¿Vamos por el contrato social real en Colombia? Parte II

(24/06/2020)

Magíster en Derecho Económico de la Universidad Externado de Colombia. Abogada titulada de la Universidad Santo Tomás. Mi vida profesional se ha desarrollado desde hace 9 años, más de 5 años en el sector público y alrededor de tres años y medio en el sector privado, en especial, cooperación y organizaciones no gubernamentales.

Por: Laura Isabel Villamizar Pacheco

La vida algunas veces parece marchitarse en el olvido, en el odio, los deseos de venganza, en la misoginia, en la violencia imparable de este país… Y como si fuéramos todas aves fénix resurgimos de las cenizas. Pensar en un contrato social real para Colombia es tener esperanza de poder hacer el cambio, construir desde el pensamiento para la acción conjunta. Debemos aprovechar nuestro potencial de ser resilientes, solidarias, soñadores, constructores de mundos diversos, creativos, trabajadoras, tejedoras y amorosos, de persistir, resistir y nunca desistir. Dejar atrás nuestro individualismo, para darle paso a ser amigos al estilo socrático: escuchar a esa otra que nos plantea un mundo con otros ojos, con otras preocupaciones, con otras miradas, que algunas veces se encuentran y otras veces nos falta hacernos las mismas preguntas sobre el tipo de país qué queremos y cómo esperamos llegar allá.

Como decía en mi anterior columna, todos hablan de la necesidad de hacer coaliciones para llegar a la presidencia en las elecciones de 2022, como también se dijo para las elecciones de 2018. El problema de esta afirmación es que las coaliciones al ser programáticas requieren ser más duraderas en el tiempo que unas elecciones o un gobierno y, poder establecer mínimos, como también estar dispuestos a escuchar constantemente a nuestros amigos, que son nuestras conciudadanas. En especial, dentro de la revisión que se puede elaborar de la política moderna para Estados con cultura multipartidista y con un amplio espectro de liderazgos las salidas comunes han sido las coaliciones políticas para gobernar. Aún más cuando estas corresponden a sectores políticos dispersos, con gran diversidad y corrientes políticas minoritarias su única salida para superar los comicios electorales son las coaliciones duraderas, sin que con ello se deban fusionar, pero que permita encontrar una ruta de acción conjunta. En los sectores minoritarios que buscan ser gobierno algún día el primer paso no es pensar en ser gobierno, sino en ser un poder de hacer y transformar. De allí, que las ideas, la construcción del pensamiento colectivo hacia el poder resulta el primer paso para gobernar, se necesita alimentar nuestro contrato social, que es la constitución de 1991, con los debates del siglo XXI, los cuales son inaplazables, como la crisis climática, sanitaria y civilizatoria.

En Uruguay, después del proceso de paz, el Frente Amplio solo logró ser gobierno a los 19 años de constituidos (1989). Su coalición se construyó durante todo este tiempo y no solo para elecciones, lo que les permitió tener un debate serio con sus electores, co-partidistas y co-aligados. Tenían una agenda de trabajo claro, daban soluciones reales, en especial, en tiempos de crisis económica para su país. Valga la pena aclarar que de todas formas los sistemas políticos electorales en Colombia y Uruguay son completamente distintos, en Uruguay la coalición del Frente Amplio actúa como un supra-partido y en Colombia las coaliciones son acciones que solo se realizan para elecciones y los gobiernos electos, de lo contrario sería una fusión partidista. Sin embargo, como advierte Facundo Cruz[1], las coaliciones también generan “inestabilidad democrática” por “la falta de consensos programáticos” que tienden a volver débil la construcción política de los aliados para la búsqueda del poder para gobernar. Por eso, con la dificultad que puede ser construir consensos democráticos, al no hacerlos se les permite a los sectores tradicionalmente fuertes seguir gobernando, sin darle otra salida al elector. Además, el sistema político multipartidista puede ser una herramienta contra los riesgos del totalitarismo dentro del sistema político colombiano, al tener suficiente masa crítica, que debate desde la diversidad de las ideas, lastimosamente muy pocas políticas cumplen ese rol.

