«¡Silencio total!»: la ciudad que escucha bajo los escombros

Rescatistas y voluntarios de todos los rincones trabajan sin parar en busca de sobrevivientes. Estos son los testimonios de quienes trabajan contrarreloj con la firme convicción de encontrar al menos un sobreviviente más en medio de los escombros de edificios caídos en Cali.

Cover gif cronicas terremoto (1)

"¡Silencio total!": la ciudad que escucha bajo los escombros

(19/08/2026)

Por Abrahán Gutiérrez N., Lorena Ceballos*.

Rescatistas y voluntarios de todos los rincones trabajan sin parar en busca de sobrevivientes. Estos son los testimonios de quienes trabajan contrarreloj con la firme convicción de encontrar al menos un sobreviviente más en medio de los escombros de edificios caídos en Cali.

El lunes 10 de agosto del 2026, un terremoto de magnitud 7,4, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, partió en dos la historia de Colombia. El suelo se movió bajo millones de pies, y en el suroccidente del país golpeó con tal fuerza que se convirtió en tragedia.

Tribu_sumarme

En Cali, la capital del Valle del Cauca, a las 7:34 a.m., en medio del terror de un sacudón que se prolongó por casi dos minutos, miles de personas huyeron hacia las calles buscando el cielo abierto de parques y andenes, mientras a sus espaldas las fachadas se resquebrajaron y edificios enteros cayeron levantando nubes de polvo.

El alcalde Alejandro Eder decretó toque de queda esa misma noche y ordenó militarizar varios sectores ante amenazas de saqueos, mientras cientos de vecinos, sin esperar a nadie, empezaban a remover escombros con las manos. Siete días después, el país seguía contando sus muertos: los recientes reportes de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, al cierre de este texto, ya ubican la cifra de víctimas por encima de 300. Y el dato, según las autoridades, podría seguir en aumento.

Dos días después el 12 de agosto, en pleno pico del desastre, recorrimos tres zonas impactadas por la tragedia —Capri, Tequendama y Cuarto de Legua—, donde bomberos de Bogotá, Jamundí y la propia ciudad, equipos de la Armada, la Policía, la Fuerza Aérea y misiones internacionales como los Topos Aztecas de México trabajaban sin descanso, sostenidos por una sola convicción: encontrar, entre las toneladas de concreto, al menos un corazón que latiera.

Estas son algunas de sus historias.

Sobre la Calle 10 con Carrera 72, en el barrio Capri, se ubicaba el conjunto residencial Torres del Limonar, un complejo de 4 pisos de color beige que se desplomó sobre sí mismo el 10 de agosto del 2026, a las 7:34 a.m. Supe, desde antes de llegar, que allí había personal de rescate y remoción de escombros trabajando sin parar, desde el mismo día del terremoto, tras la coordinación de los organismos de control.

bombero bogotá - Jimmy Anderson Forero (1)

Son las 10:05 a.m., del 12 de agosto, en el ingreso de la Calle 10, me encuentro a Jimmy Anderson Forero Becerra —46 años, operador de máquina de los Bomberos Oficiales de Bogotá, doce años de experiencia en la institución—, trabaja desde el lunes en el punto de Capri, en la calle 10 con carrera 70, frente al Centro Comercial El Limonar. 

Jimmy llegó junto a un contingente de 68 bomberos bogotanos que opera por relevos, en equipos de 12 y 18 personas, alternando turnos entre la zona de escombros y una base de operaciones cercana a la escuela de deportes del sector. Forero, que trabaja habitualmente en la estación B3 Restrepo, no es ajeno a este tipo de emergencias: ha participado con equipos de búsqueda y rescate en incidentes de gran magnitud en Haití y Chile. El día anterior a la entrevista, su equipo logró rescatar con vida a una mujer y a una niña de aproximadamente nueve años.

Sobre lo más duro de estos días en Cali, no dudó: «Lo más duro es gente pidiendo que por favor rescaten a los hijos, rescaten a la familia, a los papás. Y ya estando desde adentro, cómo se dan cuenta que están muertos y no hay una manera de poderles decir eso de frente, pues hay doliente».

