El sueño incumplido

(18/04/2021)

Por: Gerardo Reyes

Extracto del libro Alex Saab: la verdad sobre el empresario que se hizo multimillonario bajo la sombra de Nicolás Maduro (Editorial Planeta, Colombia)

Alex Saab soñaba con ser un magnate en Miami. En julio de 1995 registró en Florida la firma Saab Company Inc. con la idea de abrir el mercado internacional de la fábrica de toallas de la familia. Montó oficina en Brickell, el distrito financiero de Miami, planeaba constituir otra firma en Nueva York y contrató a un abogado para tramitar su visa de inversionista mientras usaba la de turismo. 

La pareja se estableció temporalmente en una casa del barrio Kendall, al suroeste de Miami, que el padre Gustavo Certain y la madre de Cindy, Juliana Isabel, habían comprado en 1981. Cynthia estudiaba idiomas en el Miami Dade Community College. Todo andaba sobre ruedas hasta que los planes se descarrilaron repentinamente en 1997, cuando Saab se presentó a renovar el visado de turista en el consulado de Bogotá. La embajada anuló las visas de él y su esposa sin dar explicaciones. A los pocos días el matrimonio recibió una carta informando que el visado había sido cancelado por sospechas de narcotráfico y lavado de dinero. 

Fue un golpe muy duro para Saab y toda su familia. Días antes, en Barranquilla corría una versión que parecía explicar la decisión de la embajada: la Policía había encontrado cocaína en unas cajas de toallas de la empresa de los Saab cuando iban a ser enviadas al exterior. “El cuento se regó por toda Barranquilla”, recuerda una chismosa de la ciudad.

  En 2018, después de una larga búsqueda, encontré a Richard Hawkins, el cónsul que firmó la carta de anulación de la visa de Alex Saab. Lo llamé a su casa en Nuevo México donde disfruta plácidamente del retiro. Con voz de locutor, el exdiplomático de 75 años no me dejó terminar la descripción del episodio de las toallas para decirme que lo recordaba porque había sido el encargado del “portafolio de narcotráfico” en Colombia entre 1996 y 1998. No tenía presente cómo se había enterado del incidente con las cajas de exportación, pero me dio un detalle desconocido: que la cocaína había sido esparcida sobre las toallas en forma de solución líquida. Un hombre, quizás Alex Saab, que se presentó para dar explicaciones, le dijo al cónsul que todo había sido una confusión, un malentendido, pero Hawkins se mantuvo en la decisión, me dijo. La esposa de Saab intentó de nuevo, según otra fuente, pero el funcionario que la atendió le puso como condición que entregara información sobre el caso. Certain no tenía nada que ofrecer. 

Saab no pudo volver a Estados Unidos. En marzo de 2016, casi veinte años después del incidente, la embajada estadounidense en Colombia rechazó una solicitud de visa a dos de sus tres hijos. En el formulario de reprobación el cónsul señaló una disposición que justifica la decisión si el solicitante “obtuvo un beneficio financiero o de otro tipo proveniente de actividad ilícita” y sabía que tal beneficio no era legal. 

Don Luis Saab, el padre de Alex, me envió su versión a través de la periodista Betty Peláez. Él cree que este episodio no tuvo nada que ver con el retiro de la visa de su hijo, aunque acepta que ocurrió. Según su versión, en Puerto Colombia estaban listos unos contenedores con la lencería para exportación, pero alguien les plantó unos cuantos kilos de droga “para dañarles el negocio y la reputación”. “La envidia por ser trabajadores y prósperos era cada vez más grande y este fue uno de varios intentos de sacarlos del mercado. La Policía ya lo conocía y le avisaron lo que estaba sucediendo, dándose cuenta de que eso fue todo un complot para sacarlos del camino”. Por otras fuentes me enteré de que los Saab comentaban con sus amigos que la droga fue sembrada en el cargamento por una familia judía con quien el padre de Saab mantenía una agria relación. “Ellos fueron y les dijeron a los gringos, mira esta gente está haciendo esto”, recordó una persona directamente conocedora del episodio. “Desde antes la relación de los judíos con el papá de Alex era muy mala, un día se iban a dar tiros”, agregó. Ninguno de los Saab fue acusado judicialmente por el caso de las toallas. 

Sin título académico, con el primogénito recién nacido, Saab montó una modesta empresa de venta de publicidad que fabricaba llaveros de promoción empresarial. A mediados de 2002, constituyó Jacadí de Colombia Limitada con la que empezó a confeccionar uniformes de trabajo, camisetas estampadas y ropa de vestir. Entre sus clientes estaban los supermercados Vivero y las estaciones Esso, y existen registros de exportación de sus productos. Saab sostiene que su exitoso espíritu empresarial comenzó desde adolescente. “A los 18 años creé mi propia marca de ropa y tras cumplir los 20 dejé un negocio familiar que contaba con 2.000 trabajadores directos y 10.000 indirectos”, escribió desde Cabo Verde. Según él, la empresa producía más de doce millones de prendas al año y exportaba a veinte países. De ser cierto, un éxito empresarial de esta magnitud en solo dos años de existencia de la compañía, no tendría antecedentes en Colombia. Un comerciante que tenía una casa de cambio en la ciudad me dio una descripción menos boyante. “Es cierto que Saab y sus hermanos eran muy buenos trabajadores, para qué, y Alex era un tipo muy buena persona, pero a veces yo tenía que hacerle adelantos para que pagaran la nómina”. Otra fuente de la época recordó que varias veces los Saab tenían que “correr bases” cuando se acercaba el pago del personal. En una ocasión, agregó, tuvieron que acudir a un extraño vendedor ambulante que se apostaba a la entrada de la fábrica. El hombre, además de vender chicles, cigarrillos al menudeo y galguerías, prestaba dinero con intereses de agiotista a los empleados alcanzados. La fuente recuerda que cuando Alex Saab le pidió que llevara a la oficina al vendedor, pensaba que estaba bromeando en medio de su afán por cumplir con los obreros. “Pero era verdad, me decía que sí, que era en serio, y fui y llamé al hombre y negociaron”. 