Los políticos no se van a poner de acuerdo fácilmente, porque como les exponía en la anterior columna, la mezquindad les puede más que compartir el poder de gobernar. Y eso que solo hablamos de los sectores “alternativos” o de izquierda, nos faltaría hablar de los otros posibles aliados como el partido Liberal donde su director lo vendió a Duque para beneficiar a su hijo y los otros liberales se fueron para hacer nación aparte junto a los alternativos, el partido de la U está más dividido que una pizza y nadie quiere ser mezclado políticamente con las FARC en el mundo político, después de todo no se puede borrar más de 50 años de conflicto en 4 años, a ellos les tomará su tiempo ser perdonados por la mayoría de la población colombiana. De los demás partidos no habló porque en ellos no se encuentra mayor interés de cambio y representan el gobierno actual. Ahora, por ello planteo la necesidad de crear primero una coalición ciudadana hacia un contrato social para Colombia que responda a las crisis actuales del siglo XXI, vale la pena decir que algunas ya fueron esbozadas por Gustavo Petro y Ángela en el 2018 y por los movimientos y partidos políticos y sociales desde hace algunos años. Sin embargo, se necesitan tejer entre todas las agendas existentes para construir un telar del país y sus diversidades.

Pero para ello se debe romper nuestra estructura de poder tan infame y enferma, donde la definición de país se construye en las élites de cualquier sector político o económico, en especial, se construye en Bogotá o alguna de las grandes ciudades de Colombia. Necesitamos poder sentarnos entre personas que trabajan, viven y/o son de Bogotá y que trabajan en los sectores del poder central de Colombia, con personas que vienen construyendo agendas de cambio social, real y plausible en diversos territorios y que nos permitirían tener diseños de política pública macro más realistas sobre lo que las regiones necesitan, sobre lo que nuestras comunidades y pueblo requiere, más allá de discursos en la nebulosa. Por eso y con el objetivo de construir mesas de saberes que logren construir una agenda por sector o tema y que logren transversalizarse en el modelo económico, social y político colombiano para la actualización y real contrato social en Colombia. Aclaro que con ello no propongo una constituyente, muchos de los temas se pueden realizar con otro tipo de interpretaciones constitucionales y legales, y otras podrán ser tramitadas como reformas constitucionales y legales, sin que con ello se indique una constituyente. Lo cierto, es que para el futuro de una glocalidad se tendrá que devolver más poder a los gobiernos locales y se deberá hacer un mayor uso de las herramientas de democracia participativa, que superan a todas las luces las acciones consultivas que hacen los gobiernos frente a sus programas y propuestas, ya que estas fórmulas, en su mayoría, no toman enserio las observaciones de la población.

Respecto a la última columna me recordaban que ya se han dado pasos hacia esta nueva visión, donde hay propuestas de una “tributación equitativa; renta básica; sistemas de cuidado; transición hacia economías diversas; agenda regionales; salud y educación como Bienes Comunes”[2], lo cual comparto en su totalidad. A ellas habría que sumarles las agendas que se han ido construyendo desde los movimientos ambientales que hacen una apuesta real a la transición energética, cuidado y defensa del territorio desde la diversidad cultural, social, de fauna y flora, como de ríos y mares. Y, por otro lado, las agendas feministas, en las cuales se encuentra los sistemas de cuidado, como las propuestas de construcción de paz territorial, defensa territorial, derechos sexuales y reproductivos, antirracismo, decolonización y el cuidado como modelo social, ambiental, político y económico. Algunas más desarrolladas que otras, pero que de seguro representan ya un intento de hacer ajustes de país. Y, por otro lado, se deberán revisar agendas de paz, infraestructura, movilidad, economía, política, agraria, educativa, de seguridad, de diversidades sexuales, de prosperidad social, de cultura, arte, deportes, de comercio exterior e interno, entre otros temas. Lo cierto es que este contrato social debe ser más una agenda de plan de gobierno para 30 años, donde sean construidas con datos, estrategias de evaluación de impacto, reformas de leyes, de políticas públicas, definición de presupuestos y demostrar que ello puede llegar a todo el país. Para ello, hay que tomar las agendas ya existentes en los territorios, que han construido por años mujeres y hombres en comunidad y es posible que todavía no hayan sido vistas desde la mirada nacional.

