Lo bueno, lo malo y lo feo de la Comisión de la Verdad

(06/12/2018)

Natalia Abril es investigadora del Observatorio de Restitución y Regulación de Derechos de Propiedad Agraria.

En varias oportunidades he escuchado las preocupaciones de ciertos académicos frente al trabajo que desde el 29 de noviembre empezó, oficialmente, la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad la Convivencia y la No Repetición. Una entidad que en tres años de funcionamiento pretende dar cuenta de lo qué pasó en 52 de conflicto armado. Justamente ese tiempo y la magnitud del trabajo que le corresponde, es lo que inquieta a algunos investigadores con respecto a los alcances que pueda llegar a tener en la sociedad colombiana. Aquí expongo algunas de esas preocupaciones.

Lo bueno. La Comisión es uno de los mecanismos que dispone en el Acuerdo para contribuir a la transición de una guerra a una construcción de paz, y su tarea es establecer las formas en que operó el conflicto, las razones que permitieron su duración y las dimensiones en las que afectó al país. El resultado es un documento que va más allá de la narración de casos particulares y explique qué está detrás de ellos o, mejor, qué dicen esos casos del conflicto en Colombia. Es una oportunidad única en el país, por eso su importancia.

Lo malo es que son solo tres años y el tiempo podría invertirse mejor “construyendo sobre lo construido”, y no volviendo a recolectar información primaria en las regiones de Colombia, como pretenden hacer con las Casas de la Verdad. Según algunos críticos, si bien esta es una metodología que pretende darle voz a las víctimas “que no han hablado” e incentiva la participación y la construcción de memoria, puede terminar siendo un ejercicio repetitivo que limite el objetivo último de identificar los patrones y las estructuras del conflicto, por el esfuerzo que implica volver a recopilar información.

En Colombia ya existen insumos para eso. Medios de comunicación como Verdad Abierta han contribuido a esclarecer lo que pasó en el conflicto, desde los relatos y las historias individuales. Lo mismo lo ha hecho el Centro Nacional de Memoria Histórica con sus extensos informes que tocan aspectos relevantes del conflicto armado, como su impacto diferenciado en grupos étnicos, de mujeres, o de personas con orientación e identidad sexual diversa. La información que documentan estas entidades es por sí misma una información primaria.

De igual manera lo han hecho los trabajos de académicos como Fernando Cubides, Francisco Gutiérrez, María Clara Torres o María Clemencia Ramírez, entre otros, que han dedicado gran parte de sus investigaciones a comprender el conflicto. Y, por supuesto, no se pueden dejar de lado los testimonios y sentencias de los Tribunales de Justicia y Paz y las Salas Civiles Especializadas en Restitución de Tierras que han mostrado las dinámicas de la guerra, sus actores y sus vínculos. Todos estos trabajos y documentos ya están revelando esos patrones que intenta buscar la Comisión.

Lo feo. Uno de los mandatos de la Comisión es implementar una estrategia de difusión y pedagogía para mostrar los avances en su trabajo, pero ¿cómo hacemos para que sectores que nada tienen que ver con temas de conflicto y paz se apropien del trabajo y, posteriormente, del relato de la Comisión? Con justa razón, hay escepticismo frente al ambicioso objetivo de que ese relato de la historia de violencia sea común a toda la sociedad y pueda trascender a todos los sectores.

El organismo ya ha realizado reuniones con varios sectores donde exponen su trabajo, y aunque han sido variadas, no se conocen los acuerdos o las conclusiones de estos encuentros. De hecho, tampoco es de conocimiento público cómo estas reuniones con las Autoridades Indígenas de Colombia o con Unicef, por ejemplo, le aportan a la metodología o a las temáticas en las que ya trabaja la entidad.

Los Comisionados saben que en Colombia existen antecedentes que revelan lo que pasó en el conflicto. También saben que la guerra ha tenido impactos diferenciados y no a todo el país le interesa conocer qué pasó. Justamente por eso urge que el trabajo de la Comisión trascienda lo que ya se ha hecho, se ha dicho y se ha analizado. Más que atacar a un organismo tan necesario para el país, esas críticas sugieren crear una discusión sobre lo que implica su papel en la sociedad. Es una apuesta para trabajar por la Comisión y no en contra de ella.

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