“La justicia solo es verdadera si es humana”: fiscal Sonia Velásquez
«las abuelas deben estar muriéndose de risa,
arrunchadas en la cocina de barro en el más allá
bebiendo chai, hirviendo vasos,
qué brutal debe ser para ellas
ver que una de las suyas
vivió con valentía…».
rupi kaur*
Primero fue la llamada. «Mi general Rodolfo Palomino le tiene un mensaje», soltó el general Jorge Enrique Rodríguez Peralta, entonces director de la Dijin. Era el 8 de febrero de 2014. Al otro lado de la línea, Sonia Velásquez, fiscal delegada ante los jueces penales del circuito especializado de Bogotá.
Su interlocutor, Rodríguez Peralta, le propuso verse en algún lado o mandar por ella para llevarla a la oficina del director general de la Policía Nacional. Sonia declinó la invitación. «Yo de mi casa no me muevo, general, contestó. Respiró hondo. Dejó que su intuición pisciana la orientara, porque la experiencia que le daban los veintidós años que llevaba en la Fiscalía General la revestían de un cálculo y aplomo de cirujana. Su especialidad: investigar el lavado de activos.
A los 20 minutos sonó el citófono de su residencia. De la portería le anunciaban que Rodríguez y Palomino habían llegado. En lo que se demoraron en subir los siete pisos, le pidió a su hija el celular para grabar lo que tenían por decirle. Con rapidez, la fiscal escondió bajo una mesita el teléfono en modo grabación, los hizo seguir y les indicó dónde sentarse. Sabía que no venían a felicitarla por el operativo que estaba a punto de sacarla de uno de los procesos judiciales más determinantes de su carrera en la Fiscalía.
Por esos días por venir
por este brindis para mí
por regalarle la intuición al alma mía
La fiscal Sonia llevaba cinco meses investigando el violento despojo de tierras en Tulapas, uno de los bastiones conquistados a sangre y fuego por la casa Castaño en el Urabá antioqueño, en plena expansión paramilitar en la década de 1990. El caso le fue asignado como parte de la Unidad de Análisis y Contexto, la joya de la corona de la Fiscalía de Eduardo Montealegre —como lo describió Sonia—, cuya misión urgente fue judicializar a los máximos responsables de crímenes de lesa humanidad.
Eran, también, los albores de los diálogos de paz entre la guerrilla de las FARC con el gobierno de Juan Manuel Santos, un trasfondo en el que se hallaba la explicación al porqué de la misión de la Fiscalía de Montealegre hacia funcionarias como Sonia.
Cuando llegó al caso conocido como Tulapas encontró, junto con todo el equipo que se armó en el ente investigativo, que se enfrentaban a un victimario poderoso conocido como el Fondo Ganadero de Córdoba. Un fondo mixto entre el Estado y el gremio ganadero, que creó una red de cientos de ganaderos en todo el país desde su nacimiento a mediados de los años cincuenta.
En la repartición de las líneas de investigación a Sonia le correspondió indagar a los miembros de la junta directiva de aquella organización. Las sospechas apuntaban a ellos: los hombres que conformaron aquella instancia a finales de los noventa.
Resultó que en el ínterin de la investigación una fuente poderosa, el entonces gerente del fondo, se lo confirmó. Se trataba de Benito Osorio Villadiego quien fue capturado por este equipo. Aquella junta —dijo Osorio en indagaciones a las que Cuestión Pública tuvo acceso— se habría aliado con los paramilitares para despojar a cientos de campesinos en dicha zona.
Todo revestido en actas y con apariencia legal.
Uno a uno, Osorio Villadiego identificó a los miembros que, cooptados por los hermanos Castaño y su fundación Funpazcor, engañaron a campesinos para arrebatarles y en algunos casos “comprarle” sus tierras bajo presión y a precios irrisorios, siendo los máximos responsables del despojo.
