
Carlos Esteban Rebolledo: así sobreviví a 21 horas bajo los escombros de Cali
(01/09/2026)
Estuve 21 horas atrapado bajo los escombros de las Torres del Limonar, en Cali, tras el terremoto del 10 de agosto de 2026. Vivía en el apartamento 303B, en el tercer piso. Sentado sobre mi propia pierna, con un brazo inmóvil entre dos placas de concreto y en oscuridad total, sostuve durante horas un diálogo de aliento con mi amigo Juan Esteban Vanegas, atrapado a pocos metros. A mí me sacaron con vida. A él, no*.
Por Abrahán Gutiérrez N., Lorena Ceballos Ch.
«Está temblando, Carlos, está temblando»
El piso empezó a moverse cuando yo estaba dormido. Estaba fundido esa mañana del 10 de agosto, cansado, cuando escuché a mi abuela gritar desde su cuarto«¡Está temblando, Carlos, está temblando!».
Ella sabía lo que yo iba a hacer. Siempre lo hice con los sismos pequeños que hemos sentido en Cali: salir corriendo. Nunca había sido de esta magnitud, pero el cuerpo no distingue eso al principio.
Salí de mi habitación. A la derecha estaba la de ella, donde estaba gritando. Fue la última vez que la vi. Corrí por el pasillo largo del apartamento sin camiseta, en pantaloneta y con medias, volteé, abrí la puerta de un golpe y la dejé abierta detrás de mí.
En las escaleras me encontré con David Gómez, que llevaba en brazos al bebé Salomón, con Valentina Vanegas, la mamá del bebé, y con Juan Esteban Vanegas, mi amigo. Ellos venían del cuarto piso. Bajamos juntos mientras temblaba el suelo bajo nuestros pies, hasta el patio de la unidad. Valentina se cayó. Yo veía que empezaban a caer escombros y pensé: esto es grave.

Corrimos hacia la portería. No había vigilante, sino un sistema automatizado con tarjetas que se demoraba y un botón de emergencia que yo conocía bien: liberaba de una sola vez los dos seguros magnéticos de las puertas, la de adentro y la de afuera. Las tarjetas eran demasiado lentas para lo que estaba pasando. Corrí a hundir ese botón para que todos pudiéramos salir de golpe. En ese instante, la unidad se colapsó, y yo me fui hacia abajo con ella.
El pequeño triángulo de la vida
Cuando bajaba, antes de que todo cayera, empecé a sentir un olor algo raro, como el cemento. Y escuché un sonido que no sé cómo describir: estructuras crujiendo, varillas, todo moviéndose al tiempo.El terremoto duró casi dos minutos, y dentro de mí solo pensaba: «Que pare ya, que pare ya».
No paró. La tierra me tragó. Quedé sentado entre una columna y otra, en un espacio mínimo, con una placa encima que me cubría como techo. La pierna derecha atrapada debajo de mi propio cuerpo. El brazo derecho entre dos placas, sin poder moverlo un centímetro. La pierna y el brazo izquierdos libres, gracias a Dios. No había salida. No había nada. Era oscuridad total.
Ahí no olía a gas, gracias a Dios, porque eso hubiera sido otro cuento. Olía a concreto, a humedad. El calor era insoportable. Pero curiosamente, sentía algunas ráfagas de viento fresco que no sé de dónde venían, porque yo estaba muy abajo. Pienso que fue algo divino.
Ahí abajo no hay tiempo. Eso lo aprendí en la oscuridad total, sentado sobre mi propia pierna derecha, con el brazo aprisionado entre dos placas y el pecho clavado por una punta de concreto. No sé si eran las diez de la mañana o las diez de la noche. Solo sabía que estaba vivo, que Juan Esteban también porque lo escuché quejarse separado entre los escombros, y pensé que quizás estaba herido.

Torres del Limonar, 10 de agosto del 2026, 9:10 a.m. (Imagen: Steven Vera, amigo personal de Carlos).
