia de Historia de Caldas y quien para ese entonces trabajaba en la alcaldía.

Para Vargas, la de La Italia es una masacre atípica, pues cuando ocurrió, Guillermo León Valencia era presidente, y el Frente Nacional ya había sido firmado, fue un coletazo de la época de “La Violencia”. No obstante, señala que, en los últimos años, con base en afirmaciones de otros autores, ha empezado a apoyar la teoría de que los hechos se debieron a un ajuste de cuentas dentro del mismo partido Conservador, y las causas se originaron en Marquetalia, que tenía un alcalde de ideología azul y siguiendo las lógicas impuestas desde el gobierno central, el secretario de gobierno debía ser liberal. Sin embargo, nadie se le apuntó a este cargo por motivos de seguridad y, finalmente, un hombre oriundo de Mariquita, militante conservador, asumió la responsabilidad. Días después fue asesinado a cuchillo en una cafetería del casco urbano de la población.

El Centro Nacional de Memoria Histórica en su informe ¡Basta Ya!, señala que la violencia bipartidista se transforma a partir de 1958 en violencia subversiva, y que la ofensiva militar del general Gustavo Rojas Pinilla contras las autodefensas unidas del Sumapaz y del oriente del Tolima, emprendida en 1955, les sirvió de argumentos a las guerrillas del sur de ese departamento para radicalizar su lucha y no entregar las armas.

Cañón del río Guarinó en la vereda La Italia, límites entre Caldas y Tolima. Por estas montañas se replegó Desquite y sus hombres.

Luego de la masacre, el gobernador de Caldas nombró un alcalde militar para Victoria que permaneció algún tiempo allí, esto ocasionó, según Jaime Vargas Moreno, que se reorganizara el poder en el municipio, pues se atreve a asegurar que, si no hubiera sucedido este hecho violento, Martín E. Garcés, mandatario en ese momento, se hubiera mantenido muchos años en el cargo. Las élites locales, lideradas por hombres como Gerardo Giraldo y Benjamín Hoyos vieron diezmado el control que tenían sobre la administración pública y, de alguna manera, La Italia provocó que se introdujeran mejores prácticas en la gestión pública del pueblo.

Como muchos otros hechos violentos en Colombia, alrededor de la masacre del 5 de agosto de 1963 se han construido muchos mitos, algunos pobladores de la región aseguran que el cuerpo de Desquite, de quien también se decía que tenía pacto con el diablo, descansa justo detrás de la casa donde perpetuó la masacre, pues cuando fue dado de baja en el departamento del Tolima, el coronel José Joaquín Matallana se encargó de trasladar el cadáver del bandolero en helicóptero hacia el sector, lo mostró a algunos pobladores de la zona y lo sepultó en los cafetales.

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Esta historia hace parte del especial ‘Cuando en los tiempos de la violencia: historias de guerra, vida y resistencia en el oriente de Caldas’ producido por el CrossmediaLab.