
El arte de defender el Museo Nacional: a las paredes vacías de Abelardo, la gente respondió con lucha y educación
(26/10/2026)
El Gobierno no solo desapareció, sin cuidado ni rigor técnico alguno, 63 piezas de la colección permanente. Durante toda la semana sembró miedo y represión en el antiguo Panóptico, pero logró el efecto contrario en Bogotá: Las obras censuradas salieron a las calles y volvieron con más fuerza y visibilización.
Las paredes desnudas del Museo Nacional también hablan. El pasado 15 de octubre el presidente Abelardo De la Espriella dio una alocución desde el Museo Santa Clara en la que le ordenó a la ministra de Cultura, Paola Holguín, «desaparecer toda esa oda al terrorismo en la que aparece [Carlos] Pizarro y demás terroristas de los lugares públicos» y, usando argumentos discriminatorios y violentos en contra de lo que llamó «wokismo», señaló que su gobierno tenía «el deber de enfrentar, sin matices, esa perversidad, exaltando los principios que nos enseñaron nuestros abuelos y la interpretación correcta de nuestra historia, no una interpretación acomodada y permeada por la ideología».
Lo curioso es que ninguno de los dos guiones de las salas los montó el gobierno de Petro, sino los de Juan Manuel Santos e Iván Duque, contradiciendo lo dicho por De la Espriella, quien había señalado al «régimen anterior» de hacer apología al terrorismo y a una ideología «liberticida».
Tras la orden del presidente, se calculó inicialmente que eran 30 piezas las que habían sido retiradas de las salas Memoria y Nación y Hacer sociedad. La tijera que pasó el gobierno actual por las salas del museo dejaron a la vista los miedos y las inseguridades del propio mandatario y sus funcionarios.
Según La Silla Vacía, el 52% de las piezas que hablaba sobre la población LGBTIQ+ fueron retiradas; el 28%, sobre las mujeres y el 69% sobre el conflicto armado, como el bolígrafo con el que se firmó el Acuerdo de Paz de La Habana, una serie de pinturas de Inty Maleywa o los afiches de campaña de Bernardo Jaramillo y Carlos Pizarro, ambos asesinados durante la campaña presidencial.
Ante la censura de los carteles políticos, la gente decidió imprimirlos nuevamente y repartirlos entre los asistentes del plantón. Foto: @parrademoya.
El Ministerio de Cultura tuvo que revelar las cifras reales de lo censurado tras una tutela interpuesta por el representante a la Cámara Gabriel Becerra; Jorge Virviescas, miembro del colectivo LGBTQ+ León Zuleta; y Kevyn Muñoz Torres, de la organización trans Revolución Rosa. Según reveló El Espectador, el ministerio aseguró que en total fueron 22 piezas, pero adjuntó un listado de 63 objetos, entre elementos de patrimonio, fichas de apoyo o facsímiles.
Para Andrés Góngora, quien fue curador jefe de etnografía del Museo Nacional durante 9 años, «lo que ocurrió va en contra de cualquier procedimiento técnico de los muchos que posee la institución», ya que para mover una pieza del museo se requiere la aprobación de un comité curatorial al ser una «decisión estrictamente colegiada; se trata de un proceso democrático, técnico y científico».
El Ministerio de Cultura, casi en un acto de confesión, respondió a la tutela interpuesta asegurando que la decisión de retirar las piezas se dio «en cumplimiento de la orden presidencial». Así, el ministerio dejó claro que nunca hubo un criterio técnico para retirar las piezas y develó el carácter autoritario por parte del presidente. Por su parte, la ministra Paola Holguín ya había dicho que el museo no puede ser espacio de “apología al delito” ni de revictimización.