Más adelante, en la entrada al lugar (que también es un centro de recolección de donaciones), me recibe un equipo de voluntarios civiles que me dotan con un casco, unas gafas y una mascarilla N95: amables, sonrientes, incluso me ayudan a acomodar el casco y el tapabocas. La maquinaria pesada se mueve a escasos metros de la entrada y una nube de polvo espeso cubre todo el lugar, mientras militares, socorristas, bomberos y civiles se ven a lo lejos pasando baldes. El polvo por momentos desdibuja la escena.

bombero bogotá - Jimmy Anderson Forero (1)

Avanzo hasta la zona donde en el espacio en que se ubicaban las torres ahora solo quedan despojos: las varillas de metal que sostenían las columnas están expuestas y el concreto hecho pedazos. El calor es sofocante y el líder de rescate levanta el puño: “¡Silencio total! ¡Si alguien me escucha haga un ruido! Bomberos Bogotá: ¿Alguien escucha algo?”.

bombero bogotá - Jimmy Anderson Forero (1)

Me quedo en silencio y obturo la cámara cada vez que están diciendo algo por el megáfono porque me da miedo que su sonido interrumpa las labores. La temperatura es asfixiante y la brisa trae ya un olor a putrefacción. 

bombero bogotá - Jimmy Anderson Forero (1)

Cerca al Puesto de Mando Unificado del lugar, encuentro a Jorge Bolaños Silva —55 años, veintisiete de ellos como oficial de la Armada Nacional hasta retirarse con el grado de coronel—, es gestor territorial de políticas de seguridad de la Secretaría de Seguridad y Justicia. Dijo ser de la Comuna 1, aunque para esta emergencia su equipo está asignado a todas las comunas de Cali y a todos los municipios.

Según su relato, en el edificio había 61 personas al momento del sismo. Treinta lograron salir por sus propios medios; durante la noche anterior se habían rescatado algunas personas con vida y recuperado algunos cuerpos de fallecidos. Me contó, además, que un dron multiespectro sobrevoló la zona sin hallar señales de vida, y una grúa tuvo que suspenderse porque la estructura estaba demasiado blanda. Ahora cuatro grupos de voluntarios remueven escombros a mano.

Sobre los 12 que aún faltan, fue directo: «no sabemos si están vivas, posiblemente estén fallecidas, porque ya no hay ruidos». Sobre lo que sostiene a las familias, añadió: «para los familiares la esperanza nunca se pierde, porque ahí está el papá de una niña que él dice que todavía la escucha. Pero con los aparatos de los expertos no hay señales de vida».

bombero bogotá - Jimmy Anderson Forero (1)

El día del terremoto, José Steven Vera Flores —43 años, administrador de empresas, dueño del negocio Steak and Grill y habitante de Capri—, hacía su rutina de ejercicio en el parque del barrio cuando sintió el temblor. Tan pronto sintió el remezón del suelo del parque, corrió a auxiliar a sus padres de 80 años, a su hermana y a sus sobrinos. 

Nunca imaginó que, a pocas cuadras, Carlos Esteban Rebolledo, de 34 años, uno de sus mejores amigos —compañero de entrenamiento en el parque, de ver partidos de fútbol e incluso su crecimiento espiritual— había quedado atrapado bajo los escombros de las Torres del Limonar. Tan pronto se enteró de que las torres habían colapsado corrió para intentar ayudar a remover escombros. Sin embargo, con el paso de las horas, creyó que nunca volvería a ver a su mejor amigo: «Yo veía la edificación tan derrumbada y colapsada que no daba un peso por la vida de él, porque pasaban muchas horas y nada que escuchábamos. Y la verdad siempre era la fe que había en Dios, que es el dueño de nuestra vida».

Y como si se tratara de una predestinación, el día anterior, tras casi 16 horas sacando escombros sin parar, la madrugada del martes, a las 12:30 a.m., decidió irse a dormir para recuperar fuerzas. Antes de partir, grabó un video con su celular junto a los amigos de la cuadrilla que ellos mismos habían armado para ayudar: «Aquí ya va el equipo de rescate de Capri, vamos a ir a descansar para mañana con toda. ¿Mañana con toda? Mañana vamos a sacar a Carlos de ahí. Vamos, Carlos, vamos, te necesitamos con vida, papi. Resistí, aguanta, Carlitos. Pedile a Dios que te dé un tiempo más de vida». 

Mientras Steven se alejaba de las Torres del Limonar, con la promesa de «mañana con toda» todavía flotando en el aire, Carlos —sepultado bajo los escombros, sin aire— gritaba con todas sus fuerzas cada vez que escuchaba, desde arriba, la orden de «¡Silencio!» de los rescatistas. Fue una brigadista, con un equipo especializado de escucha, quien logró detectarlo entre los escombros tres horas y media después. 

Justo a las 4 de la madrugada del 11 de agosto, mientras Stiven reponía sus fuerzas, los equipos de rescate sacaron a Carlos con vida de las ruinas de lo que antes era el lobby del edificio. 

