No paraba. No paraba. No paraba.

Ha muerto J. Guillermo Escobar Mejía. Un héroe. Las circunstancias de su encuentro fueron mágicas. Sin duda, me estaba esperando. Lo busqué desde que empecé un proyecto de libro. El equipo con el que arranqué lo sabe, porque le pedí encontrarlo.

No paraba. No paraba. No paraba.

(08/04/2025)

Por: Diana Salinas

Periodista con 14 años de experiencia, cuatro premios Simón Bolívar y directora editorial de Cuestión Pública, medio digital enfocado en investigar el poder. Ha trabajado en La Nación, diario argentino, Noticias Uno, Cuatro Caminos (RCN), entre otros. Es coautora del libro Memorias: 12 historias que nos deja la guerra y autora de una próxima publicación con editorial Planeta.

Sé que poco puedo escribir cuando estoy tan triste, pero voy a intentarlo.

Ha muerto J. Guillermo Escobar Mejía. Un héroe.

Las circunstancias del encuentro fueron mágicas. Sin duda, me estaba esperando. Lo busqué desde que empecé un proyecto de libro. El equipo con el que arranqué lo sabe, porque le pedí encontrarlo. Tuve respuestas negativas durante el año en que se intentó. Atravesaba su periplo del final de la vida y sus hijas ya no querían que fuera consultado. También padecía de demencia senil. Lo entendí. No obstante, no me rendí.

Un día de 2024, alguien que quiero mucho me contó que había conocido a un gran tipo, un exfiscal maravilloso que enfrentó con gallardía el paramilitarismo y el narcotráfico al final de la década de los noventa. Supo de él a través de un exyerno a quien conoció. Ese personaje le contó las historias de Escobar. Historias llenas de amor, guerra y poesía.

Tenía una consigna de vida que le encantó a mi amigo:

—Él decía que le tenía miedo solo a tres cosas en la vida: a una ira de Dios, a una escasez de mujeres y a una peladez bien brava. De resto, no le tenía miedo a nada más.

Y era cierto.

Gracias a él llegué a las hijas, Luz María y Olga, cuando ya no esperaba que sucediera. El editor de Planeta hizo los ajustes del libro a finales de 2024. En enero de este año aproveché para conversar con ellas y, si era el caso, incluir un poco más en la versión cuasi terminada.

Un poco más, dije. Ja. Después de escucharlas me provocó hacer un libro solo de J. Guillermo. Comprendí tantas cosas.

Antes había buscado su libro, justo después de entrevistar a Iván Velásquez. Me dijo que la mejor forma de conocerlo era leyendo Conceptos fiscales, por los que nacen procesados, porque ahí se exponía al «hombre —que él consideraba— con un alto valor de la justicia».

Lanzamiento del libro Conceptos fiscales, por los que nacen procesados. J. Guillermo Escobar es quien firma libros. Aparece abrazado con Iván Velásquez, quien hizo el prólogo del libro. Cortesía de la familia.

Encontré un ejemplar en la Biblioteca Luis Ángel Arango. No voy a decir todo lo que viví a través de esta lectura, porque hace parte del libro que —espero— salga pronto. El de Escobar es un libro de oficios en los que les recomendaba a los jueces, comandantes de policía y procuradores, entre 1984 y 1985, la compasión que debían tener en cada caso. Las observaciones de él tenían un amplio relato de cómo llegaban los asesinos a cumplir su cometido. Sustentaba sus conceptos basado en las injusticias de este país que jamás se habían reconocido. Escribía en calidad de fiscal segundo superior:

«La justicia no es abstracta. Es física como el pan. Fresca, diáfana y sencilla como el agua en la tinaja de barro. Colectiva como es el aire y debiera ser el trabajo. No es celestial, para repartir infiernos».

Me sorprendió la poesía en cartas jurídicas. Y supe que hay algunas personas en Colombia que nacen culpables.

Escobar es un personaje del libro próximo a publicar porque trabajó con Velásquez —el exministro, exmagistrado, exfiscal, exprocurador— en la Fiscalía Regional de Medellín, de 1997 a 1999, cuando se convirtieron en una corte de incorruptibles. Descubrieron al monstruo en su laberinto y, por esto, recibieron amenazas que aún hoy me cuesta entender cómo aguantó —él y su familia— tanto.

