
El Jordán: las casas por colapsar que la Alcaldía de Cali no nombra
(17/09/2026)
Por Abrahán Gutiérrez N.; Ismayelin Guillén y Marcela Peña.
Un mes después del sismo que sacudió a Cali el 10 de agosto, y mientras la Alcaldía conmemoraba la fecha con un acto oficial repleto de mariposas, decenas de personas del barrio Alto Jordán seguían durmiendo en carpas, junto a las mismas casas que amenazan con derrumbarse.
Un mes después del sismo, la Alcaldía de Santiago de Cali entregó su balance más reciente, con corte al 8 de septiembre: 154 muertos en la ciudad, 1.517 heridos y 14 personas que las autoridades aún no logran encontrar. Más de 12.000 edificaciones quedaron con algún tipo de daño y 24 colapsaron por completo.
De las 52.809 familias evaluadas, 45.139 recibieron el sello oficial de damnificadas. Las demoliciones apenas comenzaron: el 7 de septiembre cayó el primer edificio autorizado, el María Mercedes, en Cuarto de Legua, y otras diez construcciones ya tienen concepto técnico favorable para seguir el mismo camino. La ciudad ha sacado 102.518 toneladas de escombros y trabaja todavía en 769 puntos críticos, 262 sin resolver. En ninguno de estos reportes aparece nombrado el barrio Alto Jordán.
El momento en el que casi los perdemos a todos
Llegamos a Alto Jordán a las 12:27 del mediodía del 10 de septiembre, un mes después del terremoto. El sol pega directo sobre la calle angosta que separa las casas, y el aire trae, en cada ráfaga, un polvo fino de concreto que nunca termina de asentarse. No hay maquinaria pesada, ni cascos, ni chalecos con siglas de organismos estatales. Solo hilera tras hilera de puertas marcadas con avisos amarillos y rojos de la UNGRD —la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres— que declaran esas estructuras inhabitables, y gente sentada en sillas plásticas y carpas de campaña frente a lo poco que les queda: sus propios techos al borde de desplomarse.
Una vecina señala, sin que nadie le pregunte, la casa de la esquina, en la carrera 94B con 2ABIS-04. Ahí murió Yensi Lorena Delgado Restrepo, de 23 años, mientras intentaba correr con sus dos hijos cuando le cayó una pared encima. Los niños sobrevivieron. Ella no.

En ese mismo lugar casi muere aplastado Sergio Arboleda, 31 años, casado, padre de una niña que apenas cumple cuatro años. Su primo, Robinson Arboleda Trochez —33 años, oriundo del sector—, lo encontró atrapado bajo los escombros del segundo piso.
«Cuando llegué, él era el primero que estaba en el plano, el primero que me encontré en los escombros», dice, señalando el punto exacto con el dedo. Levantarlo no fue fácil —«él no es delgado, él es una persona que es muy fuerte, muy gruesa»— y solo tres personas lo ayudaron, en medio de una parálisis colectiva que Robinson todavía no logra explicarse: «La gente no colabora, se queda quieta (…) ¿qué más le toca a uno? Ayudar».
Sol Ángela Pinzón, tía de Sergio, desayunaba con él cuando vio el derrumbe en el instante exacto: «A Sergio se le desplomaron las paredes de las viviendas vecinas (…) cayó un poste». Detrás de él, cuenta, iba otra joven con sus dos hijos en brazos: «Ella no logró sobrevivir, ella murió ahí». Sus niños fueron rescatados. En la Clínica Valle de Lili, los médicos discutieron amputarle el pie a Sergio por la falta de circulación, hasta que un tercer especialista se opuso: «Hagámosle una incisión para salvarlo», propuso, y esa decisión lo salvó, aunque le esperaban seis cirugías más.


Hoy Sergio vive refugiado en la casa de su abuela, a 400 metros del lugar donde casi muere, un camino al que solo se llega subiendo cientos de metros de escaleras entre la loma —que él ya no puede bajar, con la pierna izquierda repleta de clavos—. «Estamos esperando las citas médicas en las que el doctor nos diga cómo quedo del pie (…) Nos censaron pero hasta ahora no nos han ayudado. Imagínese usted que yo soy padre y tengo que sostener a mi familia», dice.
La zozobra de perderlo todo y no tener “para dónde pegar”