José Steven se levantó ese martes a las 5:30 a.m. para orar y tomar fuerzas antes de volver al lugar del siniestro. Se enteró, media hora después, cuando fue al revisar el celular: «Tengo muchos mensajes de varios amigos que ya se habían dado cuenta de que yo estaba buscando a Carlos… y me comenzaron a mandar los mensajes de la noticia de Instagram cuando fue su rescate a las 4 de la mañana. Ahí es donde me doy cuenta de la noticia, y más me motivé para organizarme rápido y avisarle a mi sobrino también que estaba durmiendo.»

bombero bogotá - Jimmy Anderson Forero (1)

Desde entonces sigue en el lugar removiendo escombros junto a otros vecinos, con la esperanza puesta en encontrar más sobrevivientes. En caso de que no pudiera encontrarse con vida, dice que: «Lo único que podemos hacer es recuperar sus cuerpos para poderles hacer una despedida como se lo merecen, dignamente».

bombero bogotá - Jimmy Anderson Forero (1)

El día del terremoto, Jair Riveros —68 años, ex bombero desde los 14, con más de 50 años de experiencia y habitante del barrio Santa Elena—se presentó a ayudar de inmediato, aunque al principio no lo dejaron entrar por no traer identificación; volvió después con el uniforme de antaño puesto y, cuando la gente supo de su experiencia, “lo sumaron al trabajo”. Estuvo, entonces, en las labores de rescate que se llevaban a cabo en el Motel Molino Rojo, en la autopista, entre Carrera 39 con Calle 10, hasta que lo requirieron.

Después de terminar en el motel, se vino a Torres del Limonar y no ha parado desde entonces: «Ya esto es otro nivel, ya veo el olor a muerto […] Dios quiera que aquí haya vida […] la idea es seguir hasta sacar lo último que hay de acá […] me siento satisfecho porque estoy ayudando en lo que yo sé […] Dios quiera, la vida es un milagro, entonces que sea Dios guardando, guardando la vida».

A su lado, se encontraba, Jonathan Pinzón —41 años, cirujano ortopedista graduado de la Universidad Libre, radicado actualmente en Canadá— estaba de visita en Cali por unos días para ver a su familia y a pesar de que debía regresar a Norteamérica, decidió quedarse a ayudar tras el terremoto del lunes. El 10 de agosto, a las 7:34 a.m., se estaba amarrando los zapatos, listo para ir a una clínica a asistir a un cirujano en una cirugía, cuando empezó el temblor. 

Jonathan bajó corriendo del edificio y vio los carros saltar de la tierra en el parqueadero, una imagen que, dice,  “no se le borra”: «Esto fue empeorando y empeorando, y fue muy largo también… Ciento y pico segundos… En ese momento uno ya piensa que hasta aquí llegamos». Durante las primeras seis horas estuvo incomunicado, sin saber del resto de su familia, algo que nunca le había pasado.

Tan pronto se enteró de la magnitud de lo ocurrido, empezó a recorrer varios hospitales y zonas de desastre en la ciudad para ayudar donde se requiriera; llegó a Capri el día anterior a la entrevista, y allí forma parte de un equipo de médicos y voluntarios de salud que no solo atiende heridos sino que levanta ladrillos y reparte comida.

bombero bogotá - Jimmy Anderson Forero (1)

Sobre lo que ha visto en la gente, dijo: «Ver la voluntad de la gente, todo el mundo tratando de ayudar, buscando qué hacer, así sea por fuera de su área de experticia… ha sido maravilloso, pero quiero que se entienda que maravilloso dentro de toda la tragedia que estamos viviendo».

Y sobre la posibilidad de encontrar más sobrevivientes, fue firme: «La esperanza es la última que se pierde… Dios y la ciencia están juntos, entonces yo creo en Dios y creo en los milagros, y creo que a pesar del desastre que estamos viendo, va a haber personas vivas todavía allí esperándonos».

bombero bogotá - Jimmy Anderson Forero (1)

Más adelante, a cincuenta metros de una pared en medio de los escombros, con un grafiti enorme advirtiendo la presencia de “asbesto” —un compuesto químico cancerígeno—, estaba el bombero voluntario Óscar Posso —46 años de edad y 19 años de experiencia siendo bombero— quien nos contó que la noche anterior habían encontrado un “canino bastante pequeño con vida, pero que lastimosamente se habían confirmado solo víctimas mortales hasta el momento”.

bombero bogotá - Jimmy Anderson Forero (1)

Mientras, el sargento Danny Jair Altamirano —48 años, orgulloso padre de dos hijos, bombero voluntario del Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Santiago de Cali, vive en el barrio 7 de Agosto—, cuenta que la mañana del sismo se le cayó el internet en el sector, como a buena parte de Cali, pero cuando miró el grupo de su cuerpo de bomberos activándose, llamó de inmediato a su jefe para pedir permiso en su trabajo. En la empresa lo autorizaron y, en media hora, se puso a disposición de las labores de rescate. Desde entonces está en Torres del Limonar sin parar, salvo cuatro horas de descanso el día anterior a la entrevista.