La voz de Juan Esteban
Esa voz que escuchaba quejarse, cerca, no sé a cuántos metros, era la de Juan Esteban Vanegas, mi amigo. Se quejaba mucho. No sé qué tan golpeado estaba.
Le hablé. Le dije: «¡Tené fe, tené fe! Orale a Dios en este momento, que de esta nos sacan». Y él contestaba. Decía que iba a creer. Decía: «Dios mío, ayúdame. Ayúdame, por favor, a salir de esta también». Y yo insistía: «Tené fe, tené fe. Cree que la gente no está muy lejos. De aquí nos van a sacar. Aguanta».
Durante horas tuvimos ese diálogo, a veces cercano, a veces perdiéndose entre las placas. Yo no sabía si él se desangraba, si se quedaba dormido entre gritos, si el silencio era descanso o algo peor. Solo escuchaba su voz a la distancia, por allá abajo, por allá adentro. Nunca perdí la conciencia (…) Estuve despierto las 21 horas completas, luchando con el dolor de una placa clavada en el pecho, otra en la espalda, el brazo inmóvil y la pierna perdiendo las conexiones nerviosas poco a poco. Toda una tortura que aguanté porque mi tolerancia al dolor es altísima. Pero sé que otra persona no hubiera aguantado ese sufrimiento.
La sed como peor enemiga
Ahí abajo oré mucho. Le pedí a Dios una segunda oportunidad para vivir, para cambiar todo lo que hacía mal, todo lo que a él no le agradaba. Le hice una promesa que no puedo divulgar. Pero se la cumplí.
Pensé en mi vida entera. En la gente que quería volver a ver. En las cosas que quería hacer si salía de ahí. Al principio sentí un miedo que nunca había sentido —soy medio claustrofóbico—, pero en algún momento, sin saber cómo, ese miedo se fue. Me dije: voy a respirar tranquilo, voy a estar tranquilo, porque tengo fe de que me van a sacar de aquí. Nunca había tenido tanta certeza de algo. Y se volvió realidad.
La sed era mi peor enemigo.Peor que el dolor, peor que el encierro. No había tomado agua desde la noche anterior. Para engañar a mi mente, me imaginaba tomando algo refrescante, algo rico. Y tragaba mi propia saliva, una y otra vez, aguantando.
La primera voz desde afuera
Por ahí a la hora y media empezó a llegar gente. Escuchaba las voces por allá arriba, muy lejos, casi nulas entre tantas placas. Cuando gritaban «silencio, silencio» para escuchar señales de vida, yo aprovechaba esos segundos para gritar con todo lo que tenía: «¡Ayuda! ¡Auxilio! ¡Ayúdenme!».Pero no me escuchaban. Estaba demasiado abajo.

De izquierda a derecha: (1) decenas de civiles caleños llegaron a las Torres del Limonar desde las primeras horas para ayudar en el rescate; (2) trabajaron sin descanso hasta sacar con vida al último sobreviviente, y (3) entre los voluntarios estaba Steven Vera, uno de los mejores amigos de Carlos.
Juan Esteban Vanegas también gritaba. Pero yo creo que él estaba un poco más abajo. No lo puedo determinar, pero sí estaba algo lejitos de mí. No estaba al lado mío porque en el momento del derrumbe quedamos separados.
Escuché cuando empezaron a remover escombros, a romper placas con barretones. Pum, pum, pum. Y esperé.
Fue en la noche —yo pensaba que eran las siete, las ocho, tal vez las nueve; en realidad debió ser poco después de medianoche— cuando una voz de mujer llegó hasta mí, creo que con un megáfono, hacia la tierra: «Carlos, Carlos Esteban, ¿nos escuchas? ¿Hay alguien allí? Si nos escuchas, responda, o haga algún ruido». Grité con toda mi alma: «¡Aquí estoy! ¡Auxilio!». Ella me dijo que ya los perros habían confirmado dónde estaba, que tuviera paciencia, que me iban a rescatar, pero que iba a ser demorado.
Después supe que el perro que me encontró se llama Hunter, de bomberos Jamundí.