A la misma hora en que Robinson cargaba a su primo entre los escombros, a kilómetros de ahí, en el cuarto piso de la Clínica San Fernando, Margot Trochez Pinzón —56 años, cuidadora de adultos mayores— sostenía la mano de Henny Navarro, a quien un cáncer que le rompió la columna lo había obligado a llegar a urgencias el día anterior.
Cuando la camilla empezó a moverse sola, Margot supo que no era un temblor cualquiera: «Todo se movía, la camilla, los vidrios, las paredes sonaban como si se fuera a caer el edificio». Calculó que no había manera de sacar a Henny a tiempo y decidió que, si el edificio caía, caería con las dos dentro. «Alcancé a despedirme», cuenta. «Le di las gracias por todo el tiempo y creímos que íbamos a morir». Pero un enfermero entró al cuarto, cargó a Henny en hombros y bajó con ella las cuatro plantas por las escaleras.
Margot volvió a su casa en la noche y ahí se enteró de que su hijo por poco muere aplastado a una cuadra y media de su casa, mientras intentaba huir, montaña abajo, del terremoto. Sobre su propio techo, mientras tanto, también habían caído fragmentos de un muro vecino como proyectiles desde más de veinte metros de altura. La casa de arriba está por desplomarse sobre la suya, y ya no hay forma de habitarla. El 13 de septiembre estuvimos ahí: se oía la caída de vidrios en los edificios que podrían colapsar sobre su vivienda. Hasta hoy, nadie de la Alcaldía ha tocado su puerta.
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Los años perdidos: así es ver desmoronarse toda una vida frente a los ojos
Justo encima de la casa de Margot vive Carmen Odila Segura —nariñense, 58 años, ama de casa—, que lucha por sobrellevar la pérdida de cuarenta años de trabajo, en la carrera 94C1 # 2A-42. Su vivienda perdió verticalidad y amenaza con irse contra las de sus vecinos; las paredes están resquebrajadas y la inclinación ya tapa la vista al cielo que antes tenían las escaleras hacia la parte baja de la ladera.

Carmen Odila nos dijo: «Yo sé que no es mi culpa, pero (…) no cabe en uno o en el corazón de uno que mi casa dañe las otras y perjudique a más personas. Eso a mí todos los días me ‘replica’ y pido mucho a mi Diosito para que no pase (…) Yo, por lo menos, estoy tomando gotas para poder dormir porque no estoy tranquila».

Esa misma inclinación amenaza el techo de Emilia Castrillón —68 años, ama de casa, a quien se le quiebra la voz al hablar de su difunto hijo, a quien llama el ángel que la protegió en el desastre—. Le queda una hija: «Yo miraba esos edificios que no hubieran caído, ese era el susto mío pensando en mi hija, yo no tenía miedo de nada, yo era mirando para allá». Su vivienda también tiene sello rojo, y entrar es casi imposible: la del lado podría ceder en cualquier momento.

Diagonal a esa propiedad está la de Doris Aidé Ramos, viuda, madre de una hija de 8 años y un hijo de 28 que necesita medicación constante. «El edificio de enseguida se cayó, unas paredes cayeron encima del techo de mi casa, el edificio está recostado a mi casa, que es esquinera (…) puede caer encima de las otras casas de los otros vecinos».

Idalia Guerrero —61 años, amable y sonriente pese a la adversidad—, nos relató que cuida la casa que una de sus familiares vendió pocos días antes del terremoto. Espera respuestas de la alcaldía para dárselas a la nueva dueña, debido a que la joven propietaria no puede asistir al lugar. «Se encuentra deprimida por haber perdido años de ahorros en el bien inmueble por causa del terremoto».

Su hermana Nelsy Guerrero Montilla, de 56 años, nos invitó a seguir a su casa que parece estar cediendo hacia el vacío : «En este momento podríamos morir aquí, en caso de que haya un mínimo movimiento». Nadie les ha dicho si van a demoler la casa, ni cuándo. Esa vivienda era el único sustento de la familia, que la arrendaba para pagar su propio arriendo en otro municipio. Hoy no tienen nada.
Cuando se pierde lo que todavía no terminas de pagar

Al frente vive Eury Muñoz, de 49 años, que pasó décadas levantando su casa piso por piso, a punta de créditos: «Empezamos a sacarlos para el primer piso, para el segundo, para el tercero, y el cuarto estaba recién(…) Las primeras semanas fueron muy duras, yo casi todos los días amanecía llorando». Nos confesó que le preocupa los rumores de empréstitos para reconstrucción porque todavía deben lo que pidió prestado para construir el que fue su hogar y hoy es una con fallas estructurales que la hacen inhabitable.

Los emprendedores con sus negocios en medio de la destrucción

En medio de la calle está Fabián Andrés Ruiz, 51 años, tendero, esposo de Sol Ángel. No hizo falta preguntarle nada: fue mostrando, una por una, las columnas expuestas de su casa. «Ya cumplimos un mes y acá la casa se asentó». Nueve casas de su hilera tienen cédula roja. Al principio durmió en carpas; ahora lo hace en casa de una vecina. «Nos toca amanecer aquí porque hay que cuidar las pocas cosas que nos quedan», dice, enumerando lo que se llevan cada noche: «Se llevan las ventanas. Las puertas. Los baños. Los contadores». Perdió el techo y el sustento en el mismo golpe: «El sustento de nosotros era esta casa, donde teníamos la tienda, donde mi esposa tenía su manicure». De la Alcaldía solo llegó, dice, «una chica que no tiene carné, no tiene nada».