Fue profesor de tesis de Velásquez y, cuando este último recibió la misión del exfiscal general Alfonso Gómez Méndez de hacerse cargo de la regional, llamó a dos de sus personas de confianza. Entre esos, Escobar. Lideró la Unidad Dos de Paramilitarismo de la Fiscalía Regional de Medellín.

Uno de los últimos vejámenes que lo hizo salir corriendo fue la cabeza de su escolta, que llegó a su casa empacada en una caja, en 1999. A los dos días estaba en Suiza. Fue el final de su carrera en la Fiscalía. Las cartas que dejó pidiendo auxilio para su él y su equipo estremecían a cualquiera.

La génesis de garantizar los derechos a la población carcelaria la encontré en él. Fue uno de los maestros de Ética más amados de la Universidad de Medellín. Acabó con prácticas terribles en la cárcel de Bellavista. Colaboró en donaciones de libros a los privados de la libertad. Un defensor de derechos humanos incansable. Ayudó a proteger al fiscal que siguió el caso del asesinato de Jesús María Valle y a muchos otros que aparecieron en una lista letal del temible Carlos Castaño. Estuvo con Velásquez en el liderazgo de los casos más tenaces de paramilitarismo de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU) y la banda La Terraza. También compartió esos días con Gregorio Oviedo, el exdirector del CTI de Antioquia de entonces y otros investigadores que fueron asesinados. Fue uno de los primeros en interrogar a Jacinto Alberto Soto Toro, alias Lucas, el financista de las ACCU, capturado en el allanamiento al Parqueadero Padilla.

Al hablar con Luz María y Olga, la grandeza del ser humano me conmovió. Tuvo una familia unida hasta el final. Luz Elena, esposa y madre, era su compañera infalible. Su más grande apoyo murió de Covid hace tres años. Con ella tuvo cuatro hijas: Gloria, Luz María, Olga y Catalina. Era un protector enorme.

Con la versión de ellas, lo imaginé en su casa. Le daba a esas teclas de la máquina de escribir, con gritos poéticos redactaba las alertas a las autoridades internacionales para que velaran por ellos. Los estaban exterminando y él, como los músicos del Titanic, no paraba de insistir por la vida de los agentes de la ley.

No paraba. No paraba. No paraba.

Nació en Fredonia, Antioquia. Olga contaba que le encantaban los mangos y por estar bajando unos cuantos sin permiso lo echaron del seminario donde estuvo siendo muy joven. Sabía defenderse y defender a sus seres queridos. Su jornada siempre se detuvo para almorzar, comer y conversar con su familia en el balcón de la casa amada donde alguna vez vivieron juntos en Medellín. Fue el hombre más valiente que ellas conocieron en su vida.

Mi tristeza era esta: asistí al final del camino de un héroe. No solo lo incluí entre las páginas del libro aún inédito. Ayer, Luz María me advirtió que estaba en cuidados paliativos, el mismo día que logré la versión final del libro. Con esto ya podía ir a Medellín y conocerlo en persona, dado que nuestras conversaciones fueron vía digital con Olga y Luz María. Así fuera días antes de partir de este mundo, no importaba. Planeé llegar el viernes para despedirme, pero murió hoy, martes 8 de abril de 2025.

Esa coincidencia de terminar el libro y morir, como si me hubiera esperado, quedó en mi corazón. Fue una de las personas que venció al mal. Siguió con vida, fuerte y valiente hasta sus 87 años. Lo iba a extrañar. 

Cuando las cosas se pusieron color de hormiga, Olga le preguntaba cómo hacía, porque la vida se había vuelto insoportable. Él las sentaba en el balcón y les decía: «No olviden la belleza de los detalles. Las flores del jardín de mamá. El canto de los pajaritos. El amor que yo siento por ustedes».

Olga me dijo algo muy bello: «Si mi papá te hubiera conocido, serías una de sus protegidas».

No lo dudo.

Chao, J. Guillermo. Gracias sin fin.

Por la belleza de tu vida, por la belleza de tus hijas.