(13/09/2019)

Xavier Fargetton es un inmigrante en Colombia, asesor y emprendedor internacional en biotecnología (ciencia y estrategia).
Xavier Fargetton es un inmigrante en Colombia, asesor y emprendedor internacional en biotecnología (ciencia y estrategia).

La ciencia como la conocemos desde el siglo diecisiete y hasta hoy, ha entrado en crisis a nivel mundial. Ella enfrenta una serie de limitaciones que parece no poder superar sin un cambio de paradigma.

La ciencia puede ser respetable y emocionante cuando no olvida su limitación inherente a su acercamiento a la realidad y cuando no pretende ser el enfoque hegemónico del conocimiento. A propósito de esto, científicos honestos y epistemólogos tan diferentes como Popper o Feyerabend coinciden en que la certeza en la ciencia no existe. Para Karl Popper, lo que hace que una teoría sea científica es su capacidad de ser derrotada y Paul Feyerabend ha demostrado que ninguna teoría con un interés real podría estar de acuerdo con los resultados de todos los experimentos (Aurelien Barrau “De la Verite dans les Sciences”). La ciencia, a priori, no puede acercarse a la fluidez y complejidad de la realidad, por esta razón, como punto de partida, debe alejarse de ella (concepto de Henri Bergson) y proponer unas interpretaciones conceptuales que le permitan funcionar, experimentar y descubrir. Al hacerlo, la ciencia crea mundos bajo restricciones. Ella puede pasar hitos al interior de estos espacios, pero siempre se chocará con las fronteras que ha creado. El Human Brain Project (www.humanbrainproject.eu) ofrece un buen ejemplo de este enfoque. El objetivo de este proyecto, que involucra a más de 130 instituciones de investigación europeas, es la reconstrucción digital del funcionamiento del cerebro humano. Se propone, que este funcionamiento se base en el procesamiento de una gran cantidad de informaciones elementales de tipo 0 y 1 y que, por lo tanto, sea posible reconstituirlo con la ayuda de computadoras poderosas. No hay duda de que este enfoque permitirá el descubrimiento de algunos tratamientos para enfermedades neurológicas, pero sería ingenuamente arrogante pensar que permitiría comprender nuestro modo de pensar resultante de más de 4 mil millones de años de evolución.

Para la transición ecológica, la contribución de la ciencia clásica, por más humilde y honesta que sea, se enfrenta a otro limitante: se queda atrapada en las trampas tejidas por los sistemas económicos. Al comienzo de la era científica moderna, el objetivo del progreso de la humanidad animaba los debates. Sin embargo, rápidamente, los sistemas económicos identificaron todo el poder que podían obtener de la ciencia. Hoy en día, para obtener los recursos cada vez más importantes que requiere para operar, la ciencia debe ofrecer a la maquinaria económica un «retorno sobre inversión» para alimentar el crecimiento. El término “innovación” ha reemplazado el concepto de progreso en nuestro vocabulario. Esto ha llevado a un desajuste entre las necesidades de la humanidad en su conjunto y los presupuestos de investigación. Lo que es particularmente evidente en el campo de la investigación médica. Hace treinta años, la Comisión de Investigación de la Salud para el Desarrollo, una iniciativa internacional independiente, demostró que más del 90% de la investigación médica global se centró en las necesidades del 10% de la población mundial más rica. Conocida como la brecha 10/90, esta brecha ha cambiado en su composición hoy, pero permanece en una proporción de 10/90 según el trabajo de J.A. Rottingen. En estas condiciones, la ciencia que puede contribuir a la transición ecológica tiene grandes dificultades para atraer fondos. Marcia S. Delonge, de la Unión de Científicos Preocupados, demostró que menos del 5% de los fondos de la investigación agrícola federal de EE. UU.  se dedicaron a la agroecología hace cuatro años. En otras palabras, más del 90% está dedicado a los sistemas agrícolas que continúan agotando los recursos naturales.

Continuamos con otras limitaciones de la ciencia cuando se trata de la transición ecológica. Desde principios del siglo XIX, la ciencia y sus enseñanzas se han organizado en disciplinas bajo el ímpetu de personajes como Alexandre Humboldt o Auguste Comte. Respondiendo a la incapacidad para acercarse, a priori, a la fluidez y a la complejidad de la realidad y al objetivo de eficacia económica, la organización en disciplinas ciertamente ha llevado a algunos descubrimientos impresionantes, pero ha contribuido a la segmentación del conocimiento. Incluso podemos hablar de una hiper-fragmentación en los últimos anos.  El filósofo Dominique Bourg nota que ahora hay más de 2000 disciplinas científicas reconocidas y etiquetadas cuando contábamos con alrededor de cincuenta hace setenta años. Y para legitimarse, toda disciplina científica tiene que sobreestimar su importancia en la comprensión del mundo de una manera arrogante. Hoy, un joven científico no tiene otras opciones para desarrollar su carrera profesional, que la de hiper- especializarse en una disciplina y que, además, pueda atraer suficientes recursos financieros. Entonces, es muy probable que la demanda de la transición ecológica para un enfoque holístico y para cambios de paradigmas permanezca huérfana entre los científicos.

Otra limitante, es que la ciencia en países emergentes como Colombia tienen pocos recursos para solamente existir frente a los centros científicos hegemónicos globales. “El nivel de inversión en ciencia en Colombia es bajísimo” Moisés Wasserman en el Heraldo en abril 2019. Este nivel se quedó por debajo del 0.3% del PIB en los últimos 20 años. En comparación, los Estados Unidos invierte alrededor del 2,7% de su PIB en investigación y desarrollo y Brasil más del 1,2%. Dados los respectivos valores del PIB, esto significa que Estados Unidos invierte 500 veces más que Colombia en ciencia y Brasil más de 35 veces. Para el sociólogo argentino Pablo Kreimer, investigador en Ciencia Tecnología y Sociedad, la ciencia de América Latina está en la periferia de los centros hegemónicos científicos del mundo. Sus agendas de investigación suelen estar dictadas por los intereses epistemológicos, sociales y económicos de estos centros. Cito un ejemplo anecdótico pero ilustrativo. Solo ahora que los usos recreativos y medicinales de la marihuana están permitidos en los países de América del Norte, que la investigación en Colombia sobre el sistema de receptores cannabinoides endógenos probablemente podría encontrar financiación y probablemente en gran parte del exterior.

Al momento de concluir este pequeño panorama de la posible contribución de la ciencia a la transición ecológica, parece que:

  1. Es hora de abandonar esta ingenua visión de que la ciencia nos traerá todas las soluciones a la transición ecológica. 
  2. Es hora de que los científicos tomen conciencia de nuevo de los límites de la ciencia, y pierdan su arrogancia, que es fingir que la ciencia es la única forma de alcanzar el conocimiento.
  3. Es hora de que Colombia abandone sus quimeras de seguir un modelo de ciencia que ha entrado en crisis a nivel mundial y que nunca podrá alcanzar, y tome posiciones con su propio talento en nuevas formas epistemológicas emergentes.

El análisis de que necesita la transición ecológica nos lleva a revisar y deconstruir los mitos fundacionales de nuestra sociedad moderna. En la próxima columna discutiremos las propuestas de la filosofía y de la psicología.

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