Ahí volvió la esperanza al alma. Ya sabía que no me iban a dejar morir ahí.
Como jugando Jenga
Heridas de Carlos ocasionadas por la losa de concreto que lo atrapó.
Cuando ya sabía que me iban a sacar, la ansiedad se volvió otra cosa. Ya no quería seguir esperando. Les pedí que fueran sinceros conmigo, y me dijeron que entre cuatro y cinco horas más. Escuché cómo se organizaban afuera, decidiendo por dónde entrar, con qué herramientas, discutiendo cada movimiento porque una sola placa mal calculada podía hacer que todo se viniera abajo otra vez. Escuché las brocas, los rotomartillos, cada vez más cerca. Escuché sus voces: «Él está detrás de estas placas, en un radio de dos a tres metros. Él está aquí». Y yo, cada vez, respondía: «¡Aquí estoy!».
En algún momento dejé de escuchar la voz de Juan Esteban, mi amigo. No sé determinar exactamente cuándo. Yo también estaba muy débil.
Volver a nacer
Los rescatistas —bomberos de Bogotá y de Jamundí, trabajando juntos— entraron primero por un lado, después decidieron abrir por arriba. Yo mismo, sin saber por qué, siempre había imaginado que me sacarían por arriba, como algo milagroso. Y así fue.
Cuando por fin vi un resplandor, un rayo de luz que brillaba entre los escombros, grité: «¡Aquí estoy! ¡Aquí estoy!» Respondieron «¡Carlos, ya te vimos. Paciencia, por favor!»
Me dijeron que cerrara los ojos, que iban a caer arenilla y polvo. Metieron gente pequeña, liviana, porque el hueco era mínimo y el peso importaba. Con baldes fueron sacando escombro, quitando losa, discutiendo entre ellos qué placa mover primero y cuál no tocar, «como jugar Jenga», me dijeron. Me gusta jugar Jenga.
Me pusieron un arnés bajo las axilas y empezaron a jalar entre varios. «¡Halen! ¡Pum! ¡Halen! ¡Pum!». Sentí la espalda raspar contra el concreto al subir. Y entonces salí a la luz. Es como volver a nacer.
Afuera, un mundo distinto
Fuente: Bomberos Bogotá
Salí de Torres del Limonar a las 4:00 a.m. y lo primero que vi fue gente, el Ejército, y el edificio entero caído. Ahí quedó el video que se volvió viral. Levanté el cuello y pregunté por mi abuela, por mi tío, por mi novia. Nadie me quería decir nada. Yo ya sabía, por la magnitud de lo que veía, que algo muy malo había pasado.
La gente aplaudía. Me daba una felicidad enorme, pero al mismo tiempo un aire denso, raro, negativo, me envolvía. Supe, poco después, en la Clínica Farallones, tras preguntar tres veces, que mi tío había muerto y que mi abuela seguía sin aparecer. El pronóstico, lo sabía desde el comienzo, era grave.
Me llevaron a la clínica Farallones. Estaba deshidratado, adolorido, sin poder mover la pierna derecha. Los exámenes no encontraron fracturas graves ni daños internos serios. Solo la marca de 21 horas bajo tierra que todavía cargo en el cuerpo y en la mente. Yo no imaginé que pudiera aguantar tanto tiempo ahí abajo.
Lo que el terremoto se llevó

El cuadro de la virgen de Guadalupe quedó intacto tras el terremoto y Carlos lo conserva como su mayor tesoro (Foto: Lorena Ceballos, Cuestión Pública).
Nunca pude salvar a mi abuela. Era humanamente imposible cargarla, bajar escaleras corriendo con ella, salir a tiempo. Lo sé, lo entiendo, pero eso no evita que me duela.
Le prometí a mi amigo Juan Esteban Vanegas que lo íbamos a sacar. Le dije que tuviera fe. Le di ánimo durante horas mientras él gritaba, desesperado. No lo pudieron sacar con vida. Eso me duele en el alma. Fallé.