Una estrategia ampliamente documentada por organizaciones civiles como Forjando Futuros, el Centro de Memoria Histórica, procesos de justicia transicional como Justicia y Paz y la Comisión de la Verdad. Gracias a estas autoridades civiles y judiciales se supo que lograron el despojo de Tulapas a punta de asesinatos, masacres y desplazamiento forzado perpetrado por paramilitares para luego legalizar 10 000 hectáreas mediante escrituras y mecanismos fraudulentos con la complicidad de funcionarios públicos en esa región.
En casi medio año, Sonia logró desempolvar un vasto proceso que llevaba catorce años arrumado en los anaqueles del olvido de la Unidad contra el Terrorismo.
Cotejando documentos, obteniendo testimonios y pruebas clave, Sonia y su equipo armaron un complejo rompecabezas de la violencia. Allí se encontró de frente con el empresario Luis Gonzalo Gallo Restrepo, uno de los miembros de aquella junta directiva, a quien investigaba por concierto para delinquir, lavado de activos y desplazamiento forzado por este caso.
Tantos incendios provoqué
tantos fracasos me probé
que no me explico cómo canto todavía
Gallo Restrepo, nacido en Nueva York y criado en el Valle del Cauca, saltaba como mosca en leche ante los ojos de Sonia. ¿Qué hacía allí un empresario que trabajó con los grupos económicos más importantes del país? ¿Por qué accedió a comprar unas tierras en terrenos dominados por los paramilitares, él, justo él, una persona que se formó en Harvard?
Aunque las preguntas formaron parte de la investigación, los reportes de asesinatos de líderes campesinos del caso Tulapas presionaron para detener este flagelo, contexto que puso su grano de arena para que la fiscal solicitara la captura de dicha junta el 8 de febrero de 2014.
Incluido «el cacao», miembro de la junta directiva del Fondo Ganadero, Luis Gonzalo Gallo. Y para detener su orden de captura, el mismísimo director de la Policía Nacional fue hasta su casa aquel sábado. Subió los siete pisos que anteceden la llegada al apartamento. Una vez estuvo sentado hizo observaciones a una decoración mexicana que tenía Sonia. Rodeo va, rodeo viene hasta que la voz del general Palomino pronunció:
—¿Qué tal si dejamos eso pendiente? —Y continuó—: él es amigo personal del expresidente [Andrés] Pastrana y del presidente del Banco Mundial, el doctor [Luis Alberto) Moreno].
El tráfico de influencias se manifestaba. La flagrancia se configuraba desde el celular que, escondido en una mesita de la sala de la casa de Sonia, grababa en silencio.
Sonia, serena y firme, le respondió:
—Es imposible desde el punto de vista de la legalidad, porque la prueba existe…
Ella se define como una caleña de corazón y una fiscal operativa, “de resultados”, y la operación del caso Tulapas fue la muestra de su trabajo. Hubo ocasiones en las que llegó a solicitar hasta 34 órdenes de capturas, según comentó.
Once años después de transcurridos los hechos, la justicia constituyó para ella una especie de búsqueda de la belleza. Una sensación que se conectaba con la libertad que sentía desde niña cuando pasaba tiempo entre bosques encantados y paseos a caballo en las prósperas tierras agrícolas del Valle del Cauca, donde pasó parte de su infancia.
«Crecí con una libertad absoluta, recorriendo todo a mi alrededor. Vivía rodeada de animales, sobre todo de muchos caballos; me montaba en ellos […] ese contacto tan importante me sirvió para mi vida frente a la sensibilidad que me caracteriza», contó.
En la entrevista de nuestro especial feminista Históricas (ver en www.cuestionpublica.com), Tatiana Antolinez, de Cuestión Pública, le preguntó:
—Sonia, ¿y cómo fue mirarlo a los ojos y decirle que no a uno de los hombres más poderosos del país en ese momento?
Soltó una sonrisa y respondió:
—¡Cómo te digo a ti que no!
Y en esas noches de luna
donde los recuerdos son puñal
me abrazo a mi guitarra
y canto fuerte mis plegarias
y algo pasa, pero ya nada me hace llorar
Continuó:
—Yo no hice nada extraordinario, hice lo que se debía hacer.
[…]
—¿Y su seguridad? —preguntó Palomino poco antes de dejar su casa.