Pero entre lo que desmontaron hay una pieza que resume mejor con ironía todo el asunto: Cuerpos en prisión, mentes en acción fue una cartilla pensada y construida por Natalia Espitia, Estefanía Méndez y la Red Comunitaria Trans como un manual de protección y vida digna para personas transgénero y hombres gais recluídas en la cárcel La Picota. La cartilla, que nació como un grito de libertad, terminó bajo llave en una antigua prisión. ¿Cuál es la apología del delito del que habla la ministra?

Estefanía Méndez, psicóloga y profesora, recordó con cierta nostalgia que la cartilla llegó al museo en 2018, en parte, gracias al trabajo de Andrés Góngora, quien contactó a la Red Comunitaria Trans para adquirir una e integrarla a la colección permanente. Pero no existían más copias ―se imprimieron sólo 300 ejemplares―, por lo que Estefanía le pidió a su abuelo que le regalara la que él aún conservaba con orgullo. Hoy esa cartilla representa lo que está en disputa.
«Me costó mucho aceptar que tenía miedo», confiesa al hablar sobre la decisión del gobierno y las directrices que ha tomado en materia de derechos humanos. «El asesinato físico no existe sin un borramiento simbólico previo». A una persona trans no la asesinan de golpe: antes hay una violencia simbólica que la demoniza, la vuelve un cuerpo «matable» y le pone encima todos los estigmas, de ahí su preocupación.
La calle, el escenario de lucha del arte
«Si los agentes del ESMAD van a estar acá todos los días, entonces se convertirán en nuestros compañeros de clase», comentó una mujer en medio de la gente que se había reunido frente al Museo Nacional para escuchar las charlas públicas que un grupo de profesoras y profesores organizaron para protestar contra la censura de 47 piezas de la colección permanente por orden del Presidente. A pocos metros, por lo menos cuarenta agentes antidisturbios permanecían inmóviles con sus armaduras negras custodiando el edificio.
Todo comenzó el pasado 14 de octubre. Mientras algunos sindicatos, miles de jóvenes, mujeres y hombres salían a las calles de Bogotá para movilizarse en contra de las directrices que ha tomado el gobierno, el concejal cristiano Andrés Barrios visitaba el Museo Nacional junto a sus hijas.
Al finalizar el recorrido, Barrios publicó en su cuenta de X cuatro mensajes criticando la exposición permanente del museo y principalmente las piezas sobre la violencia política que ha vivido el país o las luchas y conquistas sociales por parte de la población LGBTIQ+. «Presidente De la Espriella, ministra Paola Holguín: la batalla cultural también se libra en los museos. Revisen de inmediato este tipo de exposiciones en el Museo Nacional. Este museo debe contar la historia completa de Colombia, no adoctrinar a nuestros hijos con el libreto del progresismo destructivo que tanto daño le ha hecho al país», escribió Barrios.
La entrada del Museo Nacional se convirtió en una plaza de disputa. Por un lado, las expresiones artísticas se tomaron la calle, mientras la Policía permanecía a la espera de una orden que diera fin a todo. Foto: @parrademoya
El sábado 17 de octubre el museo se vistió nuevamente de panóptico y amaneció fuertemente custodiado por agentes antidisturbios que se plantaron a su alrededor a la espera del plantón que se había convocado a mediodía tras la censura de 63 piezas del museo por orden del Presidente.
Por la calle 28, una tanqueta esperaba pacientemente con el cañón dejando escapar algunas gotas de agua, como si se tratara de una advertencia. En apenas un par de horas las escaleras y la Carrera Séptima se habían llenado de personas que llegaron con afiches, música, y muestras artísticas. «No somos terroristas», se podía leer en uno de los carteles que llevaban dos jóvenes que saltaban al son de las arengas. Pero a las 4:30 de la tarde la Policía decidió que era suficiente.