Muchos vecinos, gente que conocía, tampoco salieron de ahí. No pude salvar a nadie (…) Un milagro sí ocurrió: entre los escombros de mi apartamento apareció, intacto, un cuadro de la Virgen de Guadalupe que era de mi abuela. Nadie lo puede creer.
Lo que le diría a quien esté atrapado ahora
Si hoy, en cualquier parte del mundo, hay alguien atrapado y con miedo, le diría que crea, que confíe, que clame a Dios. Como dice Jeremías 33:3: «Clama a mí y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú jamás has visto». A mí me enseñó cómo sacarme de la muerte y traerme de vuelta a la tierra. Que confíen, que aguanten, que no se desesperen. Que los van a sacar con vida. Así como a mí me sacaron.
A Juan Esteban, si pudiera hablarle hoy, le diría que me perdone por no haber podido cumplirle la promesa. Y a mi abuela, que fue todo para mí, que era la persona más buena que conocí, que jamás me dijo que no a nada: que sé que hice lo único que pude hacer, y que espero que ella, donde esté, lo entienda también.
Vimos a Carlos nuevamente el 26 de agosto del 2026:
Dieciséis días después del terremoto, Carlos todavía convive con pequeños corrientazos nerviosos en la pierna derecha —van y vienen en segundos, sin horario, sin importar si está sentado o acostado—. Es la señal, le explicaron los médicos, de que los nervios de esa pierna siguen reconectándose. Los dedos del pie derecho, el lado más golpeado, aún no responden del todo. Tiene exámenes pendientes que dirán si hay cirugía por delante.
Ha recuperado casi toda su rutina —duerme entre siete y ocho horas cada noche—, pero un sonido no lo suelta: el de los golpes de martillo en los arreglos de su edificio y los de alrededor. «No me gusta ese ruido, pum, pum, pum, para nada», dice. Es, según él, lo que escuchaba bajo los escombros. Tampoco se acerca ya a la baranda del balcón. Camina con muleta y espera poder regresar pronto al estadio para ver a su “equipo del alma”: el América y a los Toros del Valle.
Estuvo 21 horas atrapado en el sótano del edificio, mientras arriba ya rescataban a los sobrevivientes de los pisos superiores. Ahí abajo, dice, el miedo no fue lo peor, ni tampoco el hambre: «Mi peor enemigo era la deshidratación». Calculó mentalmente que podría aguantar hasta tres días: «No sabía cuántas horas habían pasado, yo, dentro de mi mente iba a aguantar tres días, tres días de aguante. Yo no me quería morir. Ni quiero saber qué es morirse ahí».
Vuelve, cada vez que cuenta esta historia, a los cuarenta y pico de segundos que separaron su vida de la tragedia. Le faltaron apenas diez para llegar hasta el botón de emergencia antes de que el edificio terminara de colapsar: «Solo necesitaba diez segundos, pum pum, yo soy rápido, mi zancada es larguísima: ¡pum pum pum!, hubiera estallado esa puerta y me tiro de las escaleras y yo creo que esa mierda se cae. Algo de película. Faltaron diez segundos, pero pues Dios, Dios quiso que fuera esto así. La voluntad era así, que yo no saliera, desgraciadamente. Quién sabe, de pronto saliendo me caía algo o se desplomaba todo saliendo. No sabemos. Tenía que quedarme en ese sitio para salvarme»
Entre los escombros de lo que fue su apartamento encontraron, intacto, el cuadro de la Virgen que había sido de su abuela: ni una fractura, ni una astilla. Carlos lo guarda como recordatorio de lo que él mismo llama, sin más adornos, «un milagro».
Carlos Rebolledo, fue el último sobreviviente rescatado de Torres del Limonar.
*Como periodistas, pero también habitantes de Cali, nos permitimos escribir en primera persona esta crónica para ser fieles a la voz del testimoniante. Agradecemos a Carlos por regalarnos la entrevista que sirvió de insumo para este texto, aún cuando sus heridas no habían terminado de sanar.