A unos 50 metros vive Michael Steven Loaiza —34 años, microempresario de confecciones—. El día del sismo sacó a su esposa e hijos antes de que cedieran las paredes del corredor, y volvió a ayudar a una joven que quedó «realmente destrozada» bajo un muro. Desde entonces se ha topado con falsos funcionarios, con personas que fingían embarazos para recibir ayudas y con un intento de robo disfrazado de operativo humanitario. Organizó turnos de vigilancia nocturna con otros tres vecinos. Sobre su cuadra no tiene dudas: «Esta ha sido la cuadra más olvidada» de toda la comuna 18.
Una versión oficial que no concuerda con la versión de los habitantes
El 11 de septiembre, la Alcaldía de Santiago de Cali nos explicó que las carpas responden a decisión de los propios vecinos, que «optaron por vigilar sus pertenencias frente a las 17 edificaciones con sticker rojo del sector, no porque no hayan sido atendidas por parte de la alcaldía», pues los albergues se mantuvieron activos hasta hace una o dos semanas, cuando arrendadores y arrendatarios manifestaron ya tener dónde quedarse.

Consuelo Ruiz —51 años, ama de casa— cuenta otra cosa. Su familia pasó la primera semana en un albergue improvisado en Reserva de Meléndez: «A los ocho días la reubicaron en hoteles, para acabar con el albergue (…) Pero nosotros estábamos con las vecinas, como cinco familias en carpa, y nos dijeron levanten las carpas y se van porque aquí no puede quedar nadie (…) Nos tocó regresarnos nuevamente para acá y cada uno organizó su cambuche».

En esa misma llamada le planteamos al funcionario delegado por la Alcaldía de Santiago de Cali algo que habíamos comprobado con nuestros propios ojos: varias de las casas marcadas por la UNGRD solo habían sido inspeccionadas desde afuera.
Le dijimos que nuestro equipo al entrar había encontrado columnas partidas, varillas al aire y paredes que amenazaban con caer sobre las casas de atrás. Nos pidió fotografías. Se las enviamos. Un día después, la Alcaldía envió por fin ingenieros a evaluar las estructuras —tres, según contaron los vecinos—.
Varios afectados coinciden en que la funcionaria que lideraba esas visitas quiso hacerlos firmar un documento sin membrete oficial para autorizar la demolición, y les advirtió que si no firmaban, tendrían que pagarla ellos mismos.

El 12 de septiembre, la Alcaldía nos envió un mensaje con las acciones adelantadas en el Alto Jordán: una jornada con psicólogas de Comfenalco, 15 mercados entregados para la olla comunitaria, gestión de ropa nueva, censo de 31 viviendas, evaluación de 17 inmuebles con afectaciones graves —6 proyectados para demolición— y subsidios de arrendamiento para 26 familias en una primera entrega. También anunciaron que el alcalde visitaría la zona la semana del 14 de septiembre.
Ese mismo día, constatamos que la familia de Margot, solo por citar un caso, todavía no había recibido ese subsidio. Tampoco Sergio Arboleda, quien sigue con la pierna llena de tornillos, sin poder trabajar. Algunos vecinos sí confirmaron haber cobrado, a través de Gane —la empresa de chance de la región—, 800 mil pesos; ninguno dijo haber recibido mercados.
Por otra parte, vecinos del sector nos confirmaron que tras la inspección, algunos de los rotulos dispuestos en las casas cambiaron de color. Sin embargo, denuncian que la funcionaria que asistió advirtió que estos cambios aún no se reflejaban en el sistema por supuestos fallos tecnológicos que no permitían hacerlos.
No obstante, cuando empezamos a escribir estas líneas, el 10 de septiembre, la Alcaldía guardaba el minuto de silencio que prometió hacía un mes, solo interrumpido por los campanazos de las iglesias y una misa con mariposas posando de manera casi publicitaria en las manos de Alejandro Eder, en el barrio Capri —un sector de estrato 5—. Evento en el que el mandatario brindó palabras sobre la resiliencia y anunció supuestas inversiones para los damnificados. En el Jordán nadie hizo silencio: no hizo falta. Ahí, el 10 de septiembre, el silencio llevaba treinta días instalado, roto solo por el sonido de un vidrio que caía y sigue cayendo, de vez en cuando, desde una casa que nadie había venido a mirar por dentro.
* A la fecha de publicación de este artículo, Alejandro Eder no ha hecho presencia en el lugar, mientras los temblores de estos días siguen meciendo de manera peligrosa las estructuras de las casas.