La tanqueta de la Unidad Nacional Antidisturbios (el antiguo Esmad) rompió la cinta que mantenía cerrada la calle y los agentes se dispusieron sobre la Carrera Séptima para dispersar la manifestación. Pocos días antes, el 13 de octubre, el gobierno había publicado una reforma al decreto 003 de 2021 que regula la protesta social: el diálogo había pasado a un segundo plano y el nuevo decreto autorizó «el uso de la fuerza contra las manifestaciones en hipótesis en que este esfuerzo de mediación no ha sido agotado y sin que realmente existan hechos de violencia que justifiquen esa intervención temprana», según explica Rodrigo Uprimny, abogado constitucionalista e investigador de la organización Dejusticia.

Un cordón humano bloqueó el paso de la tanqueta antidisturbios para evitar que la situación se escalara directamente al enfrentamiento. Durante más de una hora, y bajo la lluvia, varias mujeres se tomaron de los brazos a la espera de una solución pacífica. Mientras tanto, gestores de convivencia de la Alcaldía Distrital, tránsito, algunos jóvenes y policías tuvieron un intenso diálogo para evitar el choque con los agentes, que no tuvieron reparos en pavonear sus armas para intimidar. La lluvia, como queriendo bajar el calor de las discusiones, logró disuadir a la fuerza pública temporalmente, pero después de las 7:30 de la noche la paciencia de los agentes se agotó y decidieron romper el plantón a punta de tanqueta y bombas aturdidoras.

“Pa’ la calle”
La censura quería ver salas vacías y las artistas respondieron llenando las calles. Clase a la calle, una iniciativa de varios profesores y profesoras que nació durante el proceso de paz con las FARC para socializar el debate que se estaba dando en ese momento y explicar el acuerdo firmado, volvió a instalar sus aulas pero esta vez en las escaleras del Museo Nacional para hablar sobre memoria e historia.
La primera clase se dictó el lunes 19 de octubre y las charlas de distintos profesores y profesoras se extendieron hasta el viernes. Catalina Muñoz, una de las académicas que lidera la iniciativa, recordó que lo que se busca es «ampliar el contexto que tenemos los ciudadanos para entender lo que está pasando. Queremos responder por qué esto es importante. Por eso hablamos sobre la importancia de los objetos pero también sobre la historia del Museo Nacional».
Las clases se convirtieron en espacios de discusión y organización ciudadana. Foto: @parrademoya.
La discusión de fondo, la que el gobierno prefiere que se dé en sus términos, es de vieja data. Para la artista y museóloga Natalia Calao, «la imparcialidad de los museos es una ficción», y lo es desde que las Guerrilla Girls señalaron en los ochenta quién cabía y quién no en las paredes de un museo, o desde que Antonio Caro escribió en 1972 su Aquí no cabe el arte. Los museos, dice Calao, siempre han decidido qué se colecciona y qué se muestra, y hace décadas los cuestionan desde adentro y desde afuera.
Por eso advierte sobre una trampa: El problema no es la crítica a los relatos, sino que un gobierno intervenga una institución sin el comité curatorial que responde por ella. La memoria se confronta en lo público, no simplemente escondiendo lo que incomoda en una bodega bajo llave.
Al entrar al museo se pueden ver los vacíos en las paredes. La imagen interpela directamente al visitante de la sala de exposición porque el vacío también tiene la capacidad de contar. De ahí la fuerza que han tomado las protestas tras la censura, pues las piezas retiradas, que tenían poca circulación y visibilización al existir únicamente en el museo, volvieron a las calles y a ser centro de discusión.

El Gobierno ha sostenido que nada de esto es lo que parece, pero la revisión de las colecciones se extenderá a los demás museos a cargo del Estado. Además, agregó que las piezas están guardadas en la reserva, sin darlas de baja ni destruirlas, cumpliendo con la orden de un juez de proteger las piezas retiradas. Vale la pena recordar las palabras del profesor William López, exdirector del Museo Nacional y quien dio una clase en las escaleras: «Mi solidaridad con todos los trabajadores y trabajadoras que atraviesan una presión laboral y psicológica porque están asistiendo al asesinato de un museo».
