—Ando con Dios —contestó ella al hombre al que todavía le guarda un respeto solemne por el cargo que ostentó: director de la Policía Nacional de Colombia.
Pero su decisión de grabar al entonces general de la Policía movió a la justicia. Después de una década, la Sala de Primera Instancia de la Corte Suprema de Justicia encontró responsable en primera instancia a Rodolfo Palomino por tráfico de influencias por tratar de interferir en la captura de un investigado por la Fiscalía: Luis Gonzalo Gallo Restrepo.
La de Palomino no fue la única presión que recibió para evitar la judicialización del empresario, quien había trabajado en la empresa mixta de energía ISA y compañías como Bavaria. También recibió llamados de sus superiores para lo mismo.
Se negó con Palomino.
Se negó con superiores.
Se negó.
| Se sostuvo de principio a fin
Las amenazas aparecieron.
—Hubo una llamada al teléfono de mi casa en la que me decían que había uno o dos lotes reservados en el jardín cementerio La Inmaculada y que ya estaban pagos y que me acercara a firmar las escrituras —aseguró.
En aquel momento, la Fiscalía no le proveyó seguridad para ella ni su familia.
—Con los únicos que andaba era con Dios y con los ángeles —dijo.
Sonia no cedió. La justicia era más relevante que el poder. ¿Y las víctimas? ¿A dónde iba a parar todo el trabajo minucioso y de rigor que habían hecho ella y su equipo en el caso Tulapas si ella cedía? ¿Qué pasaba entonces con los que tienen que pagar por haber despojado a los niños de su hogar? ¿Su proyecto de vida?
La suerte estaba echada. Gallo Restrepo fue capturado y al poco tiempo recobró la libertad. La fiscal fue apartada del proceso: el castigo de manual para los funcionarios que enfrentan al poder. Se ganó la fama de fiscal problema.
Entonces, dijo:
—A una fiscal problema no la ascienden, a una fiscal problema no le sueltan un departamento o una unidad para dirigir.
Llegó como fiscal seccional a la institución en 1995, inspirada por su papá, que era juez. En ese rol duró dos años. El único ascenso que consiguió lo obtuvo a través de un concurso en el que se convirtió en fiscal delegada ante los jueces penales del circuito, posición que sostuvo hasta su retiro.
—Mi cargo me lo gané en carrera, le agradezco a la institución, pero terminé con el cargo que yo me gané, nunca hubo un ascenso, ni siquiera una propuesta.
Tantos desiertos que crucé
tantos atajos esquivé
tantas batallas que pintaron mis heridas
Solo hubo una pregunta sin resolver: ¿quién dio la orden al general Palomino para buscar que la fiscal Sonia Velásquez cambiara su decisión de capturar al empresario Luis Gonzalo Gallo? Ella sabe que a él lo envió un superior, pero nunca supo quién.
Ese episodio que cambió su vida para siempre ocurrió hace once años. Se jubiló hace poco de la Fiscalía. También es diseñadora de la Universidad de Barcelona. Comenzó a estudiar un año después de la visita de Palomino y de su retiro del proceso, el año en que su vida cambió para siempre. Se graduó en plena pandemia, causada por el virus SARS-Cov-2.
—No somos personas de una sola pasión. Tenemos muchas —dijo al referirse a su gusto por el diseño.
El brindis de la cantante argentina Soledad Pastorutti suena de fondo en la playlist de su vida. La representa. La canción es resiliente como ella. Habla de las heridas que no esconde, de los recuerdos que aún evoca, de la soledad y el desarraigo que la atravesaron por el caso Tulapas, de la celebración y del renacimiento que le siguieron a ese episodio. El coro se repite una y otra vez en su cabeza, en su corazón.
Porque los días se nos van
quiero cantar hasta el final
por otra noche como esta doy mi vida
| El camino de la justicia lo proyectó su padre
Un día, mientras esperaba en silencio a que aquel juez terminara su labor, Sonia presenció una escena que sería su propia marca del destino. Trae a la memoria a «un señor privado de la libertad […] con mucha marihuana que cubría casi toda la habitación». Recordó cómo su padre, siendo juez y lejos de la arrogancia del poder, le dio un trato digno. Lo hizo «con mucha consideración, con mucho respeto».