Para hacer el contrato social se deberán primero fortalecer o/ construir agendas por sector, y para ello, se requiere tener unas reglas mínimas para su construcción:

(1) es un dialogo nacional, no se vale que no haya participación de las regiones, de académicos, de intelectuales, de tecnócratas, de filósofos, sociólogos, de mujeres y hombres quienes ostentan diversos liderazgos locales, de activistas, de personas con doctorado como con solo primaria o sin ella, de artistas, de personas que integran diversas organizaciones sociales del país, políticas y políticos alternativos y de izquierdas, hasta de algunos partidos tradicionales con intención de cambio;

(2) se nombrará por temas al menos dos o tres sistematizadoras o sistematizadores de la información, no sirve que se asuma que solo los intelectuales y políticos son los que pueden opinar sobre el país, se democratiza el pensamiento y el diálogo. Somos iguales y muchas tenemos para aportarle a este país;

(3) el reconocimiento de una agenda colectiva no puede ser solo de los políticos, quienes luchamos día a día por causas sociales, económicas, culturales y políticos merecemos respeto y reconocimiento por nuestro aporte al país todos los sectores, basta ya de vocerías a dedo de sectores políticos específicos;

(4) no más discurso a una sola voz o de los “famosos”, la vocería debe ser colectiva y plural. Además, deberán generarse vocerías diversas a nivel nacional y regional, esta es una coalición inicial entre ciudadanías libres, donde todas tenemos voz;

(5) se tomarán los pliegos del paro nacional, pero también las agendas diseñadas por diversas causas, donde cada sector deberá tener la libertad de decidir sobre su sector;

Y, (6) se diseñará un mecanismo de participación para la toma de decisiones sobre el proyecto de país, mi padre me dijo una vez que el soñaba poder votar por el programa de país que quería, más allá del candidato, lo traigo a colación, porque me parecería súper interesante poder diseñar dos o tres formar de interpretar el país a 30 años y buscar una manera interesante de explicar cada una y someterla a votación por parte de la ciudadanía, esto en parte a que seguro los presupuestos y los intereses de inversión o gasto público puede ser distinto a la hora de analizar los costos. Se puede lanzar por semana una encuesta donde se vota tema a tema de la agenda y se muestran los caminos posibles, pero siempre teniendo en cuenta que la vida es primero, pero que los recursos son escasos y debemos tomar decisiones serías sobre ello.

Antanas una vez me dijo “aquel que desee tanto el poder nunca debe ostentarlo”, y hoy, después de más de 14 años de haber escuchado esa frase, puedo entender los riesgos que trae para los Estados los caudillos y la irreflexión de un futuro distinto, cuando llegar al poder se vuelve la meta principal, y no trabajar por el interés general. Aunque Antanas terminó siendo un caudillo en Colombia, hay que reconocer que nunca ha actuado para solo tener y llegar al poder, sino el poder hacer por el país, aunque sí se podría criticar su desconexión con la ciudadanía y la falta de escucha a quienes piensan distinto al modelo neoliberal.  Pero bueno, lo importante de dicha frase es la enseñanza de renunciar al personaje y devolverle a la ciudadanía su derecho de autogobernarse, de ver al gobernante como el empleado de toda la ciudadanía colombiana y no como el elegido, el ungido por dios, sino como alguien que debe trabajar por el interés general, por el contrato social que desee el país. Así tal vez dejaremos de tener políticos que solo quieren tener poder y pasemos a tener políticos que quieran trabajar por la polis y sus cambios a través de la historia.

[1]  Licenciado en Gobierno y Relaciones Internacionales (UADE) e investigador del Instituto de Ciencias Jurídicas y Sociales (INSOC-UADE).

[2] Ángela María Robledo

*La Tribuna es el espacio de columnas de pensamiento de nuestros analistas y expertos en Cuestión Pública. Sus contenidos no comprometen a Cuestión Pública.