«Han sido días de mucho trabajo, con mucha esperanza y mucha expectativa constante todos los días, con el ánimo siempre de querer encontrar personas con vida», me contó. El sargento todavía tiene la esperanza de encontrar seres humanos vivos y opina que cualquier levantada de una loza, cualquier levantada de ladrillo “para nosotros es una esperanza de encontrar algo de vida”.

Confiesa que mientras realizaban labores, en días anteriores, hubo un rescate, cerca a la zona en la que ellos se encontraban: «Nos damos cuenta cuando las personas aplauden y se alegran mucho. Entonces, son los signos de que en el día de hoy se ha encontrado a alguien con vida. Pero no, en el área donde yo he estado, todavía no hemos tenido ese placer de encontrar personas con vida.»

Al final, ambos bomberos dicen que se quedarán hasta que encuentren a la última persona… Al fondo, un nuevo llamado al silencio con el puño arriba hace que el lugar quede en una calma que por momentos parece ansiosa y por momentos tensa.

bombero bogotá - Jimmy Anderson Forero (1)

Alejandro Loaiza —28 años, de Villagorgona y con una mirada que se ilumina al hablar de su propio hijo—, es uno de los rescatistas voluntarios que trabaja en el punto de La Guadalupe, cerca a la Plaza de Toros. Llegó a Cali el lunes a las 9 a.m. y, antes de fijarse en este frente, recorrió otros puntos de la emergencia —Meléndez, El Refugio, Palmeto— donde encontró la misma escena: capacidad máxima de ayudantes y donaciones que no paran de llegar. Independiente, ebanista de oficio, apenas ha dormido un puñado de horas entre turnos; su motivación tiene nombre y edad: su hijo de un año y siete meses.

«Mi meta es quedarme hasta que saque al niño. Yo siento que no me voy a ir de acá hasta sacar a ese niño». Y explicó de dónde viene esa urgencia: «Porque pienso en mi hijo. Yo soy papá, claramente. Siento el dolor de otros padres». Sobre el espíritu que ha visto en el punto, agregó: «Aquí nadie se queda quieto, todos ayudamos» —y cerró con una frase que repitió varias veces, casi como consigna—: «Somos un país. No importa si eres de Cali, si eres del Valle o no eres del Valle: importa salir y aportar tu granito de arena».

En La Guadalupe le dijeron que, bajo los escombros, hay un niño de poco más de un año atrapado, y desde entonces ha estado apoyando la labor de los Topos Aztecas, un grupo de rescatistas mexicanos que llegó al punto y cuya experiencia, dice, le «arregló la movida» al operativo: con ellos la gente guarda silencio de inmediato para no interrumpir el trabajo de los perros rastreadores, algo que considera vital para poder avanzar. 

Volví al punto de La Guadalupe el 18 de agosto, una semana después de aquel primer encuentro con Alejandro Loaiza. El bebé al que tantas manos buscaron bajo los escombros fue sacado el jueves, identificado el viernes y sepultado el sábado. Alejandro, en cambio, sigue ahí. No se ha movido.

Lo encontré de nuevo en el mismo punto, como si no hubiera salido de ahí desde la primera vez que hablamos. Ya perdió la cuenta exacta de los días, pero no del ritmo que le impone la emergencia: salir un momento por un café y que le nieguen la entrada de vuelta, hasta que alguien del punto lo reconoce y aclara el malentendido, se volvió parte de su rutina. «Ya las personas acá lo conocen a uno, entonces no me dejan afuera», me dijo.

Le pregunté qué había visto salir de los escombros desde el primer día y fue claro: “quienes sobrevivieron fueron rescatados temprano, gente que había quedado cerca de la superficie”. Después de eso, ninguno más ha salido con vida. Recuerda, en especial, a un perro ciego que sacaron junto a una niña cuya edad no logra precisar.

Sobre su higiene, lo resume casi como una anécdota: se ha bañado dos veces desde que empezó la emergencia, la primera después de cuatro días, la segunda dos días después de esa. «Y ya estoy acá. Llevo un día y medio, creo». Su plan sigue siendo el mismo del primer día: no moverse del punto hasta que retiren las vallas y la policía. Hasta que todo termine.