De allí nació su convicción profunda: la justicia solo es verdadera si es humana.
De niña creció en el municipio de Andalucía, Valle del Cauca, luego de que su papá fuera trasladado.
La vida, entonces, “transcurría en una hacienda tan vasta que parecía un reino encantado”.
Le contó a Cuestión Pública que allí, junto a su hermana, jugaban entre charcos, bambúes y flores exóticas, y compartían el tiempo en el cauce seco de un antiguo río.
Sonia estaba convencida de que mientras cabalgaba, la acompañaban «hadas, duendes y todos los elementales», quizá la fuerza necesaria para ser fiscal en el futuro.
Las dos hermanas organizaron circos improvisados con pijamas convertidas en melenas y bastones creados con cualquier rama del bosque; no jugaban solo a inventar mundos: ensayaban, sin saberlo, a ser libres.
Su hermana y ella formaron parte de la primera generación de su familia que pudo elegir por gusto la carrera universitaria. Por eso, uno de sus poemas favoritos de la escritora rupi kaur habla sobre la montaña que ella junto a su hermana sí pudieron escalar, sin olvidar que el camino fue construido con el sacrificio del resto de mujeres de su familia: las que no pudieron elegir.
«me paro ante los sacrificios
de un millón de mujeres antes de mí
pensando qué puedo hacer
para que esta montaña sea más alta
para que las mujeres que vengan después de mí
puedan ver más allá».
rupi kaur
Recientemente, en la sala del apartamento de su madre, mientras conversaban, le confesó un anhelo oculto. Su madre siempre quiso estudiar psicología, pero su educación llegó hasta que se casó. Sus otras vidas, las que no fueron en este plano, las imaginó y las materializó con la ayuda de los libros.
Sonia saborea, orgullosa, la mujer que ha conseguido ser. Abrió camino no solo para su hija y las mujeres de su familia, sino para muchas funcionarias de la rama judicial.
—Perdón el término, pero no se dejen manosear ni como mujeres ni como servidoras públicas. En el momento que se sientan presionadas, tengan las pruebas y no tengan el temor de denunciar. Y si no hay nada que denunciar porque no es ilegal, pero es incómodo, den un paso al costado […] porque la vida no perdona cuando uno actúa bien, pero tampoco perdona cuando uno actúa mal.
Ella contempla con esperanza un futuro en el que las nuevas generaciones no tengan que cargar con la sensación de que su trabajo pasa inadvertido. Anhela que cada mujer que lucha por la justicia en Colombia reciba el reconocimiento que el patriarcado le ha negado durante años a quienes abrieron camino antes que ellas.
Su propia historia —un testimonio de valentía y de fe en la justicia colombiana— nos recordó que cada paso, por incómodo y problemático que se presente en el camino, tiene la fuerza de transformar el mundo.
Por esos días por venir
por este brindis para mí
por regalarle la intuición al alma mía
porque los días se nos van
quiero cantar hasta el final
por otra noche como estas
por mi vida
-Brindis de Soledad Pastorutti
Históricas es un proyecto original de Cuestión Pública.
Se trata del relato coral e innovador que busca iluminar desde el periodismo la labor de las mujeres, tanto en la administración de justicia en Colombia como en su participación en diversos procesos.
*Los apartados de los poemas de rupi kaur se escriben sin mayúsculas para respetar el estilo de la escritora y poeta.
Mira la entrevista completa aquí:
Créditos:
Dirección editorial: Diana Salinas. Edición: Diana Salinas. Cuidado de textos: Gabriela de la Parra. Entrevista en video: Tatiana Antolinez, Laura Tovar, Andrea Rincón. Texto: Andrea Rincón, Tatiana Antolinez. Edición legal: Laura Martínez. Fact Check: Sergio Retavisca. Producción audiovisual: Laura Tovar. Coordinación: Ilse Cárdenas. Audiencias: Natalia Gómez Q. Diseño e ilustraciones: Heidy González. Web Master: Paola Téllez.