           En esos años Saab y Certain vivían en el edificio Bellagio de Barranquilla, una construcción de veinticuatro pisos en una zona de estrato cinco y seis. Para los estándares de la ciudad, llevaban una vida social poco agitada. “Ambos tenían una personalidad reservada, no eran muy sociables y su hogar era muy hermético. Ellos no eran de los que estaban en fiestas”, comentó una amiga de juventud de la pareja. La rutina de Saab entonces no tenía sobresaltos: salía en su BMW negro a las cinco de la mañana de su casa a su fábrica, luego regresaba a llevar a los niños al colegio. Su segundo hijo Isham Ali nació en 1999. Después se iba a trabajar a la fábrica del padre y a la una y media recogía a los niños. Decía que no había un momento más “invaluable” del día que la conversación con sus hijos en esos recorridos. “A las seis de la tarde ya tenía la pijama puesta, no le gustaba tomar”, me dijo un amigo suyo. Cuando le pregunté por la afición más importante de Saab me respondió que ser padre. Para él estaban primero los hijos, luego el papá y al final la esposa. “Es obsesionado con los hijos, si él pudiera amamantarlos lo haría, él los cambiaba, los peinaba, les armaba la lonchera y él era siempre el primero en llegar a todas las celebraciones del colegio de los pelaos 46 y las esposas nos decían ¿te das cuenta que Alex si llegó a tiempo? Mierda, se tiraba la plaza”. 

Una persona que trabajó para el matrimonio en esa época, años 2001, 2002, recuerda que la vida de Saab giraba en torno a la fábrica. Como gerente comercial trabajaba duro todos los días de la semana junto a su papá y su hermano con quienes hablaba en árabe libanés. Mientras tanto, Certain estaba al cuidado del primogénito Shadi Naín de no más de un año. A medida que crecían los niños, Certain debió asumir un rol de madre estricta que imponía orden y autoridad ante las alcahueterías de Saab. A ella la recuerdan como una joven atractiva que usaba minifaldas espectaculares, muy consciente de su belleza y de su clase social. 

Casa y quiebra

 Saab salió adelante en el negocio textil cuando ya tenía más de 35 años. Según él, lo combinó con inversiones en el sector de la construcción. Dice que llegó a construir mil apartamentos “de forma privada y sin subsidios ni ayuda del gobierno”. He consultado con varias personas cercanas al empresario que me han dicho que no recuerdan una actividad tan prolífica en este sector. En 2007, sus ingresos le permitieron echar los cimientos de una casa de 15.000 pies cuadrados en una exclusiva zona a las afueras de Barranquilla conocida como Lagos de Caujaral. En planos tenía seis habitaciones, un cuarto principal y dos de huéspedes, además de un sótano con spa y teatrino. “Era un tipo bastante seco, excéntrico y raro para mí, pero muy retraído”, recuerda alguien que lo conoció en esta época. 

Gustavo Certain, el padre de Cindy, ejecutó los planos diseñados por el costoso arquitecto de moda Virgilio Sierra. Cindy insistió en que su walking closet debería ser lo suficientemente amplio como para contener su colección de más de doscientos pares de zapatos y unas quinientas carteras. Saab se cercioró de que los arquitectos reservaran un espacio para construir un helipuerto donde pensaba aterrizar un minihelicóptero que tenía en su lista de caprichos.

Algo empezó a salir mal en los negocios de Saab. ¿Había invertido en exportaciones a Venezuela y no recibía los pagos? ¿Se cayeron las ventas de la fábrica por la crisis mundial de las hipotecas? ¿Había crecido demasiado rápido? ¿Todas las anteriores? Estos interrogantes daban pie a sesiones enteras de chismes del Country Club de Barranquilla. Las bases de datos judiciales de Colombia contaban una historia más objetiva y alarmante. A finales de 2009 y principios del año siguiente Saab, su esposa y Shatex, la empresa familiar gerenciada por él, empezaron a recibir citaciones de juzgados de circuito de Barranquilla por procesos ejecutivos. Bancolombia, Fiduciaria del Valle, Banco Davivienda, Leasing de Occidente y Cooperativa de Ahorro y Crédito Santander perseguían lo que estuviera al alcance del patrimonio del empresario. Los bancos embargaron el lote y la casa en obra negra. Las tarjetas de crédito fueron canceladas y sus titulares notificados a la despiadada lista de los deudores morosos de Datacrédito. Los Saab tuvieron que mudarse a un apartamento alquilado en el edificio San Ángelo, donde vivía el hermano de Alex. Para pagar parte de los gastos mínimos, Certain debió empezar a vender una deliciosa torta de chocolate preparada por ella y que ya había hecho famosa en los cumpleaños de sus amigos. La torta Cindy, le decían. En medio de esa crisis, el comerciante de Barranquilla Reinaldo Slebi le dijo a Saab que le presentaría a un amigo a quien le estaba yendo muy bien en Venezuela. Un tal Álvaro Pulido.

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