Ayer, me contó, encontraron dos cuerpos más en el edificio de La Guadalupe, en el primer piso —el nivel más bajo de lo que queda en pie—. “La tarea se complica porque antes hay que remover baldosas y escombros con grúa para poder llegar hasta ellos”. Mientras tanto, el equipo trabaja guiándose por lo que encuentra: entraron por un parqueadero, por la parte de atrás, e identificaron dos manchas de sangre separadas entre sí. El olor —más fuerte esa noche por la lluvia— terminó de informarles lo que ya sospechaban: ahí había más de un cuerpo.

Todo lo que hace, insiste Alejandro, “lo hace de corazón”.

bombero bogotá - Jimmy Anderson Forero (1)

A 4.1 kilómetros de las torres del Limonar, en la Avenida Guadalupe, a la 1:37 p.m., nos topamos en medio de un cordón difícil de sortear incluso para la prensa, al biólogo Jordan Piñero —40 años, venezolano, de Caracas, soltero, sin hijos, colmado de amabilidad— quien es uno de los rescatistas del internacionalmente reconocido Topos México, Topos Azteca. Los Topos llegaron a Colombia en un vuelo donado por Copa Airlines, pese a la resistencia sin ninguna justificación del gobierno nacional en recibirlos.

Jordan había llegado a Cali 7 de la mañana de ese día, en uno de los últimos vuelos que logró tomar el grupo, tras salir de Valencia, Venezuela. Su historia con los Topos había comenzado un mes antes, luego de haber trabajado desde el 25 de junio en labores de rescate, con Protección Civil de su país, tras el terremoto de La Guaira, donde ayudaron a rescatar a una niña y a un niño en las OPP 25. Antes de eso no había participado en operaciones de rescate.

Me explicó, en medio de la Avenida Guadalupe rodeada de edificaciones averiadas, con rostro esperanzador: «ahorita estamos en la ventana de conseguir personas con vida. Son más o menos las primeras 72 horas a 5 días». Y sobre lo que lo motivó a viajar, fue directo: «me motiva que yo fui apoyado internacionalmente en Venezuela con la situación de nuestro país… me parecía absurdo no venir a apoyar al país hermano que tengo al lado. Fueron escasas, qué sé yo, 12 horas de viaje. Entonces era absurdo no venir».

En Guadalupe continuaban las labores de rescate.

Son las 5:35 p.m., me encuentro ahora a 4.6 kilómetros de donde empecé el recorrido, entre la Calle 5d con Carrera 39, frente al Centro Profesional, más conocido como el “edificio de colores”, antes se erguía una pequeña torre de color beige, el Edificio Mirasol; ahora es solo un gigante caído: concreto y varillas contorsionadas con equipos de rescate y remoción que se mueven con cuidado sobre las ruinas.

bombero bogotá - Jimmy Anderson Forero (1)

Las máquinas trabajan sin cesar, mientras algunos caleños —cascos, guantes y camisetas cubriéndose la cara para evitar el polvo —, están agolpados en el límite del cordón de cintas de seguridad que las autoridades han dispuesto, a esperas de poder ingresar porque «queremos ayudar a sacar escombros». Pero ya no dejan seguir a nadie. «La prensa sí», dice un policía.

Camino lo más rápido que puedo porque de alguna manera quiero que alguien me diga que todavía hay esperanza, que debajo de los escombros hay corazones que aún laten como el mío. La estridencia de las máquinas no deja escuchar bien las voces de las personas. Una funcionaria de la alcaldía me hace señas, así que me acerco todo lo que puedo, mientras ella, conmovida, me cuenta que: «en la mañana sacaron los cuerpos de una joven abrazando a dos mujeres mayores (…) Fueron las últimas».

bombero bogotá - Jimmy Anderson Forero (1)

Brian González —29 años, mirada serena, casado, dos hijos—, es el líder del grupo de búsqueda y rescate de la defensa civil de Boyacá que dirigía la operación en los despojos del “Mirasol”. Pudo relatarnos que, durante la madrugada, su equipo hizo el relevo con el grupo de rescate de la Armada Nacional, el “Pol 19”, quienes “sobre las 7 de la mañana, tras avanzar en la remoción de escombros, recuperaron tres cadáveres femeninos en la escena”.

No obstante, «con nuestra Unidad K9, los perros realizan la búsqueda al interior de la estructura y los puntos de acceso posibles, teniendo resultados negativos, porque no encontramos ningún cuerpo ni persona con posibilidad de vida».

*Como periodistas, pero también habitantes de Cali, nos permitimos contar estos hechos en primera persona.

Banner-la-tribu (1)